domingo, 16 de diciembre de 2012
domingo, 9 de diciembre de 2012
despedidas
Charlie se despidió un domingo por la mañana. Sólo pudimos vernos unos minutos aquel día, pero mamá se pasó llorando tres meses enteros. Descuidó su trabajo, descuidó a su familia y, lo peor de todo, se descuidó a sí misma. Charlie dijo adiós y se subió a aquel tren sin saber adónde lo llevaban.
Un día llegó una carta. Todo iba bien, el campamento era seguro y habían rechazado todos los ataques de los insurgentes, el último la noche anterior. Decía Doy gracias a Dios por ayudarme a servir a mi país y ruego cada noche por que vosotros estéis bien y por que me permita volver a abrazaros muy pronto.
Mamá se tranquilizó por un tiempo. No se podía decir que estuviese alegre, pero se permitió sonreír con un chiste que papá contó en la cena de Navidad y, aunque más tarde se quedó dormida en el sillón con una foto de Charlie pegada al pecho, lo hizo con una expresión serena, como si la carta hubiese barrido de un golpe la mayor parte de sus preocupaciones.
Charlie solía decir que servía a su patria y que daría la vida por su bandera. Pero el día que una granada le arrancó el brazo derecho y la mitad de la cara, no había en el cielo ni una sola estrella.
Un día le dije Charlie, no seas idiota, una bandera no es más que un asqueroso trozo de tela. Charlie me tiró al suelo y me rompió dos costillas con sus botas. Pasé dos semanas en el hospital. Él estuvo mucho tiempo sin venir a casa, aunque hablaba con mamá por teléfono. A pesar de todo eso, le eché de menos cuando subió a ese tren.
Charlie volvió pronto. Nos despedimos de él un domingo por la mañana. No nos dejaron ver su cuerpo, alguien pensó que eso sería lo mejor. Sobre su ataúd habían colocado una bandera. La misma bandera que él amaba, la que le había dado la espalda, la que enviaba a sus hijos a la muerte sin dudarlo ni un momento.
Aquella noche soñé con él. Le dije Charlie, hoy había mucha gente en tu funeral, pero nadie lloró. No vino el presidente ni ningún ministro. Nadie quiso darte las gracias por entregar tu vida a una causa que en realidad nadie entendía. Ni siquiera tú, ¿no es cierto? Eres un idiota, Charlie, si al menos hubieras hecho un corte de manga a la bandera y a todos esos gilipollas que te enviaron a la tumba. Pero tú siempre decías que no había más madre que la patria. Dime dónde estaba tu patria cuando intentaste gritar de dolor y no tenías una boca con la que hacerlo, como en Johnny cogió su fusil. Yo te lo diré. Mirando el late night de Jay Leno con una birra en la mano y un trozo de pizza en la otra.
Aquella noche, Charlie se despidió de mí por segunda y última vez. No dijo nada. Simplemente se subió a un tren y saludó con la mano desde la ventanilla mientras se perdía en el horizonte. Dios sabe adónde se lo llevaban.
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guerra
domingo, 2 de diciembre de 2012
fin
El día que yo me vaya, dijo el viejo, me dejaré un grifo abierto para que se me inunde la casa. Así alguien se dará cuenta de que me pasó algo y vendrá a sacar mi cuerpo antes de que se corrompa. No quiero que me encuentren tres meses más tarde y que nadie me reconozca.
Cuando ya no esté, las violetas que tengo allí junto al fregadero terminarán por morirse también, poco a poco. Primero se pondrán oscuras, luego se les secarán los tallos y al final se doblarán como si les pesara la vida. Y allí se quedarán por muchos meses.
Los gorriones acabarán invadiendo la terraza. Se posarán por cientos en la barandilla a ver cómo pasa el panadero por la mañana temprano, cómo la gente llega tarde al trabajo y cómo juegan los niños en el patio del colegio, y más tarde, en el otoño, cuando lleguen las nubes, se quedarán allí muy quietos hasta que caiga la primera gota de lluvia, y entonces se recogerán antes que el Sol.
Cuando yo ya no esté, la hierba del parque seguirá creciendo y el Sol seguirá saliendo todos los días. Los jóvenes se enamorarán por primera vez y se sentirán terriblemente solos cada cierto tiempo. Los gatos saldrán a cazar cuando las sombras les brinden un escondite. Los mendigos seguirán pasando hambre.
El día que ya no esté, las campanas de la iglesia tocarán cada hora y con el ritmo acostumbrado. El sacerdote nos dirá lo indignos que somos, o que fuimos, y todo el mundo se golpeará el pecho. Después hablará de vida eterna y mi cuerpo vacío lo escuchará desde la cama, con la boca abierta y los ojos cerrados.
Todo seguirá como de costumbre, como si nada hubiera pasado. Y eso, para ser honesto, es lo que me da más miedo de la muerte.
Cuando ya no esté, las violetas que tengo allí junto al fregadero terminarán por morirse también, poco a poco. Primero se pondrán oscuras, luego se les secarán los tallos y al final se doblarán como si les pesara la vida. Y allí se quedarán por muchos meses.
Los gorriones acabarán invadiendo la terraza. Se posarán por cientos en la barandilla a ver cómo pasa el panadero por la mañana temprano, cómo la gente llega tarde al trabajo y cómo juegan los niños en el patio del colegio, y más tarde, en el otoño, cuando lleguen las nubes, se quedarán allí muy quietos hasta que caiga la primera gota de lluvia, y entonces se recogerán antes que el Sol.
Cuando yo ya no esté, la hierba del parque seguirá creciendo y el Sol seguirá saliendo todos los días. Los jóvenes se enamorarán por primera vez y se sentirán terriblemente solos cada cierto tiempo. Los gatos saldrán a cazar cuando las sombras les brinden un escondite. Los mendigos seguirán pasando hambre.
El día que ya no esté, las campanas de la iglesia tocarán cada hora y con el ritmo acostumbrado. El sacerdote nos dirá lo indignos que somos, o que fuimos, y todo el mundo se golpeará el pecho. Después hablará de vida eterna y mi cuerpo vacío lo escuchará desde la cama, con la boca abierta y los ojos cerrados.
Todo seguirá como de costumbre, como si nada hubiera pasado. Y eso, para ser honesto, es lo que me da más miedo de la muerte.
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pensar
sábado, 24 de noviembre de 2012
jueves, 22 de noviembre de 2012
frustración
Lloraba desconsoladamente.
Sentada en la mecedora sin mecerse, se cubría la cara con las manos y se lamentaba. Algo le oprimía el pecho y sentía que su corazón era un poco más pequeño que otros días.
Los animales.
Gritaba pero nadie la oía. Solía soñar que gritaba mientras alguien trataba de asfixiarla con la almohada, como en las películas. Gritaba pero no le salía la voz del cuerpo, Dios sabe por qué.
Aquellas bestias.
Rodeada de botellas vacías que rodaban por el suelo hasta que chocaban contra alguna pared. El dolor en las costillas, la cabeza a punto de estallar, las ganas de morir. Qué frustración, gritar sin ser oída.
Las putas bestias. La naturaleza debería hacer algo al respecto, pensaba.
La naturaleza, por su parte, opinaba algo muy diferente.
Qué frustración, la suya. Qué rabia. Y por eso lloraba desconsolada sobre una mecedora estática, y por eso soñaba con almohadas. Las costillas se le clavaban en los pulmones y sólo repetía una y otra vez: esos animales, esas putas bestias.
Teníais que haber visto cómo lloraba.
Sentada en la mecedora sin mecerse, se cubría la cara con las manos y se lamentaba. Algo le oprimía el pecho y sentía que su corazón era un poco más pequeño que otros días.
Los animales.
Gritaba pero nadie la oía. Solía soñar que gritaba mientras alguien trataba de asfixiarla con la almohada, como en las películas. Gritaba pero no le salía la voz del cuerpo, Dios sabe por qué.
Aquellas bestias.
Rodeada de botellas vacías que rodaban por el suelo hasta que chocaban contra alguna pared. El dolor en las costillas, la cabeza a punto de estallar, las ganas de morir. Qué frustración, gritar sin ser oída.
Las putas bestias. La naturaleza debería hacer algo al respecto, pensaba.
La naturaleza, por su parte, opinaba algo muy diferente.
Qué frustración, la suya. Qué rabia. Y por eso lloraba desconsolada sobre una mecedora estática, y por eso soñaba con almohadas. Las costillas se le clavaban en los pulmones y sólo repetía una y otra vez: esos animales, esas putas bestias.
Teníais que haber visto cómo lloraba.
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pensar
lunes, 29 de octubre de 2012
incógnita
Él trató de consolarla diciendo Todo saldrá bien. Pero no especificó qué era exactamente lo que saldría bien.
miércoles, 22 de agosto de 2012
la jaula
Olvidada espera la bestia en la jaula con forma de espiral. Camina de lado a lado como un felino salvaje que ve al otro lado de los barrotes un trofeo apetitoso. La bestia muere cada día y resucita cada noche y se le va la vida aguardando un momento que nunca llega. Son muchos años y la jaula es cada vez más pequeña, y como en aquel Loco tocado de la maldición del cielo de Panero, la vida se pudre a sus pies como una rosa, y la bestia aguarda y aguarda el momento.
Y un buen día la bestia se detiene y se pregunta si aquello que espera no ha sucedido ya, si no ha pasado frente a su jaula sin avisar y sin ni siquiera pararse a hablar con él, si no se le va la vida como a un loco caminando de un lado a otro esperando algo que nunca va a ocurrir porque su vida finalmente se pudrió como una rosa enferma y aquella clase de fortuna, aquel avatar con el que la esperaba, nunca se atrevió a acercarse por aquel lugar que emanaba un profundo olor a podrido donde un animal como cualquier otro miraba más allá de los barrotes esperando encontrar en aquello una imagen de la vida que le esperaba o la fotografía de un sueño que nunca se iba a cumplir.
Olvidada espera la bestia en la jaula con forma de espiral un momento que nunca llega.
Y un buen día la bestia se detiene y se pregunta si aquello que espera no ha sucedido ya, si no ha pasado frente a su jaula sin avisar y sin ni siquiera pararse a hablar con él, si no se le va la vida como a un loco caminando de un lado a otro esperando algo que nunca va a ocurrir porque su vida finalmente se pudrió como una rosa enferma y aquella clase de fortuna, aquel avatar con el que la esperaba, nunca se atrevió a acercarse por aquel lugar que emanaba un profundo olor a podrido donde un animal como cualquier otro miraba más allá de los barrotes esperando encontrar en aquello una imagen de la vida que le esperaba o la fotografía de un sueño que nunca se iba a cumplir.
Olvidada espera la bestia en la jaula con forma de espiral un momento que nunca llega.
jueves, 21 de junio de 2012
¿terrible?
En la oficina no se habla de otra cosa: «¿Te enteraste?, por lo visto sobrevivió». Al rato caigo. Un vecino de la zona. De alguna manera acabó con un hacha enterrada en el cráneo. Como en esa novela de Dostoievski. Me imagino la escena: alguien, probablemente su mujer, aguantando el hacha por el mango para evitar que se mueva y cause males mayores. Él, como salido de una película de serie B, cómico pero de un modo grotesco, en estado de choque, como le gusta decir a la prensa sensacionalista, sin saber bien lo que está pasando. Pero vivo.
«Le entraron a robar y el tío les plantó cara y mira», dicen. Una banda de rumanos, según declara la policía. De momento no hay detenciones. Me lo imagino en el hospital, tomando consciencia poco a poco, como en Johnny cogió su fusil. «Tengo un hacha en la cabeza. Un hacha. Me atraviesa el cerebro de lado a lado.» Lo normal es imaginárselo en coma, al borde de la muerte. Pero una parte morbosa de mi cerebro elige una imagen más atroz, más cruel. Un hombre está en un hospital con un hacha enterrada en la cabeza. Consciente.
Solía interesarme por el funcionamiento del cerebro. Recuerdo algunas cosas. La división de Brodmann; el área de Broca, motor del habla; la de Wernicke, función auditiva; el giro angular... Me pregunto qué áreas del cerebro del tipo se habrán visto afectadas. Si volverá a caminar o a mover los brazos o a hablar o a ver una película. Desde luego, ya no será la misma persona. Cada pequeña alteración en el cerebro te convierte en otro individuo distinto. Tal vez no muy diferente, pero sí distinto.
El periódico local de ayer dice: «Muere un hombre de 36 años al ser atacado con un hacha». Recuerdo que alguien dijo: «Qué horrible, tan joven». Es curioso. Me pregunto si soy la única persona del planeta que piensa que lo realmente terrible es sobrevivir a una cosa así.
«Le entraron a robar y el tío les plantó cara y mira», dicen. Una banda de rumanos, según declara la policía. De momento no hay detenciones. Me lo imagino en el hospital, tomando consciencia poco a poco, como en Johnny cogió su fusil. «Tengo un hacha en la cabeza. Un hacha. Me atraviesa el cerebro de lado a lado.» Lo normal es imaginárselo en coma, al borde de la muerte. Pero una parte morbosa de mi cerebro elige una imagen más atroz, más cruel. Un hombre está en un hospital con un hacha enterrada en la cabeza. Consciente.
Solía interesarme por el funcionamiento del cerebro. Recuerdo algunas cosas. La división de Brodmann; el área de Broca, motor del habla; la de Wernicke, función auditiva; el giro angular... Me pregunto qué áreas del cerebro del tipo se habrán visto afectadas. Si volverá a caminar o a mover los brazos o a hablar o a ver una película. Desde luego, ya no será la misma persona. Cada pequeña alteración en el cerebro te convierte en otro individuo distinto. Tal vez no muy diferente, pero sí distinto.
El periódico local de ayer dice: «Muere un hombre de 36 años al ser atacado con un hacha». Recuerdo que alguien dijo: «Qué horrible, tan joven». Es curioso. Me pregunto si soy la única persona del planeta que piensa que lo realmente terrible es sobrevivir a una cosa así.
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pensar
domingo, 3 de junio de 2012
un momento para cada cosa
El viernes recordé algo.
Una vez, en el colegio, un chico se acercó a donde yo estaba sentado y me preguntó: «¿Tú no tienes amigos?». Años después he desterrado prácticamente todos los recuerdos de mi infancia (no hay en ella nada digno de recordar y casi nadie a quien echar de menos), pero estoy seguro de que nunca he sido demasiado sociable. Soy un tipo muy callado, hablo menos de lo que escribo y apenas escribo últimamente. De niño pasaba mucho tiempo solo, no por imposición sino porque me gustaba. Alguna vez jugaba con alguien, tirábamos unas canastas o simplemente hablábamos de cualquier tontería, pero siempre he intentado tener un rato para alejarme de la gente. Tal vez por eso me gusten tanto los gatos callejeros.
Ahora, ya un poco más viejo, con más amigos y con pareja, me he vuelto un poco más "familiar" y menos "arisco", pero sigo disfrutando muchas veces de comer solo o beber solo. Me gusta visitar una cervecería cercana, sentarme en la última mesa y tomarme unas jarras leyendo un libro mediocre o preparando el curso de Android, y sigo poniéndome nervioso cuando hay mucha gente alrededor, cuando oigo niños llorando o cada vez que voy al supermercado.
«¿Tú no tienes amigos?» Sonreí al recordarlo, contento de que el tiempo y la mala memoria hubieran enterrado la mayor parte de mi vida. Pasó un camarero y me lo imaginé haciéndome la misma pregunta, pero se limitó a saludarme: «¿Qué tal, hombre, cómo te va?». Le hice un gesto con la mano y seguí leyendo sin pensar en nada más.
Una vez, en el colegio, un chico se acercó a donde yo estaba sentado y me preguntó: «¿Tú no tienes amigos?». Años después he desterrado prácticamente todos los recuerdos de mi infancia (no hay en ella nada digno de recordar y casi nadie a quien echar de menos), pero estoy seguro de que nunca he sido demasiado sociable. Soy un tipo muy callado, hablo menos de lo que escribo y apenas escribo últimamente. De niño pasaba mucho tiempo solo, no por imposición sino porque me gustaba. Alguna vez jugaba con alguien, tirábamos unas canastas o simplemente hablábamos de cualquier tontería, pero siempre he intentado tener un rato para alejarme de la gente. Tal vez por eso me gusten tanto los gatos callejeros.
Ahora, ya un poco más viejo, con más amigos y con pareja, me he vuelto un poco más "familiar" y menos "arisco", pero sigo disfrutando muchas veces de comer solo o beber solo. Me gusta visitar una cervecería cercana, sentarme en la última mesa y tomarme unas jarras leyendo un libro mediocre o preparando el curso de Android, y sigo poniéndome nervioso cuando hay mucha gente alrededor, cuando oigo niños llorando o cada vez que voy al supermercado.
«¿Tú no tienes amigos?» Sonreí al recordarlo, contento de que el tiempo y la mala memoria hubieran enterrado la mayor parte de mi vida. Pasó un camarero y me lo imaginé haciéndome la misma pregunta, pero se limitó a saludarme: «¿Qué tal, hombre, cómo te va?». Le hice un gesto con la mano y seguí leyendo sin pensar en nada más.
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