lunes, 16 de abril de 2012

envidia


Tengo envidia de ti, pequeña estatua de mármol;
de lo lenta que es para ti la caída de una hoja y la puesta de sol,
que no obedece al tiempo ni a ningún artificio humano
ni se rige por las leyes de los hombres.

domingo, 8 de abril de 2012

el diablo

-Vivíamos en un pueblo pequeño en Extremadura, al sur, bastante al sur. Yo no me acuerdo bien porque me parece que fue hace una eternidad. Sólo me viene de vez en cuando algún recuerdo aislado.
»Pero sí recuerdo que había una señora, Juana o algo así se llamaba. La Juana, sí. Una mujer muy mayor, que no andaba muy bien de la cabeza. Y a veces después del colegio nos íbamos unos amigos y yo a tomar algo a un bar que llevaba un amigo nuestro. Les decíamos a nuestros padres que nos quedábamos estudiando y en realidad íbamos allí a beber. Y casi siempre aparecía esta mujer por allí y nos soltaba un sermón que a mí nunca se me olvidará. Era muy graciosa, la mujer, y siempre nos decía... cómo era... nos decía: "El diablo habita en las botellas y en las columnas de humo".
»Algo así, y dicen -porque yo no lo recuerdo- que un día nos habíamos pasado bastante con la bebida y vino la mujer y nos soltó la frase de turno, y que yo me quedé mirándola fijamente y le dije: "Juana, usted es una idiota y una loca, pero puede que tenga razón, y, en ese caso, ojalá hubiera conocido al diablo hace muchos años".
»Y la pobre mujer salió de allí hecha una furia, santiguándose y murmurando no sé qué... En fin, era... fue una época divertida, la recuerdo como una juventud bastante divertida, la verdad. Pero qué tiempos, joder, cómo pasan los años... -Dio una calada, apoyó los codos sobre la mesa de la cocina y miró por la ventana-. Es increíble cómo corren los años...

martes, 3 de abril de 2012

extraño

¿Cuánto tiempo pasaste intentando reconocer la cara del extraño frente al espejo?
¿No te entró el pánico? ¿No quisiste salir corriendo, huir de allí para siempre?
¿Cuánto tiempo te llevó entender que era imposible?
Y entonces devoraste un libro tras otro, y una película tras otra... y bebiste hasta desmayarte sólo para no sentir el suelo bajo tus pies.
Y pasaste una noche entera en el suelo sujetando una rosa entre los dedos, ardiendo como el veneno de un animal extinto, sintiéndote extraño.
Extraño. Como una nube de tormenta sobre un desierto de arena demasiado blanca para ser de este mundo.

jueves, 29 de marzo de 2012

buenos tiempos

Se despertó con unas ganas terribles de escuchar música, pero no había música por ninguna parte. Quiso decir buenos días, pero tampoco había nadie a quien decírselo. Hacía años que Lucas ya no estaba. Ahora sólo tenía un banco de piedra, una manta y un vaso de plástico con un poco de coca cola sin gas. La luz naranja de las farolas la molestaba un poco y se dio la vuelta. Entonces se dio cuenta de que le dolía terriblemente la cabeza y de que no podría volverse a dormir.

Contuvo una arcada y se levantó. Caminó un poco para despejarse. Se frotó los ojos y bostezó. Pensó en hablar con Dios, pedirle ayuda, pero hacía mucho tiempo que Dios ya no escuchaba. Supongo que debería sentirme sola, se dijo. Pero sólo se sentía extraña. Por primera vez en días estaba sobria, y eso para ella era como caer desde un quinto piso. «Jodida», dijo cuando en su mente Lucas preguntó cómo se encontraba. «Jodida, Lucas, cómo voy a estar.»

No le gustaba estar sobria; se ponía a recordar los buenos tiempos. Los dieciséis, tan lejos ya, cuando conoció a Rubén y a los chicos y cada fin de semana se ponían hasta el culo de pastillas que ni siquiera sabían bien lo que eran. Bailar hasta las mil y desayunar una pizza caliente en la panadería de siempre. Los buenos tiempos, cuando había dinero y no tenían que pasar hambre.

Y luego Lucas, en primer año de Periodismo. Alto, con una espesa barba, de aspecto graciosamente distinguido. No hablaba mucho, pero sonreía a menudo; y si ella le hacía alguna pregunta personal, sobre sus padres o dónde vivía, él se limitaba a cambiar de tema. Era un muchacho reservado, todo el mundo lo decía; simpático, pero reservado. Y movida quizá por una mezcla de curiosidad o ternura o intriga o todo a la vez, ella había accionado la maquinaria de aquel pequeño universo para conseguir abrir sus puertas. Y en cierto modo lo había conseguido.

Lucas había pasado de ser un estudiante brillante con un futuro prometedor a engancharse al éxtasis y la cocaína. Había dejado de ser un joven fuerte y guapo para ser la sombra de un esqueleto de párpados cansados y labio caído. Había pasado de sonreír a menudo a llorar cada vez que no podía pillar nada. De una vida llena de comodidades a tener que llevar los mismos calzoncillos durante días. Del «Me apasiona el periodismo» al «Qué cojones hago aquí».

Y ella había llorado muchísimo, por supuesto. Aquella mañana de nieve, cuando se puso a empujarlo cada vez más fuerte hasta tirarlo del banco y ni aun así movió un solo músculo. Ella había notado el cuerpo frío y rígido, pero nunca había llegado a hacerse a la idea de despedirse de Lucas. Daba por sentado que siempre estaría ahí, que siempre la abrazaría las noches de invierno. Que la droga era algo pasajero, que lo dejarían, que se irían a vivir a un piso cualquiera y empezarían de cero. Que estar sobrios no sería algo tan malo.

Pero resultó serlo. No había nada, ni una mala cerveza que pudiera alejarla de aquella realidad. Ni un sueño, ni un buenos días, ni siquiera unos brazos de escarcha alrededor de sus hombros. No había poesía en todo aquello, no había literatura ni belleza; no había prozac ni noches pegada a la botella, ni Lucas ni Rubén ni los chicos ni nadie que se preguntase dónde carajos andaba. Sólo había una manta, un periódico derechista y restos de una coca cola que alguien no quiso terminar.

miércoles, 14 de marzo de 2012

medicina para el alma

Entonces tenía otro nombre, pero ¿quién se acuerda ya de eso?

                Niemand erinnert sich nicht mehr.

Supongo que lo hemos olvidado con los años o que nos hemos acostumbrado a llamarla de otra forma.

Él pidió algo así al entrar en la farmacia. Recuerdan que dijo algo como "Vengo a por mi medicina para el alma".

No era necesario tener una receta. Si un día no podías respirar, si se te quedaba atascada la risa o te fallaban las fuerzas, ibas a cualquier farmacia y pedías una dosis. No era barata pero valía la pena. El mundo se volvía un poco menos gris alrededor.

Lo llamaban el recurso de los cobardes, eso sí lo recuerdo. También decían que era de cobardes la literatura, la música y todo lo que te alejara de la realidad. Se trataba de una minoría que defendía la realidad por encima de cualquier felicidad artificial. Incluso había una facción radical, que negaba la felicidad y reivindicaba el sufrimiento como estado natural del ser humano. Pero no había mucha gente a la que le gustase sufrir.

La medicina para el alma te despejaba los bronquios, relajaba tu estómago y te hacía creer que eras feliz. Y en aquel tiempo cualquier mentira podía ser mejor que la verdad.

Por eso pidió medicina para el alma. Porque quería sentirse vivo de nuevo. Porque pensaba, Y qué cojones hago si no, y qué hago con el dolor del pecho, o con el tiempo perdido, o con las lágrimas que nunca llegaron a salir.

De vez en cuando deseaba volver a sentirse como un niño. Dormir toda la noche, mancharse la camiseta con helado de chocolate, hacer el mayor castillo de arena jamás visto. Quería volver a leer aquellos cuentos en los que volar era tan sencillo como pensar en algo agradable y tu mayor enemigo era un pirata al que le faltaba una mano.

Y dando tumbos por la calle echaba a correr el reloj, porque no tenía prisa, porque en casa le esperaba el sentirse un poco más solo y un poco más borracho, algo más enfermo y muchísimos años más viejo.

martes, 6 de marzo de 2012

una mirada atrás

Quién les iba a decir que llegarían a celebrar los cuarenta. Nadie habría apostado por ello en un primer momento, desde luego. Para empezar, una cesárea con complicaciones y las interminables pruebas médicas de los primeros años. No es un buen comienzo, si uno se pone a pensar.

La sonrisa triste de aquel médico tan amable, el doctor Pons, que siempre los miraba con una mezcla de curiosidad y condescendencia. Hacía tantos años ya... y sin embargo no habían olvidado ni un detalle de aquel rostro más bien redondo ni de su espesa barba, o aquellas gafas minúsculas que le hacían envejecer toda una vida de repente cuando se las ponía para leer los resultados de las pruebas.

El colegio, los años más difíciles, el rechazo y la crueldad de los otros niños o incluso de muchos padres de alumnos. La baja autoestima, la soledad, la profunda tristeza. El Nunca seremos como los demás.

Aquellas chicas, años más tarde, a esa edad en la que el miedo a lo diferente empieza a difuminarse... al menos en algunas personas. Los primeros rechazos amorosos, las discusiones, los Me estás arruinando la vida. El paso del tiempo, los verdaderos amigos. Las depresiones, los Por qué somos diferentes. Las lágrimas sin palabras en mitad de la noche.

Cuarenta años. Quizá no era mucho para la gente normal, pero para ellos era todo un récord. Habían superado  con creces sus propias expectativas y las de los demás. Por eso, desde su perspectiva del tiempo, daba vértigo echar la vista atrás, y resultaba difícil hacer un balance de malos y buenos momentos. Habían sido felices, por supuesto, y en cierto modo lo seguían siendo, pero los momentos perdidos pesaban en la espalda como sacos llenos de piedras.

A pesar de todo se pusieron en pie y dedicaron una sonrisa a todas aquellas personas que habían acudido a la fiesta en el bar de siempre. Allí estaba Laura, de la oficina, con un precioso vestido rojo y una copa de color naranja en la mano. Y su primo Esteban, al que no veían desde hacía tres años, embutido en su americana y con una corbata horrenda. Allí estaban los que habían estado siempre, los amigos que no se habían ido ni se irían.

Jorge levantó la mano derecha y Alex la izquierda. Bebieron al grito de ¡Salud!, con los ojos cerrados, cada uno imaginando cómo habría sido su vida en otras circunstancias. Si hubieran nacido separados, si no hubieran tenido que conformarse con el control de un solo brazo o de una sola pierna. Si hubiese tenido cada uno su propio cuerpo y hubiesen vivido como el resto de la gente.

sábado, 11 de febrero de 2012

La fábrica de sueños

He oído que la realidad es mentira, que no existe tal cosa. Que nos preocupamos por lo que no es, que nos enfadamos por lo que no lo merece. Que nos empeñamos en ser felices donde la felicidad ha hecho las maletas y donde dicen que sólo llevaba billete de ida. Que nos despertamos siempre a la misma hora para contar los segundos hasta volver a soñar de nuevo.

He soñado con personas que aún amo y que ya no están aquí. Las he visto y me han dicho que no pierda el tiempo pasándolo mal, que todo pasa, todo termina. Que la verdad sólo la conocen los músicos y los poetas. Que ve más un loco o un borracho que una rata de biblioteca. Que sabe soñar mejor el violinista que toca bajo la muestra de una taberna con dos monedas sobre una manta que el más rico de los empresarios.

He comprendido que la verdad sólo existe en las mentiras. Que la obra es lo que se desarrolla detrás del telón. Que da más luz un cabo de vela que una hilera de farolas eléctricas. Que prefiero ser un halcón antes que un árbol. Que huele mejor la posada del Almirante Benbow que algunos restaurantes de lujo. Que se viaja mejor en La Hispaniola rodeado de amotinados que en cualquier avión rodeado de niños. Que sabe mejor la cerveza que el café.

Que, si la realidad es mentira, lo más prudente es alejarse de ella.

Ejemplo ("A veces siento al despertar / que el sueño es la realidad"):


Bonus:

jueves, 22 de diciembre de 2011

Vapor y óxido

Justo antes de expulsar una densa nube de humo negro como el carbón, la gran tubería que ocupaba la esquina norte del almacén desde el suelo hasta el techo silbó ruidosamente, y, aunque Carlos estaba más que acostumbrado a aquel sonido, no pudo evitar despertarse.

Abrió el ojo izquierdo y le molestó el parpadeo del tubo fluorescente que había encima de él. Por otra parte, la colchoneta que habían colocado sobre la mesa de metal aún estaba sucia y olía mal, y era tan fina e incómoda que no sintió ningún deseo de seguir acostado, así que bajó de un salto y arrastró los pies hasta la esquina en la que hacía sus necesidades.

Teniendo en cuenta la amplitud de la nave, a cualquier extraño le habría llamado la atención que sólo hubiese dos zonas iluminadas: la mesa en la que dormía Carlos y la esquina norte donde se encontraba la gran tubería. Todo lo demás permanecía siempre en las tinieblas. Y puesto que, durante sus ocho años de vida, Carlos sólo había conocido aquella luz y aquellas tinieblas, todo lo que le resultaba familiar se encontraba bajo los fluorescentes y todo lo que temía se ocultaba en las sombras. Por eso tenía más miedos que momentos de calma.

En estas sombras, cerca de él, había un constante goteo de agua que caía desde el techo. Había empezado hacía dos noches y no olvidaba el extraño ruido que había oído justo después de la primera gota. El ruido de un mecanismo, una máquina, algo que se desplazaba entre las cajas de madera. Le recordaba al del pequeño coche teledirigido que le habían regalado en su último cumpleaños, sólo que mucho más fuerte. Y desde luego, fuera lo que fuera, se movía mucho más rápido.

Había pasado toda la noche en vela, temblando de pies a cabeza, mientras aquella máquina, aquel robot o lo que fuera, se movía a sus anchas por aquel mundo que él consideraba prohibido y peligroso. Le daba miedo oírlo sin verlo, pero le daba más miedo aún pensar que en cualquier momento podría salir a la luz. Sólo cuando, poco antes de amanecer, la nave quedó en silencio excepto por la gotera, Carlos, vencido por el sueño y las emociones, se fue tranquilizando lentamente y se avergonzó de sí mismo por haber mojado la colchoneta.

Ahora oyó un ruido muy diferente: el motor del ascensor.

¿Ya habían pasado tres días?

Abrió la puerta del trastero y se metió dentro. A los pocos segundos salió alguien del ascensor. Como cada vez, trató de ver a través de la rejilla, pero, aparte de unas botas negras y una mano que ponía un plato de hierro y una jarra de agua en el suelo, no vio nada más. El hombre (porque sabía a ciencia cierta que era un hombre), se acercó a la puerta y tocó con los nudillos. Mientras se alejaba, Carlos contó mentalmente hasta veinte y esperó a oír de nuevo el motor del ascensor antes de salir del cuarto.

¡No lo podía creer! ¡Hoy le habían traído comida! Y, definitivamente, no habían pasado aún los tres días. Quizá dos, como mucho. Pero ¿qué podía saber él, si nunca había visto la luz del Sol? Y, sin embargo, entre toda aquella alegría había algo... Había preguntas. Preguntas que cada vez más a menudo se hacían un hueco entre sus pensamientos y lo inquietaban. Preguntas como qué apariencia tenía el hombre que le llevaba comida dos o tres veces por semana. O qué era el ruido que había oído la noche anterior entre las cajas. O por qué las tuberías hacían tanto ruido. O qué había al otro lado de las enormes paredes de aquella nave y si le estaba vedado saberlo, y, si era así, ¿era por su propio bien?...

David contra Goliat

Marisol García y Manuel Galiana

Quiero dar a conocer este libro.

En 1998, Marisol García es víctima de un erróneo tratamiento por parte de un fisioterapeuta del Real Madrid. Esto causa a Marisol una incapacidad permanente absoluta para todo tipo de trabajo, una minusvalía del 77% y el inicio de una larga andadura procesal en la que toda la maquinaria jurídica del Real Madrid intenta defender lo indefendible: un fisioterapeuta que no está colegiado en 1998, olvidos y negaciones ocurridos en el proceso de hechos que anteriormente ya han sido probados, apariciones de testigos que cometen perjurio, recusaciones extrañas de jueces honestos que deciden no favorecer al Real Madrid... y cuando Marisol resuelve, después de nueve años, sacar su historia a la luz, recibe una querella criminal por parte del propio fisioterapeuta.

Sin embargo, entre tantas injusticias, por encima de toda la maldad, prevalece el espíritu inquebrantable de una mujer que no pierde ni su sonrisa, ni las ganas de luchar, a pesar de verse arruinada, incapacitada y olvidada... pero nunca por sus amigos, como lo demuestra en el libro las dedicatorias de apoyo de Mª Dolores Pradera, de Tamara Rojo, de Irene Villa... así como la portada, diseñada especialmente por Gallego y Rey.

Tal y como asegura Antonio D. Olano en el prólogo, «la historia, enredada como un argumento policíaco de los grandes maestros de género, se va exponiendo, literaria y documentalmente, a medida que nos adentramos en estas páginas redactadas por Manuel Galiana, al que ella se lo relató».

Esta obra puede ser un perfecto regalo navideño para aquellos que disfruten con la lectura de un buen libro que cumple, además, una función de denuncia y un intento de hacer a las personas más precavidas ante sucesos como este.

Pueden adquirir este libro en la Casa del Libro y en FNAC. Si quisieran más información, pueden contactar con los autores en el e-mail: marisoldavidcontragoliat@gmail.com.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Diciembre (días raros)

Días extraños, cuadriculados, milimétricos. Cada persona en su lugar en cada momento. Cada cosa en su sitio exacto. El plan se sigue cuidadosamente.

Diciembre, el mes de los adornos horrendos, de los cantantes fracasados y sus versiones repugnantes de villancicos aún más repugnantes.

Diciembre, el mes en que todo el mundo se quiere, el nazi abraza al judío y el judío al árabe. Buenos sentimientos, buenos deseos, ojalá el próximo año te trate bien, yo siempre te he querido, siempre rezo por ti y por tus muertos. Y un eterno etcétera.

Felicidades. Por qué. Y yo qué sé, felicidades porque es diciembre, porque hace viento, porque han dicho en la tele que en realidad la gente no es tan hija de puta. Porque en algunos países la familia entera se reúne para hacer un gigantesco muñeco de nieve con sombrero de copa, y un tipo se cuela por tu chimenea en plena noche.

La mañana de Navidad la policía cuenta los muertos.

Días raros. Las calles contaminadas de carteles que pretenden dar sensación de normalidad. Ven y haz tus compras en tal sitio. Y una foto con algunas personas cargadas con mil bolsas y una sonrisa de oreja a oreja. Ridículo.

Tienen la delicadeza de omitir, eso sí, al niño pijo del chándal o del Lacoste con su navaja resplandeciente y sin la habilidad suficiente como para ponerse bien la puta gorra. «Observa las figuritas humanas con verdadera complacencia.» No recuerdo quién lo dijo.

Sobre las calles se colocan adornos. Sobre las aceras sólo hay mierda de perro. Y una mujer gorda como un tonel, con un pañuelo en la cabeza, se te acerca con la mano extendida y te dice Por amor de Dios, una moneda para comer, tengo tantos hijos como meses tiene un año. Y todos están enfermos o locos.

Pero qué bonitas son las ciudades llenas de luces. Son las más oscuras. Lo sórdido es más sórdido cuando se pretende embellecer. Y a su modo es hermoso, desde luego, como lo son todas las cosas sórdidas, sólo que de una forma diferente.


Son días, en fin, de viento. Días extraños, con el aire transportando el olor de la gente y el murmullo de lo absurdo.