jueves, 1 de diciembre de 2011

Citas: Crimen y castigo

-Yo lo siento de veras, ¿creen que no lo siento? Cuanto más bebo, más sufro. Por eso, para sentir más, para sufrir más, me entrego a la bebida. Yo bebo para sufrir más profundamente.

-Marmeladov

De pronto se inclinó, bajó la cabeza hasta el suelo y le besó los pies. Sonia retrocedió horrorizada, como si tuviera ante sí a un loco. Y en verdad un loco parecía Raskolnikov.
-¿Qué hace usted? -balbuceó.
Se había puesto pálida y sentía en el corazón una presión dolorosa.
Él se puso en pie.
-No me he arrodillado ante ti, sino ante todo el dolor humano -dijo en un tono extraño.

-Diálogo entre Raskolnikov y Sonia

Ya no pudo seguir leyendo. Cerró el libro y se levantó.
-No hay nada más sobre la resurrección de Lázaro.
Dijo esto gravemente y en voz baja. Luego se separó de la mesa y se detuvo. Permanecía inmóvil y no se atrevía a mirar a Raskolnikov. Seguía temblando febrilmente. El cabo de la vela estaba a punto de consumirse en el torcido candelero y expandía una luz mortecina por aquella mísera habitación donde un asesino y una prostituta se habían unido para leer el Libro Eterno.

-Lectura de Sonia

martes, 29 de noviembre de 2011

El cobarde

-¡Fracasado! ¡Yo! -Thomas Berg me miró de arriba abajo de una forma que me hizo comprender que, aunque sabía que en el fondo tenía razón y estaba de acuerdo conmigo, o quizá precisamente por ello, se sentía profundamente herido.

Guardé silencio y ambos bebimos.

Después lo observé de reojo por espacio de un minuto mientras él parecía concentrar todas sus energías en vaciar una jarra tras otra, para asombro del camarero y de los que nos encontrábamos a su alrededor. En este punto tengo que confesar que ni antes ni después vi jamás nada semejante: en su lugar, cualquier hombre de constitución normal habría perdido el conocimiento mucho antes, pero él seguía en pie e incluso parecía muy dueño de sí mismo.

Puso de un manotazo algunas monedas sobre la barra y vi que llevaba las uñas muy sucias. Todo él se había descuidado, y, a juzgar por su pelo grasiento, su barba desigual y su chaqueta sucia y ajada, calculé que debía de llevar al menos una semana en ese estado. Sentí algo parecido a la lástima, pero nada me empujó a tratar de ayudarle. Le admiraba, o le había admirado, con ese entusiasmo infantil que sienten los jóvenes por alguien a quien consideran una inteligencia superior o un ser casi sobrehumano. Y, naturalmente, la decepción que sufrí la noche que me fue presentado guardaba proporción con mis expectativas.

Había leído todos sus libros cinco o seis veces y había escrito cuentos imitando su estilo. Tenía varias ediciones en cartoné de su primera novela y conservaba cuidadosamente los números de la revista en la que había aparecido por entregas. Su forma de escribir me había seducido casi desde la primera palabra, y durante años me obsesionaba la idea de tomar una copa con él. Beber y hablar frente a frente, de escritor a aficionado, de maestro a discípulo.

Y allí estaba al fin, sólo que uno al lado del otro, sin mirarnos. Bebiendo, sí, pero sin hablar, porque él prefería emborracharse. No mencionó sus libros ni hizo comentario alguno sobre literatura. No le vi, de hecho, interesado en lo más mínimo en hablar del tema. Y yo le había llamado fracasado. -¿Fracasado? Escucha bien, muchacho, nadie escribe bien con los pies fríos, y el alcohol me ayuda a calentarlos, ¿entiendes? -Pronunciaba cada palabra con una lentitud calculada, como si se estuviera dirigiendo a un niño tonto. -¡Maldito ignorante! ¿Te llamas escritor? ¡Ja!... ¡Fracasado! ¡Yo!

Deslicé dos monedas de cobre hacia el camarero, me puse el chaleco y la chaqueta y salí sin despedirme de nadie. Oí algunas risas detrás de mí, pero no les di importancia. Al fin y al cabo, pensé, de algo tienen que reírse: todo el mundo sabe que no hay comedia en la vida de un escritor venido a menos.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Krankheit

No autobiográfico. Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad.

Te sientes enfermo. No sabes exactamente de qué, pero lo estás, hace tiempo que lo notas. Te traiciona la mente, se pudre entre fantasmas y monstruos y tú no puedes hacer nada para evitarlo. Las voces y el ruido te acosan, te quieren volver loco, se hacen dueñas de tu cabeza y te roban el aliento. Poco a poco te conviertes en tu peor enemigo. Te consumes mientras te preguntas cómo acabar con la pesadilla, cómo escapar, pero no ves el camino. Cierras los ojos, prestas atención a esos fantasmas. Los estudias uno a uno, te provocan náuseas. Tu estómago no está preparado para eso. Quieres vomitar. Sólo respiras cada vez que entre los monstruos te parece ver la débil luz de un cabo de vela. Allí, en medio de la oscuridad, sobreviviendo pese a todo. Arrojando algo de luz al camino. Guiándote.

Querrías creer en un dios. Creer que está contigo, que te dice que todo está bien, que no te preocupes, que eres más fuerte que las voces. Pero es difícil creer. Te preguntas si aquellos que ya se fueron siguen contigo de alguna forma, dándote fuerza. Imagino, te dices, que en cierto modo siempre te acompañan las personas a las que querías. Tal vez no haya una vida después de la vida, pero el recuerdo es una forma de volver a estar con ellas. Sientes que te acompañan en los momentos difíciles, aunque no los veas, aunque no te hablen, aunque ya no existan. Por momentos sientes que podrías con todo. Pero la esperanza es frágil.

Vomitas y después bebes. Bebes cada vez más. Y entonces... los fantasmas se alejan otra noche. Te permiten dormir. Tu estómago se calma, te sientes algo mejor. El cabo de vela emite una luz más intensa y no temes el momento en que los fantasmas vuelvan. Supongo que eso es a lo que llaman Dios, te dices. Al cabo de vela en medio de la oscuridad. A las voces que se apagan. A los fantasmas que se alejan. Hay personas cerca de ti. Tienes familia, amigos y una chica que te quiere. Una chica maravillosa.

Supongo, insistes, que a eso se refieren... que a esa calma momentánea del espíritu es a lo que llaman Dios.

lunes, 21 de noviembre de 2011

16

El gato salta al sofá, da una vuelta sobre el cojín y finalmente se acuesta de lado. Durante un rato me mira fijamente con sus enormes ojos amarillos: Bueno, ¿y quién eres tú?, parece preguntar, pero ya nos conocemos desde hace algún tiempo, casi dos años y medio, de modo que me limito a acercarle la mano al hocico y él me olisquea hasta que parece decir: ¡Ah, sí!, y dándose por satisfecho adopta la postura más extraña que podría encontrar y se pone a dormir.
Yo vuelvo a mi libro. Llevaba tiempo con ganas de leer Crimen y castigo, y como en los últimos meses he conseguido reducir a tres o cuatro la enorme cola de libros en papel que se amontonaban sobre mi escritorio, -unos pocos buenos, la mayoría nefastos-, durante unos días me he centrado exclusivamente en el formato digital. He leído La historia interminable, Tarántula y un relato de Turguéniev, y ahora que ya me he metido en la carpeta de Zola dispuesto a empezar Germinal, vuelvo a la carpeta de autores rusos y abro Crimen y castigo. A pesar de lo difícil que es que un libro me atrape, Dostoievski lo consigue desde el principio sin ninguna dificultad. Es ameno, incluso podría parecer inocente, pero a la vez muy oscuro y sórdido, como corresponde a algunos autores rusos, y profundo y complejo, como corresponde a la novela psicológica; matizo: la novela psicológica bien escrita, no la contemporánea.
Al otro lado de la ventana, si se mira en determinadas direcciones, especialmente a los árboles, se ve una lluvia fina pero incesante, vertical, y en la calle algunas personas caminan con rapidez bajo sus paraguas. Tenía una necesidad acuciante de ver llover. Me agobia el sol los trescientos sesenta y cinco días del año. A mucha gente le entristece la lluvia, de forma que no sale a pasear, y si sale lo hace casi en silencio, de mal humor y sin prestar atención a nada ni nadie, lo que la hace mucho más soportable.
Cenemos fuera, conozco un lugar... Buena comida, mejor bebida. No se concibe el sueño sin cerveza. La luz, sin embargo, es demasiado fuerte.
El último día, el parque está prácticamente vacío. En el estanque duermen los patos y nosotros pasamos al lado pisando las hojas muertas de los arces. No me hago a la idea, imagino que es normal. En algunos lugares el otoño son hojas rojas y días lluviosos, en otros es más bien un estado de ánimo. El tiempo corre, las preguntas se acumulan. Con quién, eso está claro, podemos descartarla. Qué, la eterna pregunta, la constante tortura. Porque habiendo un destino puede haber una hoja de ruta, pero sin esto no hay nada. Dónde. Digamos aquí, pero digámoslo sólo de momento. España no es lugar para vivir. Vámonos, vamos lejos, hacia el Nordeste, me da igual, tú eliges.
Las manos se queman antes de que el tiempo diga la última palabra. No me hago a la idea. Sólo las luces de la pista me devuelven a la realidad. Dostoievski... no, ahora no. Es el momento sagrado del despegue, a pesar de todo. Bien, supongo que así es. Aeropuertos, despedidas, ansiedad, cerveza, literatura rusa y otoños en los que no llueve tras las ventanas. Otra pregunta, Cuándo. No lo sé... ojalá lo supiera.

domingo, 30 de octubre de 2011

El baobab

Aún no había amanecido, pero dos niños salieron corriendo de la cabaña de T'zama y entraron en la gran plaza. Uno de ellos señaló hacia arriba y dijo con satisfacción: -¿Lo ves?, allá, en la rama más alta.

El otro niño lo vio, efectivamente, pero era demasiado pequeño para comprender lo que significaba.

***

El corazón de la aldea era un enorme baobab de ramas retorcidas y secas. Alrededor, dispuestas a una respetuosa distancia, se encontraban las cabañas según la posición social de cada familia. Así, las más cercanas al árbol, delimitando en un círculo perfecto el área de la plaza de reuniones, eran las de los once Sabios que formaban el Consejo: ancianos demacrados y en muchos casos enfermos, a los que el simple hecho de salir de sus cabañas y sentarse alrededor del Gran Fuego les suponía un considerable esfuerzo. Detrás se encontraban las de los once Grandes Cazadores y sus familias, tiendas mucho más amplias en las que dos adultos y dos niños podían vivir cómodamente. En otro círculo se encontraban las tiendas del resto de los cazadores y, finalmente, en un semicírculo bastante más alejado del baobab, las de los recolectores.

Aquella noche se celebraba el nacimiento del hijo de T'ul, uno de los once Grandes Cazadores, de modo que toda la aldea se había reunido en la plaza y, como de costumbre, se habían encendido cuatro fuegos. De ellos, el Gran Fuego era el que se encontraba a once pasos al Este del árbol. Por primera vez, a T'ul le fue concedido sentarse con los Sabios y compartir su cena: un pequeño jabalí que él mismo había cazado aquella mañana.

-¿Cómo está tu mujer? -preguntó Na'man. Era un hombre pequeño, de mirada amable y aspecto enfermo.
-Está agotada. Sus hermanas la están cuidando, intentando que le baje la fiebre.
-¿No han funcionado las hierbas de Na'em? -preguntó Na'mir, el Sabio más joven del Consejo, de mirada grave y severa.
-Me temo que no.

Todos excepto T'ul miraron interrogantes a Na'em, que tenía a su vez los ojos fijos en el Gran Fuego y parecía formularle en silencio la pregunta que todos le formulaban a él. Pero ni siquiera el Gran Fuego parecía tener la respuesta. En aquel momento no parecía tener más utilidad que la de tostar la piel del jabalí. Na'em pensó esto con rabia y arrojó un puñado de tierra al Gran Fuego, que estuvo a punto de apagarse. Los Sabios lo miraron con temor. No sentían miedo de él, sino por él. Nadie había ofendido nunca al Gran Fuego y no sabían lo que podía ocurrir.

Na'em se levantó y se metió en su cabaña. Los otros diez Sabios y T'ul se quedaron allí en silencio, sin atreverse a mirar al Gran Fuego. A los Sabios les invadían los pensamientos más oscuros. Sabían que ocurriría algo terrible, pero aún no sabían qué. Los pensamientos de T'ul, sin embargo, discurrían por un camino muy distinto. Ahora que se había marchado Na'em, se imaginó como un miembro del Consejo, el miembro más joven que hubiese formado nunca parte de él, incluso más que Na'mir. Se imaginó lo orgulloso que estaría de él su hijo cuando creciese y alcanzase la edad de comprender lo que significaba que su padre formase parte del Consejo, que fuese uno de los once Sabios, una de las personas más respetadas de la aldea.

Miró al Gran Fuego. Éste brilló en sus ojos, primero amarillo y rojo y después, poco a poco, con un color cada vez más azulado. Si entró en trance o estaba teniendo una revelación, lo cual era ridículo tratándose de un simple cazador, los Sabios ni siquiera lo llegaron a sospechar. Se limitaron a levantarse haciendo muecas de dolor e, ignorando a T'ul, se dirigió cada uno a su cabaña. En otras circunstancias, habrían apagado el fuego entre todos y habrían castigado a T'ul si no se hubiese levantado antes que ellos, pero había sido una noche extraña y los ancianos se sentían tan pequeños por el miedo que ni siquiera se atrevían a hacerse valer.

T'ul esperó a que los otros tres fuegos se hubiesen apagado y todo el mundo se hubiese retirado. Entonces se levantó, cegado por haber mirado tanto tiempo la luz del Gran Fuego y con el incómodo brillo azul ardiendo en sus retinas, se acercó al lugar donde había estado sentado Na'em, tomó una pequeña ramita de baobab que había cerca de él y dibujó un extraño símbolo en el suelo, un círculo alrededor de las huellas de los pies de Na'em, luego otro círculo más pequeño en el centro y una raya que cruzaba el dibujo de parte a parte. Arrojó la ramita al fuego, cogió un puñado de tierra donde había dibujado el símbolo y lo arrojó también. Se quedó casi a oscuras, bajo la luz de las estrellas y la Luna llena. Solo en la plaza. T'ul el cazador, T'ul, uno de los Once. Se quedó quieto un momento frente a las brasas, saboreando aquel pensamiento y deseando con todas sus fuerzas formar parte del Consejo.

Se dirigió a su cabaña y encontró a su mujer dormida junto a su hijo. Le tocó la frente. Parecía estar algo mejor. Se acostó junto a ella y trató de dormir, pero aquella noche le costó mucho conciliar el sueño.

Poco antes de amanecer oyó las voces de unos niños. Asomó la cabeza y los vio salir corriendo de la cabaña de T'zama. Entraron en la gran plaza y uno de ellos señaló hacia arriba: -¿Lo ves?, allá, en la rama más alta.

Los ojos de T'ul siguieron la dirección del enjuto brazo y se detuvieron en una de las últimas ramas del baobab. Tenía el grosor de un dedo, el mismo grosor que la rama que había usado la noche anterior para hacer aquel dibujo sobre el suelo. Fina y débil. Desde luego, demasiado débil para sostener el peso de un hombre.

Y sin embargo, no pudo negar lo que vio. La rama salía del pecho de Na'em. Su sangre le cubría todo el vientre y las piernas y goteaba hacia las ramas inferiores, que se encontraban a bastante distancia. Na'em movía levemente los brazos y las piernas. No gritaba, pero en la expresión de su cara se leía que luchaba por hacerlo. Sus ojos, abiertos de una forma extraña, imposible, miraban hacia el Este, y su mandíbula desencajada colgaba de su cara como si nunca hubiese formado parte de ella. T'ul lo miró en silencio durante unos segundos. Después, Na'em simplemente dejó de moverse. Su cabeza no cayó hacia delante. Sólo se quedó quieto, como si de repente se hubiese convertido en piedra.

El sol salió en el horizonte. Los niños corrieron a la cabaña de T'zama. En el pueblo iba a ser un día largo: había que designar a un Sabio.

domingo, 16 de octubre de 2011

Hablando de Nacho Vegas

Las dos o tres personas que frecuentan mi blog y que se interesan por lo que cuento, sin duda deben haber notado que suelo citar al gran Nacho Vegas o enlazar algún vídeo suyo. El otro día alguien incluso me dijo que notaba influencias de sus canciones en las cosas que escribo, y yo, sintiéndome muy halagado, contesté que me daría por satisfecho si escribiese la décima parte de bien que él.
Pero pertenecemos a mundos distintos: él es uno de los mejores poetas de España y yo sólo soy un programador desquiciado y pesimista que pasa la vida entre novelas y escribe minirrelatos para evadirse. Está claro, puedes ser muy buen poeta y un pésimo escritor y viceversa. Y sin embargo tenemos algo en común: a ambos nos gusta despertar algún tipo de emoción en la persona que nos escucha. Y sucede que él lo consigue mucho mejor que yo:

sábado, 15 de octubre de 2011

Felicidad

No soy un humano especialmente inteligente. «Bien», pensarán algunos, «no te preocupes, esto es bastante disculpable: el propio hecho de pertenecer a la especie humana lleva implícito padecer un cierto grado de estupidez, o dicho de otro modo, que lo sufran los que están alrededor, porque la estupidez es la única enfermedad que sólo sufren los que no la padecen». Pero no es a esto a lo que me refiero. Lo que quiero decir es que, dentro de la propia especie humana, soy alguien de una inteligencia bastante normal.
Esto significa, por otra parte, que tampoco soy estúpido: no soy un cani, ni un fanático religioso, ni uno de esos abortos de la prensa del corazón y un larguísimo etcétera, así que tengo la posibilidad de llevar una vida más o menos digna, productiva y de un cierto valor, al menos para mí mismo y para algunas de las personas que me rodean. Eso es más de lo que se puede decir de muchos humanos. Sé pronunciar frases de más de dos palabras, no voy en el coche con Pitbull a todo volumen para que me oigan los vecinos, no se me cae la baba y ocurre que puedo escribir mi nombre y apellidos sin faltas de ortografía, si bien esto último lo debo más a la educación que me dieron mis padres que al hecho de no ser un imbécil. Podríamos decir que pertenezco a la zona central de la campana de Gauss. A ese gran grupo formado por la mayoría de la gente.
Y esto comporta un problema: cualquier persona con una inteligencia superior a la de un pato de goma atraviesa más a menudo de lo que desearía una etapa de mal humor y un marcado pesimismo, en la que la poca paciencia desaparece y uno se vuelve mucho más intransigente y menos dispuesto a pasar por alto lo que cualquier otro día se limita a mirar con una actitud de sana repugnancia (todos tenemos en mente algún ejemplo), o en la que sencillamente no desea hablar ni ser hablado.
Por eso, esta noche, mientras apuraba mi cerveza y el ibuprofeno empezaba a combatir uno de esos dolores de cabeza tan frecuentes en mí, recordé una frase que pronunció Nacho Vegas en alguna entrevista, algo así como: «La gente que es muy feliz es la gente que es muy inconsciente. Ojalá fuese así yo».
Entonces le pregunté, no sé si telepáticamente o de qué manera: ¿De verdad crees que es mejor sacrificar la dignidad a cambio de ser más feliz? ...Y desde ese momento no sé si sentirme maldito o afortunado.

domingo, 9 de octubre de 2011

Perro asustado

Su madre está en casa, dicen que hace vida normal. Regar las plantas, comida para dos, llevar el gato al veterinario cada cierto tiempo. Los días que hace sol, sale a caminar unos minutos. Los días que llueve se sienta en la terraza y se queda quieta durante horas mirando pasar los coches.
Por las tardes tiende en el suelo una almohada y se arrodilla sobre ella, nunca falta a sus oraciones. Pide por sus padres y salud para su marido, una vida larga a los que están y bendiciones para los que ya se fueron.
Después retira la almohada, la deja suavemente sobre el sofá y se vuelve a arrodillar muy despacio sobre el suelo. Siente las articulaciones como trastos viejos, y siempre piensa que le duelen más que ayer. Entonces cruza muy fuerte los dedos de una mano con los de la otra, cierra los ojos y reza en voz alta: Y por favor, que mi hijo esté bien.
Sentada en un viejo sillón mira una foto que tiene más de veinte años. Pelo negro rizado, la nariz recta de su padre, una sonrisa encantadora. Y esos ojos que en cierto modo a ella siempre le parecían tristes. Ojos muy húmedos, como de perro.
Cómo voy a decirle a esa mujer que he visto esos ojos esperando debajo de un semáforo, que miraban de un lado a otro, inquietos, y que brillaban, húmedos como los ojos de un perro asustado, como los de un animal herido. Cómo puedo decirle que es sólo esqueleto y piel, que ya no sonríe, que ya no mira a los ojos, que ya no habla con nadie.
El semáforo cambia a verde y nos cruzamos. Él mira al suelo con las manos en los bolsillos, ajeno al mundo, tal vez para no admitir que me ha reconocido, tal vez porque le avergüenza mirar a sus antiguos amigos, tal vez por rencor por no haber sabido ayudarle en su momento, tal vez porque realmente no me ha visto. Y cuando llego al otro lado me doy la vuelta y lo veo perderse en la primera esquina, y me pregunto cómo puedo decirle a su madre que su hijo ya no es su hijo sino una persona distinta, que no lo busque, que no quiera saber de él, que eso es lo mejor para los dos, que estará bien.
Me pregunto qué duele más, la verdad o la duda.
Y me sorprendo siendo un cobarde, me encojo de hombros y sigo mi camino, preguntándome si me lo volveré a encontrar alguna vez.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Ojalá

Una mujer salió del ambulatorio y, apoyada en su bastón, cruzó a toda prisa y sin mirar la Avenida Venezuela mientras el semáforo estaba en rojo para los peatones. Iba diciendo muy seria: «Ojalá, ojalá venga un coche y me lleve. Ojalá».

martes, 4 de octubre de 2011

Reencuentro

Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad.
Sobre todo me pareció extraño. Ese volver después de tantos años, para qué... para comprobar que todo estaba en su sitio o que a mí no me habían salido canas o... realmente me cuesta entenderlo. Volviste además en el peor día, yo estaba enfermo de gripe o no recuerdo de qué, me había acostado en el sofá en mitad de un artículo, apestando a coñac, sudoroso... lo más antierótico del mundo.
Y cuando abro los ojos te veo ahí sentada frente a mí con esa sonrisa condescendiente de señora a la que le van muy bien las cosas, como si quisieras ayudarme, y yo me pregunto, ayudarme a qué. Si yo hasta ese día vivía tan contento con mis cacharros sucios, mi comida para llevar y mi vino agrio, y ya no me preocupaba de los sueños y cosas por el estilo, porque los sueños están muy bien cuando eres un ingenuo, pero cuando te estás muriendo de hambre y tus macarrones dependen de tu trabajo, ahí los sueños no valen nada.
Total que ahí estabas, y a pesar de que habías cambiado te reconocí al momento. Al fin y al cabo siempre he mantenido la teoría de que eras un producto de mi mente, porque te pongas como te pongas, nadie entra en una casa sin abrir la puerta o las ventanas y sin hacer el mínimo ruido. Y cuando me sonreíste vi que te faltaban algunos dientes, que aquella maravillosa dentadura se había estropeado como la fachada de un edificio viejo, y pensé: qué pena, lo bonitos que eran.
Y recuerdo que hubo algo que me hizo muchísima gracia, y es que lo primero que hiciste fue levantarte y andar hacia mi mesa, donde tenía una docena de hojas desperdigadas, y te pusiste a leerlas. Y lo que vi entonces en tu cara era sin duda decepción, una decepción profunda, como si en ese momento hubieses empezado a entender que a lo mejor las cosas ya no eran como antes.
Después de estudiar mis hojas te dirigiste a mí y me recorriste lentamente de arriba abajo con la mirada, haciendo una pausa en cada arruga, en cada cana, en los nuevos cristales de mis gafas, que me hacen parecer mucho mayor, en la barriga, en la ropa ajada y sucia que años antes había sido un traje aunque nadie apostase por ello... y yo te pregunté: Bueno, ¿y qué esperabas?
Pues claro que cada vez escribo peor, mi cerebro funciona mucho más despacio y me juega malas pasadas, y claro que estoy mucho más feo y más acabado y que las cosas no me van bien, y claro que bebo veneno, porque no tengo dinero para otra cosa, y si vivo rodeado de basura es porque ya no tengo fuerzas para levantarme y recogerlo todo. Pero bueno, ¿qué esperabas? Tú también has cambiado, desde luego ya no eres tan guapa ni tan joven. Ni tan misteriosa.
Pues déjame en paz con mi basura y con mi droga barata, con mi máquina de escribir de hace cuarenta años y mis sueños olvidados. Tú también tienes los tuyos, pero no te preguntaré por ellos, no me interesan, y tampoco me interesa ese último recuerdo en el que antes de desaparecer por última vez me miraste mientras decías por lo bajo: Qué sórdido, qué siniestro.