miércoles, 5 de octubre de 2011

Ojalá

Una mujer salió del ambulatorio y, apoyada en su bastón, cruzó a toda prisa y sin mirar la Avenida Venezuela mientras el semáforo estaba en rojo para los peatones. Iba diciendo muy seria: «Ojalá, ojalá venga un coche y me lleve. Ojalá».

martes, 4 de octubre de 2011

Reencuentro

Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad.
Sobre todo me pareció extraño. Ese volver después de tantos años, para qué... para comprobar que todo estaba en su sitio o que a mí no me habían salido canas o... realmente me cuesta entenderlo. Volviste además en el peor día, yo estaba enfermo de gripe o no recuerdo de qué, me había acostado en el sofá en mitad de un artículo, apestando a coñac, sudoroso... lo más antierótico del mundo.
Y cuando abro los ojos te veo ahí sentada frente a mí con esa sonrisa condescendiente de señora a la que le van muy bien las cosas, como si quisieras ayudarme, y yo me pregunto, ayudarme a qué. Si yo hasta ese día vivía tan contento con mis cacharros sucios, mi comida para llevar y mi vino agrio, y ya no me preocupaba de los sueños y cosas por el estilo, porque los sueños están muy bien cuando eres un ingenuo, pero cuando te estás muriendo de hambre y tus macarrones dependen de tu trabajo, ahí los sueños no valen nada.
Total que ahí estabas, y a pesar de que habías cambiado te reconocí al momento. Al fin y al cabo siempre he mantenido la teoría de que eras un producto de mi mente, porque te pongas como te pongas, nadie entra en una casa sin abrir la puerta o las ventanas y sin hacer el mínimo ruido. Y cuando me sonreíste vi que te faltaban algunos dientes, que aquella maravillosa dentadura se había estropeado como la fachada de un edificio viejo, y pensé: qué pena, lo bonitos que eran.
Y recuerdo que hubo algo que me hizo muchísima gracia, y es que lo primero que hiciste fue levantarte y andar hacia mi mesa, donde tenía una docena de hojas desperdigadas, y te pusiste a leerlas. Y lo que vi entonces en tu cara era sin duda decepción, una decepción profunda, como si en ese momento hubieses empezado a entender que a lo mejor las cosas ya no eran como antes.
Después de estudiar mis hojas te dirigiste a mí y me recorriste lentamente de arriba abajo con la mirada, haciendo una pausa en cada arruga, en cada cana, en los nuevos cristales de mis gafas, que me hacen parecer mucho mayor, en la barriga, en la ropa ajada y sucia que años antes había sido un traje aunque nadie apostase por ello... y yo te pregunté: Bueno, ¿y qué esperabas?
Pues claro que cada vez escribo peor, mi cerebro funciona mucho más despacio y me juega malas pasadas, y claro que estoy mucho más feo y más acabado y que las cosas no me van bien, y claro que bebo veneno, porque no tengo dinero para otra cosa, y si vivo rodeado de basura es porque ya no tengo fuerzas para levantarme y recogerlo todo. Pero bueno, ¿qué esperabas? Tú también has cambiado, desde luego ya no eres tan guapa ni tan joven. Ni tan misteriosa.
Pues déjame en paz con mi basura y con mi droga barata, con mi máquina de escribir de hace cuarenta años y mis sueños olvidados. Tú también tienes los tuyos, pero no te preguntaré por ellos, no me interesan, y tampoco me interesa ese último recuerdo en el que antes de desaparecer por última vez me miraste mientras decías por lo bajo: Qué sórdido, qué siniestro.

viernes, 30 de septiembre de 2011

La dosis

He oído que le ocurrió a una chica de treinta años de Barcelona llamada Nuria. Tenía un problema, no importa de qué tipo, y estaba muy angustiada pensando en los próximos días. Apenas comía, casi no dormía y su humor había cambiado por completo: antes era alegre y extrovertida y últimamente se había vuelto huraña y arisca.
Por prescripción médica acudió una mañana a una farmacia y compró una caja de ese nuevo medicamento que la gente llama Debilitina o "pastilla de la debilidad". Su composición química no la conozco, pero sí me he documentado ampliamente sobre sus efectos: mejora el humor (tiene componentes antidepresivos), disminuye el ritmo cardiaco, causa somnolencia... Por esto último lo llama la gente pastilla de la debilidad, aunque dicen las malas lenguas que ese nombre alude a la debilidad de las personas «que no son capaces de afrontar sus problemas sin recurrir a las drogas». Personalmente no comparto esta opinión, estoy muy a favor de que la industria farmacéutica comercialice medicamentos para combatir situaciones de estrés continuo. Sin embargo, en esta ocasión debo decir que la Debilitina me parece peligrosa y en cierto modo contraproducente.
Funciona de la siguiente manera: después de ingerirse la cápsula con un poco de agua, sus efectos comienzan a notarse en tan sólo diez minutos: la persona empieza a sentirse cansada, sus piernas y brazos no responden como deberían (en el prospecto se indica que la persona debe estar acostada o acostarse inmediatamente después de ingerir el medicamento), el cerebro deja de recapturar serotonina (lo que hace que ésta circule libremente produciendo una sensación de bienestar en la persona), y su característica principal: hace que el paciente se olvide temporalmente de lo que le preocupa, y solamente de eso, con lo que se garantiza su descanso físico y mental.
Desde que la farmacéutica suiza que patentó la fórmula había obtenido luz verde para comercializar el medicamento, la demanda había evolucionado en progresión geométrica, el precio se había disparado y pronto millones de personas (desde adolescentes hasta amas de casa o ejecutivos de grandes empresas) se encontraron bajo los efectos de un producto químico que despertaba recelos pero que cumplía su función: los mantenía tranquilos, despreocupados y felices.
Pero su principal efecto secundario, muy frecuente, no tardó en aparecer: mientras que la Debilitina inhibía aquellas redes neuronales que se activaban con más intensidad durante los momentos de estrés, al pasarse los efectos del medicamento, el paciente recobraba plena conciencia de todo aquello que le preocupaba y le angustiaba, y, más aún, el cerebro contraatacaba con una sensación de angustia extremadamente más intensa que la inicial, como si al interrumpir la actividad de determinadas redes neuronales durante un cierto tiempo, éstas despertasen luego mucho más activas y enérgicas, lo que hacía necesario duplicar las dosis cada cierto tiempo.
Cuando se conoció este efecto y se empezó a aceptar que la probabilidad de ocurrir era ciertamente demasiado elevada (superior al 80%) como para pensar que «ese tipo de cosas nunca ocurren en la práctica», Europa tuvo que enfrentarse a un serio dilema: dar al cuerpo y la mente un descanso frente a la angustia continua y evitar así enfermedades cardiacas y trastornos derivados del estrés, o protegerse de situaciones que indirectamente resultaban mucho más traumáticas (por las reacciones del cerebro) y que, por si fuera poco, conducian a un gasto económico que podía duplicarse mes a mes o incluso semana a semana.
Y a este dilema tuvo que hacer frente la persona de la que me hablaron. Ahora existen algunas asociaciones y miles de charlatanes que afirman poder curar la adicción a la Debilitina «en sólo 42 sesiones, infórmese», pero el precio es demasiado alto, normalmente no baja de los cuarenta mil euros en total, y normalmente la gente no tiene tanto dinero. Por eso muchos se arruinan comprando Debilitina y otros ocupan hospitales psiquiátricos, y los más afortunados simplemente mueren en medio de gravísimas crisis de ansiedad. Lo segundo fue lo que le ocurrió a esta chica, Nuria, creo que se llamaba, o tal vez Isabel, o Raquel. Realmente podría ser cualquiera.

martes, 27 de septiembre de 2011

Que estés bien

Querida X,

Me ha resultado imposible escribirte antes. No es que estuviera especialmente ocupado, sino que no sabía muy bien qué contarte. Mi vida no ha cambiado mucho en los últimos meses, ya lo ves. Sigo con las pizzas. A veces se hace pesado pero no me quejo, aunque, como comprenderás, he aprendido a aborrecerlas. No siempre es fácil, a veces los clientes son desagradables y otras veces tengo que salir cuando llueve. La otra semana derrapé con la moto en un charco y me rompí una pierna. Estuve algunos días ingresado y mi jefe me descontó las tres pizzas y los días que estuve de baja. Me da igual, que se meta el dinero en el culo.

Chico está algo mejor, el veterinario me ha dado para la semana que viene para quitarle los puntos. La gente no debería dejar sueltos a los perros peligrosos. Él, por el contrario, es demasiado bueno. No sé si recuerdas la última vez que viniste a casa, te saltó al regazo y no se despegó de ti en toda la tarde, casi me puse celoso. Ahora anda como tristón y ha perdido el apetito, pero al menos parece que la herida ya no le duele tanto, aunque quién lo sabe sino él.

El otro día escuché de nuevo aquella canción, la tenía tan metida en la cabeza que tuve que buscar el disco por toda la casa y al final lo encontré tirado en el suelo al lado del sofá y debajo de unas botellas de cerveza. La caja estaba rota y la carátula se había mojado, pero el disco se oía bien. Lo estuve escuchando entero una y otra vez durante toda la noche. Es gracioso que algo que para mí ha sido siempre tan importante acabe debajo de un montón de basura. Gracioso por decir algo.

Ahora tengo que volver a mis cosas, supongo que no debo esperar respuesta tuya. Sólo quería decir que te extraño y que espero que te traten bien allá arriba o donde rayos estés. Dudo que nos volvamos a ver, pero escribirte todavía es algo así como un consuelo.

En fin, hasta siempre. Te quiere,

Y.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Citas: Opiniones de un payaso

Hay una bonita palabra: nada. No pienses en nada. Ni en el canciller, ni en los católicos, piensa en el payaso que llora en la bañera, que derrama el café en sus zapatillas.
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Sí, la Iglesia es rica, tan rica que apesta. En realidad apesta a dinero, como el cadáver de un hombre rico. Los cadáveres de los pobres huelen bien, ¿lo sabía usted?
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Existen formas de prostitución curiosamente desconocidas, comparadas con las cuales la auténtica prostitución es una profesión honrada: aquí por lo menos se ofrece algo por el dinero.
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Decididamente, lo lamentable de aquel comandante, o lo que fuese, eran sus medallas. Sin ellas, hubiese tenido aún la posibilidad de mantener una cierta dignidad.
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Una vez me encontré con Sommerwild después de un debate de ésos ("¿Puede darse un arte sacro moderno?") y me preguntó: «¿Estuve bien? ¿Le gusté?», exactamente, literalmente, lo que preguntan las prostitutas a sus clientes. Sólo faltaba que me dijera: «Recomiéndeme a sus amigos».

Heinrich Böll, Opiniones de un payaso

martes, 30 de agosto de 2011

El monstruo

El monstruo habita en cinco metros cuadrados. Hay en su celda un camastro bajo una ventana, una silla de madera y una mesa vieja que soporta como puede una montaña de papeles, una pluma, un tintero y velas, de las cuales se enciende una a la hora de trabajar.
El monstruo duerme a veces en el alféizar mirando al exterior, y en ocasiones cae y se golpea con la esquina de la mesa. Otras veces enloquece y se pone a correr por la habitación y a chocar con las paredes, y de repente se para y pega la oreja a la puerta. Fuera oye gritos y lamentos y entonces se calma y se acuesta en la cama o en el suelo y se duerme por un rato.
El monstruo a veces vomita y a veces defeca sobre sus papeles y los arrastra por las paredes, y se emborracha con el peor de los venenos hasta perder la noción del tiempo. Después despierta y le duele el pecho y tiene la sensación de que está tumbado sobre arenas movedizas.
Es posible visitarlo pero se esconderá bajo la cama y no querrá sino rebuznar. Se tapará la cara con sus ropas y se pondrá violento si se le intenta tocar. El guardia tirará de la cadena atada a su cuello y él gritará de dolor pero nadie podrá verle ni enseñarle fotografías en blanco y negro.
El monstruo a veces es un caballo y otras veces una rata. Come pan duro con gusanos y habla con los escorpiones y se tapa los oídos con plumas de colibrí.
Y así su vida pasa entre los barrotes como castigo por un crimen del que ya ni siquiera se acuerda.

miércoles, 24 de agosto de 2011

The Hitcher

No voy a contar nada que no revele el trailer de la película.
Se trata del remake que se estrenó en 2007, titulada en España "Carretera al infierno".
Típico thriller: una pareja joven y guapa se va de vacaciones y en Nuevo Méjico recogen a un autoestopista. Mal hecho.
La película es muy entretenida y muy clásica, está llena de "Para qué abres si sabes que está al otro lado", "Yo que tú no haría eso" y "¿En qué carajos estabas pensando?". Es buena opción para un viernes noche: grupo de amigos, pizzas y un par de pelis de ese estilo para pasar el rato.

sábado, 13 de agosto de 2011

A sangre fría

El libro

Voy a hablar de un libro que seguramente la mayoría ya haya leído. Se trata de A sangre fría, considerada la obra más conocida del periodista y escritor estadounidense Truman Capote (1924-1984).

El punto de partida es el asesinato de una familia de Holcomb, Kansas, en 1959 a manos de Perry Smith (arriba) y Richard Hickock. Cuando Truman Capote leyó la noticia, quiso escribir sobre ella, de modo que viajó a Kansas y se entrevistó con amigos de la familia, vecinos, policía... e incluso con los propios asesinos. De estas entrevistas fueron saliendo montañas de hojas que después de convertirían en una de sus grandes novelas.

¿Por qué me impactó tanto el libro? No hay más que dar una vuelta por cualquier librería y sin necesidad de buscar mucho acabas dando de bruces con cientos de novelas negras que comienzan exactamente de la misma forma. Pero como ya he dicho A sangre fría no es una novela. Por eso al pasar cada página o al leer la descripción de cada personaje o de cada escena sabes que esa persona existió -o existe- realmente y que esa escena sucedió exactamente así. Ése es para mí el principal atractivo de la obra.

Aun así uno podría preguntarse qué tiene de especial un asesinato múltiple si basta abrir el periódico cualquier día y encontrar docenas de crímenes (sin contar con los que no aparecen en los periódicos). Los asesinatos son el pan de cada día, es uno de los rasgos que distinguen a los llamados "seres racionales, inteligentes, sensibles y superiores" de las bestias salvajes, como los gatos o los loris lentos. Pero, ironía aparte, un periódico, por su extensión, no puede profundizar en una noticia sobre un asesinato (si consideramos que éstos siguen siendo noticia). Se limitan a decir que un tipo muy macho y muy valiente disparó en la nuca a su mujer mientras ésta dormía. Sólo un libro -uno bien escrito- puede describir con el suficiente detalle el hecho y sus consecuencias a lo largo de los años y trazar un mapa milimétrico de la mente de cada una de las personas involucradas de forma que ni los asesinos ni las víctimas ni los amigos de las víctimas sean personas desconocidas, sino tan reales y tangibles como la última persona a la que estrechaste la mano.

Capote

La película Capote (2005) narra magistralmente el proceso de escritura de A sangre fría y, aparte de una cinta donde Philip Seymour Hoffman hace el papel de su vida, verla es lo mejor que se puede hacer después de leer el libro.

Muy recomendada.

sábado, 6 de agosto de 2011

El célebre señor Kimb

¿No oigo llegar al señor Kimb? ¡Vamos a llamarle entre todos!
Todos declararon que el señor Kimb se había puesto violento.
Es un pequeño pueblo de agricultores en el Estado de Kansas, comienzos de verano. El sol no ha dado tregua desde el amanecer y la tierra se riega con el sudor de los hombres que han estado toda la tarde montando la carpa, un pequeño recinto con capacidad para unas doscientas personas pero lo bastante grande como para que armarlo suponga un esfuerzo considerable.
-¡Pasen y vean...!
No ha empezado la función pero payasos, acróbatas, caballos, elefantes y las estrellas del espectáculo, los freaks, encabezados por el extraño Sr. Mond -un hombre de mediana edad al que una enfermedad desconocida ha deformado la cara por completo- se agrupan fuera de la carpa. Un malabarista ensaya un número clásico con un monociclo y cinco pelotas de tenis, los zancudos se ponen en pie, un trapecista enciende un cigarrillo y los domadores dan golosinas a los elefantes. La función va a dar comienzo.
-¡...el increíble hombre lobo...!
Mientras una jaula tapada con una gran sábana atraviesa las cortinas y entra en la pista, el gran payaso Señor Kimb, el gran favorito, escucha los aplausos de los niños y sus padres y un momento después los gritos de asombro y de terror. Estropea parte de su maquillaje con el cuarto whisky y por un momento sonríe. Recuerda que él también se había sorprendido al ver por primera vez al hombre lobo, un tipo que por aquel entonces tenía veinticinco años y, según se creía, una hormona que no funcionaba del todo bien y que provocaba que todo su cuerpo estuviera cubierto de un pelaje liso y corto de color castaño oscuro.
El célebre señor Kimb no era mucho mayor por aquel entonces, acababa de dejar su amada Ucrania seis meses antes, recién cumplidos los veintiséis, en busca de un futuro que le garantizara «al menos un mendrugo de pan y un plato de sopa todos los días», y en Ucrania había dejado a sus padres y a sus dos mejores amigos, Andrei y su perro Yuk ("Sur", llamado así porque lo encontró un día con su padre vagando por una carretera al sur de Kiev). Ahora han pasado ya treinta años y Kiev se presenta como una pintura surrealista o como un decorado que hubiese visto alguna vez en alguna representación teatral.
-¡...el hombre más gordo del mundo...!
Mr. Egg. Trescientos veinte kilos, tan sólo un infarto cuatro años atrás que lo había tenido postrado tres meses pero no había mermado en lo más mínimo su vocación de sorprender al público. El circo era, según decía, el único lugar del mundo en el que se sentía respetado. Había superado en parte su fobia social y lo atribuía a su papel como «un honrado trotamundos que lleva a los pueblos y las ciudades el color de lo nuevo y lo maravilloso», tal como había escrito en una carta a su hermana al salir del hospital.
Mr. Kimb piensa a menudo en su familia pero desde hace años no se atreve a escribirles. Desde luego jamás recibe una carta, puesto que no tienen dirección fija ni itinerario definido, pero se siente terriblemente culpable por no haber dado señales de vida durante casi seis años y le avergüenza la idea de volver a escribirles ahora. ¿Qué podría contarles? ¿Qué excusa les podría dar? No hay excusa que justifique seis años de silencio, desde luego. Pero lo peor de todo, lo que más le ahoga, es pensar en la forma en que sus padres interpreten su ausencia. Pensar que en Kiev lo dan por muerto no es plato de buen gusto, y a pesar de ello no se siente lo bastante valiente como para escribirles de nuevo.
También existe otra posibilidad, y es algo con lo que llevaba soñando varias semanas consecutivas. En sus sueños vuelve a casa y se encuentra con su madre, joven como siempre, como si no hubiese pasado ni un solo día. Está allí, en la silla de siempre, remendando un calcetín. Pero está llorando. Entonces se acerca a ella y la abraza y le dice: «Mamá, no llores, mira, soy yo, estoy aquí, siento no haber escrito todo este tiempo pero estoy bien, estoy vivo y he vuelto a casa». Pero su madre sigue llorando y al cabo de unos segundos le dice: «Ya lo sé, ya lo sé, es tu padre el que no está».
No consigue apartar la idea de su cabeza. En los treinta años que lleva fuera ha podido pasar de todo, y no haber tenido ninguna noticia de Kiev durante tanto tiempo supone la mayor tortura que pueda imaginar. Por eso ha vuelto a beber. Por eso se ha ganado unos cuantos enemigos alrededor, aunque no lo sepa. Dicen que estropea los espectáculos, que hace llorar a los niños, que Simmons, el director, no lo despide por lástima. Dicen que entra a la pista tambaleándose y apestando a alcohol, que olvida sus guiones, que no sonríe. No, no sonríe.
-¿Y no oigo llegar al señor Kimb? ¡Vamos a llamarle muy fuerte entre todos! ¡Señor Kiiimb...!
Se dirige a las cortinas y uno de los malabaristas le golpea con el hombro al pasar.
-¡Señor Kiiimb...!
Entra en la carpa tambaleándose y el público aplaude entusiasmado. Se marea. De repente no conoce aquel lugar, no sabe quién es ni qué hace ahí. Se acerca al señor Simmons, que permanece en el centro de la pista muy sonriente, mirando hacia él.
-No me hagas esto, Kimb -le dice Simmons al oído sin dejar de sonreír.
El señor Kimb intenta decir algo y se le nubla la vista. Sin saber si pierde la consciencia antes o después, cae al suelo.
Se oyen algunos llantos y entran otros dos payasos para llevárselo a rastras. Fuera no hace falta dar explicaciones, todos saben lo que hay que saber.
-¿Otra vez? -dice furioso uno de los zancudos.
-Este borracho va a ser nuestra ruina -murmura un trapecista.
Y uno de los domadores, el joven Gregory Penn, se acerca al señor Kimb, que permanece tirado en el suelo, y le golpea la cabeza. Después tira de las riendas de su elefante y le da una orden.

Algunas horas más tardes, todos declararían que el señor Kimb se había puesto violento cuando lo sacaron de la pista, y que su actitud había asustado al elefante, que trató de huir y le pasó por encima. Nadie acusaría al joven Gregory de haber ordenado al animal que le aplastara el tórax, aunque, con una expresión de verdadero horror e incredulidad, cada uno de ellos lo había visto con sus propios ojos.

martes, 2 de agosto de 2011

El cuervo

Lluvia incesante. La luna vigila. Todo el que tenga casa debería encontrarse ahora en ella, intentando dormir. En la calle hay disparos y gritos, coches que van a toda velocidad.
Droga. La mafia.
El cielo cae sobre la Tierra.
No se oye nada pero el suelo se abre. Un cuervo observa posado en una cruz de piedra. Una mano.
Los edificios arden, la gente rueda por el suelo, la mafia domina las calles. Todos tienen miedo por sus hijos. Qué vamos a hacer, dicen. Esto es una pesadilla.
Un hombre vuelve del otro lado. Es imposible, no se puede volver, dirá alguien. La tierra se abrió y de ella salió un hombre sin zapatos. Gritaba pero nadie lo oyó.
El cuervo se posa en su hombro, ahora es su guía.
Droga. La mafia. Asesinos.
Alguien encontró a Tin Tin con el cuerpo lleno de cuchillos. Ahora hay otro hombre que lleva su chaqueta. Sobre su hombro grazna un ave con las alas extendidas.
Esta noche es la noche del Diablo. Vamos a quemar la ciudad, quiero que provoquéis un incendio que puedan ver hasta los dioses. Pero esta noche ha vuelto Eric Draven. Entra en el viejo almacén... nadie oye nada.
Eric Draven convirtiéndose en una sombra. Eric Draven el fantasma. Es imposible, no se puede volver. Nosotros te tiramos por la ventana, nosotros te empujamos a la muerte... Pero Eric ha vuelto porque hay algo que debe hacer.
Esta noche es la noche del Diablo. El cielo da una tregua, no llueve eternamente.