Ese día, sin embargo, ocupó la silla que estaba al lado de Charlie. Primero nos miró de reojo desde la barra, con gesto serio y cansado, y después, muy despacio, cogió su porción de tarta de arándanos a medio comer, se levantó de la butaca y se acercó a la mesa sin decir una palabra. Se sentó luego de repente y se dedicó de inmediato a su tarta como si no hubiese nadie alrededor. Pero lo cierto es que sí había, y, por alguna razón que en este momento no alcanzo a entender, los tres lo mirábamos en absoluto silencio, como esperando que dijese o hiciese algo, o como fascinados por alguna peculiaridad suya que ahora mismo no recuerdo.
-¿Está buena la tarta, amigo? -le pregunté. No porque me importase su tarta, claro, sino porque quería ser cortés con él y evitarle aquel silencio tan incómodo. Pronto entendí, de todas formas, que para él lo incómodo era la ausencia de silencio, y que no le hacía ningún favor obligándole a apartar su atención de lo único que le importaba en aquel momento. Se limitó a mirarme sin levantar la cabeza y, después de unos segundos con su mirada clavada en mi frente, volvió a hundir su cucharilla en la tarta y se la llevó a la boca una vez más. Lo interpreté como un sí.