martes, 30 de agosto de 2011

El monstruo

El monstruo habita en cinco metros cuadrados. Hay en su celda un camastro bajo una ventana, una silla de madera y una mesa vieja que soporta como puede una montaña de papeles, una pluma, un tintero y velas, de las cuales se enciende una a la hora de trabajar.
El monstruo duerme a veces en el alféizar mirando al exterior, y en ocasiones cae y se golpea con la esquina de la mesa. Otras veces enloquece y se pone a correr por la habitación y a chocar con las paredes, y de repente se para y pega la oreja a la puerta. Fuera oye gritos y lamentos y entonces se calma y se acuesta en la cama o en el suelo y se duerme por un rato.
El monstruo a veces vomita y a veces defeca sobre sus papeles y los arrastra por las paredes, y se emborracha con el peor de los venenos hasta perder la noción del tiempo. Después despierta y le duele el pecho y tiene la sensación de que está tumbado sobre arenas movedizas.
Es posible visitarlo pero se esconderá bajo la cama y no querrá sino rebuznar. Se tapará la cara con sus ropas y se pondrá violento si se le intenta tocar. El guardia tirará de la cadena atada a su cuello y él gritará de dolor pero nadie podrá verle ni enseñarle fotografías en blanco y negro.
El monstruo a veces es un caballo y otras veces una rata. Come pan duro con gusanos y habla con los escorpiones y se tapa los oídos con plumas de colibrí.
Y así su vida pasa entre los barrotes como castigo por un crimen del que ya ni siquiera se acuerda.

miércoles, 24 de agosto de 2011

The Hitcher

No voy a contar nada que no revele el trailer de la película.
Se trata del remake que se estrenó en 2007, titulada en España "Carretera al infierno".
Típico thriller: una pareja joven y guapa se va de vacaciones y en Nuevo Méjico recogen a un autoestopista. Mal hecho.
La película es muy entretenida y muy clásica, está llena de "Para qué abres si sabes que está al otro lado", "Yo que tú no haría eso" y "¿En qué carajos estabas pensando?". Es buena opción para un viernes noche: grupo de amigos, pizzas y un par de pelis de ese estilo para pasar el rato.

sábado, 13 de agosto de 2011

A sangre fría

El libro

Voy a hablar de un libro que seguramente la mayoría ya haya leído. Se trata de A sangre fría, considerada la obra más conocida del periodista y escritor estadounidense Truman Capote (1924-1984).

El punto de partida es el asesinato de una familia de Holcomb, Kansas, en 1959 a manos de Perry Smith (arriba) y Richard Hickock. Cuando Truman Capote leyó la noticia, quiso escribir sobre ella, de modo que viajó a Kansas y se entrevistó con amigos de la familia, vecinos, policía... e incluso con los propios asesinos. De estas entrevistas fueron saliendo montañas de hojas que después de convertirían en una de sus grandes novelas.

¿Por qué me impactó tanto el libro? No hay más que dar una vuelta por cualquier librería y sin necesidad de buscar mucho acabas dando de bruces con cientos de novelas negras que comienzan exactamente de la misma forma. Pero como ya he dicho A sangre fría no es una novela. Por eso al pasar cada página o al leer la descripción de cada personaje o de cada escena sabes que esa persona existió -o existe- realmente y que esa escena sucedió exactamente así. Ése es para mí el principal atractivo de la obra.

Aun así uno podría preguntarse qué tiene de especial un asesinato múltiple si basta abrir el periódico cualquier día y encontrar docenas de crímenes (sin contar con los que no aparecen en los periódicos). Los asesinatos son el pan de cada día, es uno de los rasgos que distinguen a los llamados "seres racionales, inteligentes, sensibles y superiores" de las bestias salvajes, como los gatos o los loris lentos. Pero, ironía aparte, un periódico, por su extensión, no puede profundizar en una noticia sobre un asesinato (si consideramos que éstos siguen siendo noticia). Se limitan a decir que un tipo muy macho y muy valiente disparó en la nuca a su mujer mientras ésta dormía. Sólo un libro -uno bien escrito- puede describir con el suficiente detalle el hecho y sus consecuencias a lo largo de los años y trazar un mapa milimétrico de la mente de cada una de las personas involucradas de forma que ni los asesinos ni las víctimas ni los amigos de las víctimas sean personas desconocidas, sino tan reales y tangibles como la última persona a la que estrechaste la mano.

Capote

La película Capote (2005) narra magistralmente el proceso de escritura de A sangre fría y, aparte de una cinta donde Philip Seymour Hoffman hace el papel de su vida, verla es lo mejor que se puede hacer después de leer el libro.

Muy recomendada.

sábado, 6 de agosto de 2011

El célebre señor Kimb

¿No oigo llegar al señor Kimb? ¡Vamos a llamarle entre todos!
Todos declararon que el señor Kimb se había puesto violento.
Es un pequeño pueblo de agricultores en el Estado de Kansas, comienzos de verano. El sol no ha dado tregua desde el amanecer y la tierra se riega con el sudor de los hombres que han estado toda la tarde montando la carpa, un pequeño recinto con capacidad para unas doscientas personas pero lo bastante grande como para que armarlo suponga un esfuerzo considerable.
-¡Pasen y vean...!
No ha empezado la función pero payasos, acróbatas, caballos, elefantes y las estrellas del espectáculo, los freaks, encabezados por el extraño Sr. Mond -un hombre de mediana edad al que una enfermedad desconocida ha deformado la cara por completo- se agrupan fuera de la carpa. Un malabarista ensaya un número clásico con un monociclo y cinco pelotas de tenis, los zancudos se ponen en pie, un trapecista enciende un cigarrillo y los domadores dan golosinas a los elefantes. La función va a dar comienzo.
-¡...el increíble hombre lobo...!
Mientras una jaula tapada con una gran sábana atraviesa las cortinas y entra en la pista, el gran payaso Señor Kimb, el gran favorito, escucha los aplausos de los niños y sus padres y un momento después los gritos de asombro y de terror. Estropea parte de su maquillaje con el cuarto whisky y por un momento sonríe. Recuerda que él también se había sorprendido al ver por primera vez al hombre lobo, un tipo que por aquel entonces tenía veinticinco años y, según se creía, una hormona que no funcionaba del todo bien y que provocaba que todo su cuerpo estuviera cubierto de un pelaje liso y corto de color castaño oscuro.
El célebre señor Kimb no era mucho mayor por aquel entonces, acababa de dejar su amada Ucrania seis meses antes, recién cumplidos los veintiséis, en busca de un futuro que le garantizara «al menos un mendrugo de pan y un plato de sopa todos los días», y en Ucrania había dejado a sus padres y a sus dos mejores amigos, Andrei y su perro Yuk ("Sur", llamado así porque lo encontró un día con su padre vagando por una carretera al sur de Kiev). Ahora han pasado ya treinta años y Kiev se presenta como una pintura surrealista o como un decorado que hubiese visto alguna vez en alguna representación teatral.
-¡...el hombre más gordo del mundo...!
Mr. Egg. Trescientos veinte kilos, tan sólo un infarto cuatro años atrás que lo había tenido postrado tres meses pero no había mermado en lo más mínimo su vocación de sorprender al público. El circo era, según decía, el único lugar del mundo en el que se sentía respetado. Había superado en parte su fobia social y lo atribuía a su papel como «un honrado trotamundos que lleva a los pueblos y las ciudades el color de lo nuevo y lo maravilloso», tal como había escrito en una carta a su hermana al salir del hospital.
Mr. Kimb piensa a menudo en su familia pero desde hace años no se atreve a escribirles. Desde luego jamás recibe una carta, puesto que no tienen dirección fija ni itinerario definido, pero se siente terriblemente culpable por no haber dado señales de vida durante casi seis años y le avergüenza la idea de volver a escribirles ahora. ¿Qué podría contarles? ¿Qué excusa les podría dar? No hay excusa que justifique seis años de silencio, desde luego. Pero lo peor de todo, lo que más le ahoga, es pensar en la forma en que sus padres interpreten su ausencia. Pensar que en Kiev lo dan por muerto no es plato de buen gusto, y a pesar de ello no se siente lo bastante valiente como para escribirles de nuevo.
También existe otra posibilidad, y es algo con lo que llevaba soñando varias semanas consecutivas. En sus sueños vuelve a casa y se encuentra con su madre, joven como siempre, como si no hubiese pasado ni un solo día. Está allí, en la silla de siempre, remendando un calcetín. Pero está llorando. Entonces se acerca a ella y la abraza y le dice: «Mamá, no llores, mira, soy yo, estoy aquí, siento no haber escrito todo este tiempo pero estoy bien, estoy vivo y he vuelto a casa». Pero su madre sigue llorando y al cabo de unos segundos le dice: «Ya lo sé, ya lo sé, es tu padre el que no está».
No consigue apartar la idea de su cabeza. En los treinta años que lleva fuera ha podido pasar de todo, y no haber tenido ninguna noticia de Kiev durante tanto tiempo supone la mayor tortura que pueda imaginar. Por eso ha vuelto a beber. Por eso se ha ganado unos cuantos enemigos alrededor, aunque no lo sepa. Dicen que estropea los espectáculos, que hace llorar a los niños, que Simmons, el director, no lo despide por lástima. Dicen que entra a la pista tambaleándose y apestando a alcohol, que olvida sus guiones, que no sonríe. No, no sonríe.
-¿Y no oigo llegar al señor Kimb? ¡Vamos a llamarle muy fuerte entre todos! ¡Señor Kiiimb...!
Se dirige a las cortinas y uno de los malabaristas le golpea con el hombro al pasar.
-¡Señor Kiiimb...!
Entra en la carpa tambaleándose y el público aplaude entusiasmado. Se marea. De repente no conoce aquel lugar, no sabe quién es ni qué hace ahí. Se acerca al señor Simmons, que permanece en el centro de la pista muy sonriente, mirando hacia él.
-No me hagas esto, Kimb -le dice Simmons al oído sin dejar de sonreír.
El señor Kimb intenta decir algo y se le nubla la vista. Sin saber si pierde la consciencia antes o después, cae al suelo.
Se oyen algunos llantos y entran otros dos payasos para llevárselo a rastras. Fuera no hace falta dar explicaciones, todos saben lo que hay que saber.
-¿Otra vez? -dice furioso uno de los zancudos.
-Este borracho va a ser nuestra ruina -murmura un trapecista.
Y uno de los domadores, el joven Gregory Penn, se acerca al señor Kimb, que permanece tirado en el suelo, y le golpea la cabeza. Después tira de las riendas de su elefante y le da una orden.

Algunas horas más tardes, todos declararían que el señor Kimb se había puesto violento cuando lo sacaron de la pista, y que su actitud había asustado al elefante, que trató de huir y le pasó por encima. Nadie acusaría al joven Gregory de haber ordenado al animal que le aplastara el tórax, aunque, con una expresión de verdadero horror e incredulidad, cada uno de ellos lo había visto con sus propios ojos.

martes, 2 de agosto de 2011

El cuervo

Lluvia incesante. La luna vigila. Todo el que tenga casa debería encontrarse ahora en ella, intentando dormir. En la calle hay disparos y gritos, coches que van a toda velocidad.
Droga. La mafia.
El cielo cae sobre la Tierra.
No se oye nada pero el suelo se abre. Un cuervo observa posado en una cruz de piedra. Una mano.
Los edificios arden, la gente rueda por el suelo, la mafia domina las calles. Todos tienen miedo por sus hijos. Qué vamos a hacer, dicen. Esto es una pesadilla.
Un hombre vuelve del otro lado. Es imposible, no se puede volver, dirá alguien. La tierra se abrió y de ella salió un hombre sin zapatos. Gritaba pero nadie lo oyó.
El cuervo se posa en su hombro, ahora es su guía.
Droga. La mafia. Asesinos.
Alguien encontró a Tin Tin con el cuerpo lleno de cuchillos. Ahora hay otro hombre que lleva su chaqueta. Sobre su hombro grazna un ave con las alas extendidas.
Esta noche es la noche del Diablo. Vamos a quemar la ciudad, quiero que provoquéis un incendio que puedan ver hasta los dioses. Pero esta noche ha vuelto Eric Draven. Entra en el viejo almacén... nadie oye nada.
Eric Draven convirtiéndose en una sombra. Eric Draven el fantasma. Es imposible, no se puede volver. Nosotros te tiramos por la ventana, nosotros te empujamos a la muerte... Pero Eric ha vuelto porque hay algo que debe hacer.
Esta noche es la noche del Diablo. El cielo da una tregua, no llueve eternamente.

domingo, 31 de julio de 2011

Cartas

Él dijo a ver cuándo me escribes, hombre, que te mando una carta todas las semanas y nunca me contestas.
Le dijo sí, a ver si saco tiempo y te pongo unas líneas.
Y a ver si me llamas, siempre te llamo yo para ver qué es de tu vida y nunca me cuentas nada, tengo que andarte preguntando por Marta y por los chicos, que parece que siempre que te llamo te pillo en mal momento.
Que no, no digas eso, no es eso.
Entonces qué es, nunca venís a verme, hombre, no os cuesta nada hacerme una visita, que no vivo en la Patagonia, estoy a veinte kilómetros, hombre.
Lo sé, ya lo sé, vale, ya iremos a verte cuando tengamos tiempo, Marta y yo estamos muy liados con el trabajo y no podemos, vale, ya iremos a verte.
Vale... Ven a verme un día, hijo, desde que no está tu madre...
Lo sé.
Vale.
Lo sé.

martes, 26 de julio de 2011

Inútil

De qué sirve enfadarte. El cambio depende de ti, aunque no siempre esté a tu alcance. Todo lo demás obedece la primera ley de Newton. Nada cambia, nadie cambia, la basura nunca empieza a oler bien de repente.
De qué sirve sacudirte las pulgas. Las hay a millones. Puedes quemarte o bañarte en ácido, pero nunca se irán. Puedes viajar diez mil kilómetros pero allí donde vayas también habrá pulgas, no te engañes, España es un país repugnante pero no es el único.
De qué sirve desear algo que no puedes conseguir.
De qué sirve envenenarte, sentir desprecio, odiar, soñar sin poder dormir, emborracharte, caerte redondo, vomitar sobre los zapatos nuevos.
De qué sirven los barcos si las velas están rotas y alguien se ha cargado al timonel.

domingo, 24 de julio de 2011

Cosas que me gustarían

Me gustaría...
...que no fuese domingo.
...dejar la mente en blanco.
...vivir lo bastante para leer todo lo que quiero leer.
...pasar las tardes en el cine.
...que se pusiera a llover de repente.
...poder ver sólo lo que quiero ver y oír sólo lo que quiero oír.
...cerrar los ojos y que media humanidad sencillamente desapareciera.
...morir de una sobredosis de M&M.
...ver morir a algunas personas.
...llegar a hablar bien el alemán.
...tener las narices para escribir las historias que tengo en mente.
...aprender a cocinar.
...no echarte de menos ahora mismo.
...no sentir esa sensación rarísima cuando voy solo en el coche.
...echar a volar y dejar atrás los problemas y las tonterías humanas.
...estar contigo en este momento.
Sencillamente.

miércoles, 13 de julio de 2011

Entrevista con A.

Salió en todas las noticias: su cara, su nombre, una grabación de cinco segundos en la que lo sacaban del furgón de la Guardia Civil a cara descubierta y que no dejaban de repetir a todas horas... No paraban de decir éste es el presunto asesino de tal, como diciendo quédense todos con su cara por si lo ven por ahí. Era un tipo joven, tendría treinta y pocos, alto, delgado, pelo corto. Y por supuesto, después de repetir cincuenta veces la toma del furgón, salían algunas vecinas diciendo era un chico muy normal, iba a trabajar todas las mañanas, me decía hola cada vez que me veía... Muy normal, o sea que no tenía cuatro brazos ni la piel de color verde ni nada.

Y en el bar decían ahí es donde tiene que estar, ahí se pudra, tú te crees que se le puede hacer eso a un ser humano. Y yo saboreaba mi café y pensaba está bien, así deben ser las cosas.

Pero días más tarde volvieron a hablar de él -llamémosle A.-, y se supo que la víctima había sido un antiguo compañero suyo del instituto. Al parecer éste no le había hecho la vida nada fácil a A., lo había torturado y humillado durante años junto a otros compañeros y esto le había causado, según los informes, graves daños y trastornos psicológicos. Por ejemplo, nunca había tenido pareja porque le suponía un enorme esfuerzo tratar con otras personas. También había sufrido episodios de agorafobia, crisis de ansiedad y trastornos del sueño. No podía optar a un trabajo para el que tuviera que salir de casa ni podía salir a hacer la compra, se la tenía que llevar algún familiar. Las continuas agresiones lo habían marcado tanto que no podía hacer una vida normal. Esto hacía que las cosas ya no fuesen tan sencillas.

Durante semanas estuve reflexionando en casa hasta que al fin tomé una decisión: consistía en tomar un tren e ir a visitar a A. Quería escuchar su historia, la de verdad, no la de la televisión.

Me recibió una mañana. Haciéndome pasar por estudiante de periodismo conseguí que nos dejaran celebrar la entrevista en un pequeño despacho vigilado. Insistí en que la vigilancia no era necesaria, pero aun así ordenaron a un funcionario estar presente con nosotros, lo cual me incomodó un poco porque pensaba que tal vez A. no sería del todo sincero o que evitaría mencionar determinados puntos, pero no fue así. En realidad se mostró muy agradecido conmigo por querer escucharle, y yo con él por aceptar contarme su historia. Nos sentamos en sendas sillas de cuero rojo, uno frente al otro, y yo saqué mi grabadora. Esto fue literalmente lo que dijo:

-Mira, no va conmigo lo de ir de víctima, yo sé lo que hice y sé que esto es lo que hay, que ahora tengo que pagar por ello. No es justo pero así son las normas. Un día dejas atrás el colegio, el instituto, todos esos años perdidos, toda esa porquería de exámenes y de que te metan seis, siete horas en una sala con treinta desconocidos que te dan asco; lo dejas atrás y piensas que eres un poco más libre, encuentras un trabajo que no es el trabajo de tu vida pero que te da para ir tirando. Ahí he tenido suerte porque a mí no me pidieron titulación ni historias de ésas, yo les demostré que sabía hacer ese trabajo y me contrataron, y encima me dijeron que podía trabajar desde casa. Pues qué iba a hacer, me da para pagar el alquiler y la comida, no me puedo quejar. Ahora eso lo perdí, claro.
»Cuando vine a vivir aquí pensé que ya había roto con mi infancia y que no tendría que aguantar más toda esa basura, pero dos años después de instalarme, cuando las cosas me iban bien, salí una tarde a la calle y vi de lejos a uno de los hijos de puta que me habían hecho la vida imposible en el colegio. Iba de la mano con su mujer y su hijo y yo los seguí con la mirada hasta que él sacó las llaves y entró en un portal, y yo me quedé con el número y la calle. Quedaba bastante cerca de mi piso.
»De todas formas intenté no darle demasiada importancia, yo no solía salir y cuando lo hacía era de madrugada, así que era improbable que nos encontrásemos.
»Pero los días siguientes me quedé en casa pensando y recordando y la idea de que estuviera cerca era como volver al colegio y volver a pasar por lo mismo otra vez. E intenté por todos los medios no recordar y distraerme con otras cosas, pero es que era imposible... me resultaba imposible. Y claro, un día tras otro, los recuerdos van saliendo a la luz y van haciendo presión, y ya hubo un momento en que no conseguía estar tranquilo ni siquiera en casa.
»Una tarde salí a dar un paseo para relajarme, aunque por lo general los paseos no me relajan en absoluto, y tuve la mala suerte de cruzármelo de frente. Él se paró en seco y se me quedó mirando pero yo pasé de largo. Sin embargo unos pasos más adelante me dio una palmada en la espalda y me llamó con el apodo con que me torturaban en el instituto, y al reírse, su cara quedaba tan cerca de la mía que su aliento me golpeaba en la mejilla, y entonces lo vi con la misma cara que tenía cuando yo lo conocí, como si no hubiera cambiado nada.
»¿Sabes esa expresión, perder los estribos? Es decir, cuando algo en lo más profundo de tu mente, como si fuera otra persona, te dice tranquilo, yo me encargo, relájate y disfruta del espectáculo. ¿Te ha pasado? Es como si te vendaran los ojos, o como si te sedaran y te despertaran cuando la función hubiera terminado, cuando ya no tuviera vuelta atrás. Recuerdo que cuando me pasaba en el instituto, al momento de despertar siempre me preguntaba: ¿qué ha pasado aquí? ¿Qué he hecho ahora? Y a veces había un chico en el suelo con la nariz rota y otras veces era yo el que estaba en el suelo. Pues el problema es que con el paso de los años esto empieza a no ser tan divertido, y cuando pierdes los estribos y tienes sobre los hombros el peso de todos esos años de instituto, esa otra persona del fondo de tu mente ya no se conforma con romper una nariz o un brazo.
»También es que la forma de pensar de una persona cambia a lo largo de la vida, es lógico. No puedes pretender que tu experiencia vital pase por tu lado sin afectarte de alguna forma. Y al principio lo que quieres es simplemente pegar a las personas que se meten contigo, porque no sé cómo serán otros casos pero a mí en el colegio no me hacían ni caso cuando denunciaba estas cosas. Siempre me decían es que eres una manzana podrida, es que no estudias ni dejas estudiar a los demás, te metes con todo el mundo, etcétera etcétera, pero a mí nadie me ayudaba. Es que era mucho más bonito mirar hacia otro lado y echarle la culpa al que no se va a defender, lo que no interesaba era abrir los ojos y que se viera que ahí había un problema.
»Bueno, pues el caso es que con el paso de los años vas viendo que es que aquí nadie te va a ayudar y que si quieres solucionar un problema tienes que hacerlo tú mismo, y el que piense que estamos en un país justo está muy equivocado. No es un país justo en absoluto, y te explico por qué.
»En las noticias sólo hablan de que soy un asesino, de que el pobre hombre ya tenía su familia y había hecho su vida, que era un hombre muy bueno y que esto y lo otro. Es que eso es lo que vende, lo que desde luego a nadie le interesa es que si lo maté fue porque me había jodido la vida, y a eso es a lo que no hay derecho.
»Y la gente dice de eso ya ha pasado mucho tiempo, eso eran tonterías de niños, etcétera, pero esa gente no entiende la mitad de la película, es que si no has pasado por eso no sabes lo que es. Nadie sabe realmente lo que es sufrir una persecución durante años sin que nadie te ayude y que encima te echen a ti la culpa, te sientes impotente, te quieres morir. Claro, luego te deprimes y lo que dicen es que eres un vago y que no quieres estudiar. ¿Y qué haces? Es que lo que vende es que tú te has cargado a un tío y que eres un asesino y ya está, porque así la gente puede salir a la calle y escupirte e insultarte cuando sales del furgón policial, pero lo que a nadie se le ocurre pensar es que detrás del crimen había unos motivos, ¿comprendes?
»¿Pero qué esperaban? ¿Por qué iba yo a olvidar, porque ha pasado mucho tiempo, como dicen por ahí? ¿Y qué con eso, es que el mal no está hecho igualmente? Yo creo que el odio es el sentimiento más noble del mundo. Es un veneno muy fuerte, es cierto, pero nunca te abandona, te acompaña durante toda tu vida y es lo que luego te da la fuerza para hacer justicia, que es lo que he hecho yo, ni más ni menos.
»Además, que no me vengan con historias, alguien que sólo vive para hacer daño a los demás y que sólo sabe ser una carga para la sociedad no tiene lugar aquí. Yo soy un hombre pacífico, me considero un hombre tremendamente pacífico. Claro, no salgo de casa, ¿qué quieres?, no me meto con nadie, no hago daño a nadie. Pero si hay un problema tienes que solucionarlo. Cuando una cucaracha entra en tu casa, ¿qué haces, le das de comer o simplemente le das un pisotón? Nadie quiere vivir en una casa con cucarachas, no nos importa matarlas porque consideramos que su vida no vale tanto como la nuestra. Es curioso, ¿no? Y entonces ¿cómo pueden intentar hacerme creer que la vida de esta persona a la que ahora los medios de comunicación han convertido casi en un héroe valía lo mismo que la mía, si él no era más que un estorbo, un parásito repugnante, y yo me limito a vivir mi vida lejos de todo el mundo y sin hacer ningún daño a nadie? ¿Cómo pueden tener el mismo valor su vida y la mía? Para mí él no era más que una cucaracha que se había colado por la rendija de la puerta, y yo hice lo que habría hecho cualquiera en mi lugar si hubiera tenido una zapatilla en la mano.
»Pero esto es lo que hay, ahora toca aguantar los años que dure la pena viendo por la tele que soy un asesino sin escrúpulos y que el otro era un pobre hombre que no tenía culpa de nada. Las cosas son así, no puedes hacer nada...

Sin darme cuenta me había quedado hipnotizado. Como decía él, era como si me hubieran tapado los ojos o me hubieran sedado y después me hubieran despertado al final de la entrevista. Vi que se le estaban humedeciendo los ojos, así que pensé que era el momento de dejarle en paz. Pulsé el botón de stop de la grabadora y me levanté muy despacio, sudando por el calor que hacía en el despacho. Quise darle un abrazo pero no me pareció apropiado y simplemente le estreché la mano, le agradecí su tiempo y salí por la puerta con la misma sensación que si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.

jueves, 7 de julio de 2011

Un loco tocado de la maldición del cielo

Un loco tocado de la maldición del cielo
canta humillado en una esquina;
sus canciones hablan de ángeles y cosas
que cuestan la vida al ojo humano;
la vida se pudre a sus pies como una rosa
y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
una princesa.

Leopoldo María Panero, "Poemas del manicomio de Mondragón"