domingo, 31 de julio de 2011

Cartas

Él dijo a ver cuándo me escribes, hombre, que te mando una carta todas las semanas y nunca me contestas.
Le dijo sí, a ver si saco tiempo y te pongo unas líneas.
Y a ver si me llamas, siempre te llamo yo para ver qué es de tu vida y nunca me cuentas nada, tengo que andarte preguntando por Marta y por los chicos, que parece que siempre que te llamo te pillo en mal momento.
Que no, no digas eso, no es eso.
Entonces qué es, nunca venís a verme, hombre, no os cuesta nada hacerme una visita, que no vivo en la Patagonia, estoy a veinte kilómetros, hombre.
Lo sé, ya lo sé, vale, ya iremos a verte cuando tengamos tiempo, Marta y yo estamos muy liados con el trabajo y no podemos, vale, ya iremos a verte.
Vale... Ven a verme un día, hijo, desde que no está tu madre...
Lo sé.
Vale.
Lo sé.

martes, 26 de julio de 2011

Inútil

De qué sirve enfadarte. El cambio depende de ti, aunque no siempre esté a tu alcance. Todo lo demás obedece la primera ley de Newton. Nada cambia, nadie cambia, la basura nunca empieza a oler bien de repente.
De qué sirve sacudirte las pulgas. Las hay a millones. Puedes quemarte o bañarte en ácido, pero nunca se irán. Puedes viajar diez mil kilómetros pero allí donde vayas también habrá pulgas, no te engañes, España es un país repugnante pero no es el único.
De qué sirve desear algo que no puedes conseguir.
De qué sirve envenenarte, sentir desprecio, odiar, soñar sin poder dormir, emborracharte, caerte redondo, vomitar sobre los zapatos nuevos.
De qué sirven los barcos si las velas están rotas y alguien se ha cargado al timonel.

domingo, 24 de julio de 2011

Cosas que me gustarían

Me gustaría...
...que no fuese domingo.
...dejar la mente en blanco.
...vivir lo bastante para leer todo lo que quiero leer.
...pasar las tardes en el cine.
...que se pusiera a llover de repente.
...poder ver sólo lo que quiero ver y oír sólo lo que quiero oír.
...cerrar los ojos y que media humanidad sencillamente desapareciera.
...morir de una sobredosis de M&M.
...ver morir a algunas personas.
...llegar a hablar bien el alemán.
...tener las narices para escribir las historias que tengo en mente.
...aprender a cocinar.
...no echarte de menos ahora mismo.
...no sentir esa sensación rarísima cuando voy solo en el coche.
...echar a volar y dejar atrás los problemas y las tonterías humanas.
...estar contigo en este momento.
Sencillamente.

miércoles, 13 de julio de 2011

Entrevista con A.

Salió en todas las noticias: su cara, su nombre, una grabación de cinco segundos en la que lo sacaban del furgón de la Guardia Civil a cara descubierta y que no dejaban de repetir a todas horas... No paraban de decir éste es el presunto asesino de tal, como diciendo quédense todos con su cara por si lo ven por ahí. Era un tipo joven, tendría treinta y pocos, alto, delgado, pelo corto. Y por supuesto, después de repetir cincuenta veces la toma del furgón, salían algunas vecinas diciendo era un chico muy normal, iba a trabajar todas las mañanas, me decía hola cada vez que me veía... Muy normal, o sea que no tenía cuatro brazos ni la piel de color verde ni nada.

Y en el bar decían ahí es donde tiene que estar, ahí se pudra, tú te crees que se le puede hacer eso a un ser humano. Y yo saboreaba mi café y pensaba está bien, así deben ser las cosas.

Pero días más tarde volvieron a hablar de él -llamémosle A.-, y se supo que la víctima había sido un antiguo compañero suyo del instituto. Al parecer éste no le había hecho la vida nada fácil a A., lo había torturado y humillado durante años junto a otros compañeros y esto le había causado, según los informes, graves daños y trastornos psicológicos. Por ejemplo, nunca había tenido pareja porque le suponía un enorme esfuerzo tratar con otras personas. También había sufrido episodios de agorafobia, crisis de ansiedad y trastornos del sueño. No podía optar a un trabajo para el que tuviera que salir de casa ni podía salir a hacer la compra, se la tenía que llevar algún familiar. Las continuas agresiones lo habían marcado tanto que no podía hacer una vida normal. Esto hacía que las cosas ya no fuesen tan sencillas.

Durante semanas estuve reflexionando en casa hasta que al fin tomé una decisión: consistía en tomar un tren e ir a visitar a A. Quería escuchar su historia, la de verdad, no la de la televisión.

Me recibió una mañana. Haciéndome pasar por estudiante de periodismo conseguí que nos dejaran celebrar la entrevista en un pequeño despacho vigilado. Insistí en que la vigilancia no era necesaria, pero aun así ordenaron a un funcionario estar presente con nosotros, lo cual me incomodó un poco porque pensaba que tal vez A. no sería del todo sincero o que evitaría mencionar determinados puntos, pero no fue así. En realidad se mostró muy agradecido conmigo por querer escucharle, y yo con él por aceptar contarme su historia. Nos sentamos en sendas sillas de cuero rojo, uno frente al otro, y yo saqué mi grabadora. Esto fue literalmente lo que dijo:

-Mira, no va conmigo lo de ir de víctima, yo sé lo que hice y sé que esto es lo que hay, que ahora tengo que pagar por ello. No es justo pero así son las normas. Un día dejas atrás el colegio, el instituto, todos esos años perdidos, toda esa porquería de exámenes y de que te metan seis, siete horas en una sala con treinta desconocidos que te dan asco; lo dejas atrás y piensas que eres un poco más libre, encuentras un trabajo que no es el trabajo de tu vida pero que te da para ir tirando. Ahí he tenido suerte porque a mí no me pidieron titulación ni historias de ésas, yo les demostré que sabía hacer ese trabajo y me contrataron, y encima me dijeron que podía trabajar desde casa. Pues qué iba a hacer, me da para pagar el alquiler y la comida, no me puedo quejar. Ahora eso lo perdí, claro.
»Cuando vine a vivir aquí pensé que ya había roto con mi infancia y que no tendría que aguantar más toda esa basura, pero dos años después de instalarme, cuando las cosas me iban bien, salí una tarde a la calle y vi de lejos a uno de los hijos de puta que me habían hecho la vida imposible en el colegio. Iba de la mano con su mujer y su hijo y yo los seguí con la mirada hasta que él sacó las llaves y entró en un portal, y yo me quedé con el número y la calle. Quedaba bastante cerca de mi piso.
»De todas formas intenté no darle demasiada importancia, yo no solía salir y cuando lo hacía era de madrugada, así que era improbable que nos encontrásemos.
»Pero los días siguientes me quedé en casa pensando y recordando y la idea de que estuviera cerca era como volver al colegio y volver a pasar por lo mismo otra vez. E intenté por todos los medios no recordar y distraerme con otras cosas, pero es que era imposible... me resultaba imposible. Y claro, un día tras otro, los recuerdos van saliendo a la luz y van haciendo presión, y ya hubo un momento en que no conseguía estar tranquilo ni siquiera en casa.
»Una tarde salí a dar un paseo para relajarme, aunque por lo general los paseos no me relajan en absoluto, y tuve la mala suerte de cruzármelo de frente. Él se paró en seco y se me quedó mirando pero yo pasé de largo. Sin embargo unos pasos más adelante me dio una palmada en la espalda y me llamó con el apodo con que me torturaban en el instituto, y al reírse, su cara quedaba tan cerca de la mía que su aliento me golpeaba en la mejilla, y entonces lo vi con la misma cara que tenía cuando yo lo conocí, como si no hubiera cambiado nada.
»¿Sabes esa expresión, perder los estribos? Es decir, cuando algo en lo más profundo de tu mente, como si fuera otra persona, te dice tranquilo, yo me encargo, relájate y disfruta del espectáculo. ¿Te ha pasado? Es como si te vendaran los ojos, o como si te sedaran y te despertaran cuando la función hubiera terminado, cuando ya no tuviera vuelta atrás. Recuerdo que cuando me pasaba en el instituto, al momento de despertar siempre me preguntaba: ¿qué ha pasado aquí? ¿Qué he hecho ahora? Y a veces había un chico en el suelo con la nariz rota y otras veces era yo el que estaba en el suelo. Pues el problema es que con el paso de los años esto empieza a no ser tan divertido, y cuando pierdes los estribos y tienes sobre los hombros el peso de todos esos años de instituto, esa otra persona del fondo de tu mente ya no se conforma con romper una nariz o un brazo.
»También es que la forma de pensar de una persona cambia a lo largo de la vida, es lógico. No puedes pretender que tu experiencia vital pase por tu lado sin afectarte de alguna forma. Y al principio lo que quieres es simplemente pegar a las personas que se meten contigo, porque no sé cómo serán otros casos pero a mí en el colegio no me hacían ni caso cuando denunciaba estas cosas. Siempre me decían es que eres una manzana podrida, es que no estudias ni dejas estudiar a los demás, te metes con todo el mundo, etcétera etcétera, pero a mí nadie me ayudaba. Es que era mucho más bonito mirar hacia otro lado y echarle la culpa al que no se va a defender, lo que no interesaba era abrir los ojos y que se viera que ahí había un problema.
»Bueno, pues el caso es que con el paso de los años vas viendo que es que aquí nadie te va a ayudar y que si quieres solucionar un problema tienes que hacerlo tú mismo, y el que piense que estamos en un país justo está muy equivocado. No es un país justo en absoluto, y te explico por qué.
»En las noticias sólo hablan de que soy un asesino, de que el pobre hombre ya tenía su familia y había hecho su vida, que era un hombre muy bueno y que esto y lo otro. Es que eso es lo que vende, lo que desde luego a nadie le interesa es que si lo maté fue porque me había jodido la vida, y a eso es a lo que no hay derecho.
»Y la gente dice de eso ya ha pasado mucho tiempo, eso eran tonterías de niños, etcétera, pero esa gente no entiende la mitad de la película, es que si no has pasado por eso no sabes lo que es. Nadie sabe realmente lo que es sufrir una persecución durante años sin que nadie te ayude y que encima te echen a ti la culpa, te sientes impotente, te quieres morir. Claro, luego te deprimes y lo que dicen es que eres un vago y que no quieres estudiar. ¿Y qué haces? Es que lo que vende es que tú te has cargado a un tío y que eres un asesino y ya está, porque así la gente puede salir a la calle y escupirte e insultarte cuando sales del furgón policial, pero lo que a nadie se le ocurre pensar es que detrás del crimen había unos motivos, ¿comprendes?
»¿Pero qué esperaban? ¿Por qué iba yo a olvidar, porque ha pasado mucho tiempo, como dicen por ahí? ¿Y qué con eso, es que el mal no está hecho igualmente? Yo creo que el odio es el sentimiento más noble del mundo. Es un veneno muy fuerte, es cierto, pero nunca te abandona, te acompaña durante toda tu vida y es lo que luego te da la fuerza para hacer justicia, que es lo que he hecho yo, ni más ni menos.
»Además, que no me vengan con historias, alguien que sólo vive para hacer daño a los demás y que sólo sabe ser una carga para la sociedad no tiene lugar aquí. Yo soy un hombre pacífico, me considero un hombre tremendamente pacífico. Claro, no salgo de casa, ¿qué quieres?, no me meto con nadie, no hago daño a nadie. Pero si hay un problema tienes que solucionarlo. Cuando una cucaracha entra en tu casa, ¿qué haces, le das de comer o simplemente le das un pisotón? Nadie quiere vivir en una casa con cucarachas, no nos importa matarlas porque consideramos que su vida no vale tanto como la nuestra. Es curioso, ¿no? Y entonces ¿cómo pueden intentar hacerme creer que la vida de esta persona a la que ahora los medios de comunicación han convertido casi en un héroe valía lo mismo que la mía, si él no era más que un estorbo, un parásito repugnante, y yo me limito a vivir mi vida lejos de todo el mundo y sin hacer ningún daño a nadie? ¿Cómo pueden tener el mismo valor su vida y la mía? Para mí él no era más que una cucaracha que se había colado por la rendija de la puerta, y yo hice lo que habría hecho cualquiera en mi lugar si hubiera tenido una zapatilla en la mano.
»Pero esto es lo que hay, ahora toca aguantar los años que dure la pena viendo por la tele que soy un asesino sin escrúpulos y que el otro era un pobre hombre que no tenía culpa de nada. Las cosas son así, no puedes hacer nada...

Sin darme cuenta me había quedado hipnotizado. Como decía él, era como si me hubieran tapado los ojos o me hubieran sedado y después me hubieran despertado al final de la entrevista. Vi que se le estaban humedeciendo los ojos, así que pensé que era el momento de dejarle en paz. Pulsé el botón de stop de la grabadora y me levanté muy despacio, sudando por el calor que hacía en el despacho. Quise darle un abrazo pero no me pareció apropiado y simplemente le estreché la mano, le agradecí su tiempo y salí por la puerta con la misma sensación que si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.

jueves, 7 de julio de 2011

Un loco tocado de la maldición del cielo

Un loco tocado de la maldición del cielo
canta humillado en una esquina;
sus canciones hablan de ángeles y cosas
que cuestan la vida al ojo humano;
la vida se pudre a sus pies como una rosa
y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
una princesa.

Leopoldo María Panero, "Poemas del manicomio de Mondragón"

lunes, 4 de julio de 2011

Crimen y castigo

He encontrado en YouTube una de las muchas películas basadas en la novela Crimen y castigo. Si bien es cierto que de Dostoievski sólo conozco Memorias del subsuelo y algunos de sus cuentos, la pequeña parte de su obra que ha llegado a mis manos ha servido para despertar en mí un profundo interés, y entre aquellas de sus novelas que tengo marcadas como pendientes de leer antes de morir se encuentra ésta.

Personalmente me resulta difícil comprender el inglés hablado, pero, por el fragmento que he visto, se pueden entender los diálogos por el contexto sin mucha dificiltad y, desde luego, aquellos que tengan más soltura con el idioma pueden encontrarla muy interesante.




lunes, 27 de junio de 2011

Despertares

Le pasó como en aquella película, Despertares. Hasta entonces había estado caminando cabizbajo y sin pronunciar ni una palabra, arrastrando los pies y con la mirada perdida, como si no tuviera sangre en las venas. Y de repente se empezó a oír esa canción por todas partes, esa canción que nadie sabía de dónde venía pero que todo el mundo se detuvo a oír, mirando hacia arriba como si viniera del cielo, y las parejas cogidas del brazo se paraban al mismo tiempo y se quedaban escuchando. Y era muy curioso, porque, mientras el resto de la gente se detenía, él empezaba a sentir la sangre corriendo de verdad por sus venas, sus pupilas se dilataron y su corazón comenzó a latir mucho más rápido; levantó la mirada del suelo y cuando lo miré estaba sonriendo, y echó hacia atrás los hombros y se puso a caminar al ritmo de la música, y lo más extraño tratándose de él es que empezó a hablar y hablar y hablar y a entablar conversación con cualquiera con quien se cruzaba aunque no lo hubiera visto en su vida ni lo conociera de nada, y les decía qué día tan bueno hace, no le parece, e incluso les preguntaba por la familia o les decía qué perro tan bonito, cómo se llama, y se ponía a acariciar a Fluffy o a Pongo o a Linda y a jugar con él o con ella, y pronto se vio presa de una verborrea incontrolable y empezó a sentirse mal y a dolerle el corazón porque le latía demasiado rápido y se sentía demasiado alegre, y entonces le dio por pensar que prefería esos momentos suyos de tranquilidad en los que no era tan extrovertido y en los que no se sentía culpable o temeroso como ahora por estar alegre, porque pensaba que los momentos como aquél tenían un precio y que probablemente llegado el momento no podría o no estaría dispuesto a pagarlo...

martes, 21 de junio de 2011

Alfa Canis Maioris

Hablamos de las dos de la madrugada del primero de junio del año 1440. El capitán permanece de pie sobre el castillo de proa, oteando el horizonte del Oeste con su ojo derecho. Nada se ve, tan sólo el reflejo de la luna sobre el mar embravecido, difuminado por la niebla que ya los acompaña desde el decimonoveno día de su partida de no importa qué puerto europeo. La nave avanza a vela llena sobre olas de varios metros que tratan de devorarla, y en uno de los salvajes abordajes cae un hombre al agua sin que nadie pueda ayudarle. Las órdenes son mantener las velas largas pase lo que pase.

El capitán es el único que lleva el cuerpo en jarras. Cincuenta y tres años en el mar le han enseñado a bailar con él y a anticiparse a cualquiera de sus movimientos. Y le está agradecido, ha tenido que pagar un bajo precio: mientras gran parte de su tripulación carece de hasta dos extremidades completas y un ojo o una oreja, señal de las peligrosas rutas que recorren, él sólo ha perdido su ojo izquierdo. -¡Avante, a toda vela! -grita-, ¡aunque ese viejo borracho de Scott no se vea los pies con su catalejo de latón, yo os digo que hay tierra a la vista!

Lleva quince minutos gritando eso mismo, y su voz se alza sobre el rugido del mar al caer sobre la cubierta. Hasta ese momento, sólo dos marineros montaban guardia, pero cuando salió de su camarote como una flecha y dispuso apagar los faroles y ordenó al piloto desviarse quince grados a estribor, tanto los marineros que dormían en las hamacas de proa como los oficiales que se alojaban en los camarotes de popa salieron a cubierta como si se hubiera dispuesto zafarrancho de combate y se quedaron esperando órdenes. Esto confirmó la creencia común de que el capitán dormía apenas dos o tres horas al día y que el resto de la noche se la pasaba en su camarote revisando mapas, haciendo anotaciones en su cuaderno o mirando por las ventanas.

-¡Avante, avante! -grita, porque jura que ve claramente un faro muy luminoso no lejos de allí, una intensa luz que a su entender señala la costa de alguna isla que inexplicablemente no figura en los mapas ingleses pero que sin duda ya han descubierto los españoles o tal vez los portugueses. El viento golpea con furia las velas y el bauprés parece la lanza de un valiente caballero medieval que cabalga hacia su enemigo con decisión y sin titubear.

Y en un momento todo desaparece: la nave acelera rápidamente y comienza a dar vueltas alrededor del palo mayor, casi toda la tripulación cae al agua, las velas se rompen y el trinquete se quiebra cayendo a babor y rozando la cabeza del capitán, que se agarra a él con todas sus fuerzas, mientras el agua se traga poco a poco la embarcación, que comienza a desintegrarse. Entonces una ola gigantesca arranca el trinquete y arroja con él al capitán, y mientras Sirio parpadea en el cielo tan fuerte como el faro de una isla desconocida y lejana, barco y tripulación caen hacia ninguna parte por el borde occidental del mundo.

viernes, 17 de junio de 2011

La quién

Algunas noches aparecía de repente en mi sala de estar, descalza y vestida con una camisa de cuadros y con el pelo alborotado, con cara de no haber dormido bien o el tiempo suficiente. Arrastraba entonces los pies hasta el sillón que hay junto a la ventana y se dejaba caer sobre él como una piedra sobre un estanque, rompiendo el silencio y la tranquilidad en que mi apartamento solía estar los sábados por la mañana. Después, tras unos minutos, me pedía en voz baja un vaso de whisky de ése que siempre tenía sobre el aparador, sin importarle que en ese momento estuviese leyendo o trabajando y necesitase concentración. Parecía no preocuparse nunca por resultar una molestia o por no ser bien recibida en ese momento, o tal vez es que no se daba cuenta de ello. Por otra parte, tengo que admitir que quizá parte de la culpa fuera mía, porque nunca le dije claramente que necesitaba estar solo; al contrario, había en su voz una extraña fuerza que siempre me impulsaba a complacerla en todo cuanto me pidiera. De modo que, si me encontraba redactando un informe o haciendo cuentas, dejaba la máquina de escribir o el lápiz y me levantaba de inmediato para llenarle un vaso y alcanzárselo. Ella, para agradecérmelo, me miraba y me dedicaba una breve sonrisa. Entonces yo volvía a mi escritorio y continuaba con mi informe o reanudaba las cuentas donde las había dejado.

A cada sorbo parecía soltársele la lengua y encontrarse más animada y más despierta. Y cada vez que me encontraba en el punto más delicado de mi tarea, ella comenzaba un monólogo sobre los temas más dispares; a veces hablaba de la pobreza en África y otras veces sobre cantantes pop de los ochenta, o bien sobre literatura o poesía, gastronomía, botánica o cine. En una ocasión me contó que de pequeña estuvo tres años enteros encerrada en su habitación, sin comer ni beber, porque había discutido con su padre. Yo, claro, no la creí, ni creí nunca nada de cuanto me dijo, así que supongo que por eso conservé la cordura durante los cuatro años que duraron sus visitas. Lo peor de todo es que, mientras hablaba, movía la mano con tanta vehemencia que siempre derramaba la mitad del whisky sobre la alfombra, y, como no se podía lavar ni limpiar de ninguna forma, los restos de aquellos monólogos siguen decorando ahora la parte más bonita de mi sala de estar.

Nunca sabías cuándo iba a aparecer. No llamaba al timbre, ni siquiera era necesario abrirle la puerta. Algunas veces ibas a la cocina a por un vaso de leche y de repente la veías allí, en mitad de la sala de estar, de pie y a oscuras, totalmente inmóvil y en silencio. Entonces encendías una luz y ella te sonreía tímidamente, y luego se tiraba en el sillón junto a la ventana y su pelo de color de trigo caía por el lado izquierdo de éste hasta llegar al suelo, y tú te preguntabas cómo demonios ibas a decirle que se fuera o que no era buen momento porque querías adelantar trabajo. Ella no comprendía ese lenguaje ni hizo por comprender en ningún momento.

Un día, mientras trabajaba en un artículo que tenía que salir publicado en el periódico de la mañana, ella se acercó a mi escritorio, me quitó las gafas y me besó en el cuello. Entonces se las quité de las manos y le dije vete, tengo que terminar esto para dentro de unas horas. Vete de aquí, no me molestes, tengo mucho trabajo y no tengo tiempo para escuchar tus historias. Si no termino este artículo a tiempo, probablemente seré despedido, y este apartamento no se paga solo. Y entonces miré alrededor y ella se había ido, y yo recorrí toda la casa buscándola. Miré en la habitación, en el baño, en la terraza, en la cocina, debajo de las mesas... pero se había largado y entendí que se trataba de algo definitivo. Y traté de buscar un cabello suyo que se hubiera caído al suelo para probar que realmente había estado allí, pero no encontré ninguno, y examiné las manchas de la alfombra pero no pude demostrarme que no las hubiese hecho yo mismo alguna noche, y traté de encontrar su olor en el aire pero no recordaba cómo olía. Y entonces me pregunté qué clase de mujer se presenta en tu casa sin llamar a la puerta y desaparece sin hacer ningún ruido ni dejar huella de ninguna clase, y advertí en ese momento que ni siquiera sabía su nombre y que jamás había tratado de saberlo.

jueves, 16 de junio de 2011

El descubrimiento

Nos dirigimos a popa con las linternas casi apagadas y en medio de una espesa niebla, de manera que los marineros de guardia no habrían podido vernos a menos que hubiesen pasado por nuestro lado, y, puesto que habíamos planeado meticulosamente nuestra investigación, no ocurrió en la cubierta principal nada que nos pusiera en peligro en ningún momento.

Herr Blutmond caminaba a mi lado, ambos cuidándonos de que los faroles de dotación no nos delataran y advirtiéndonos mutuamente cuando debíamos agacharnos o escondernos. En un momento en que nos encontrábamos de cuclillas y quise observar mejor unas extrañas marcas regulares en la cubierta, grabadas muy probablemente a cuchillo, acerqué la linterna a su rostro y la luz anaranjada me mostró por un instante la enorme cicatriz que le dividía la cara desde la sien izquierda hasta el labio superior, y, lo que de día me parecía una cara amable, esa noche, visto desde aquella luz, se me antojó el rostro de un animal salvaje y siniestro.

Llegamos por fin a las escaleras que dan al alcázar y avanzamos hasta el palo de mesana, tras el cual se encontraban los camarotes del capitán y los oficiales, que permanecían tumbados en el suelo en la misma posición en la que habían sido encontrados la noche anterior porque ninguno de los marineros se había atrevido a tocarlos por temor a que aquellas muertes obedecieran a alguna clase de enfermedad contagiosa, como así resultó ser, según averiguamos más adelante.

Abrimos la escotilla y bajó él en primer lugar. Yo le seguí inmediatamente y, mientras bajábamos los escalones y en el momento de cerrar de nuevo la escotilla, sentí con tanta claridad su miedo como los latidos de mi propio corazón. Entonces, muy lentamente, fue aumentando la intensidad de su linterna hasta que la luz se empezó a reflejar en las cuatro paredes. Fue en ese momento cuando los temores que nos habían llevado a organizar nuestra pequeña expedición se vieron confirmados de la manera más terrible...