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lunes, 18 de abril de 2011

Dolor

El hospital era una hilera interminable de pasillos de azulejos blancos y tubos fluorescentes, algunos de los cuales parpadeaban dando al lugar un aspecto triste y desolado.

No corrió; no tenía motivos para hacerlo. No había prisa por llegar a ninguna parte, no existía ya nada urgente. Supo en qué habitación se encontraba el hombre y se encaminó con calma hacia el ascensor, pulsó el botón de la cuarta planta y, cuando se abrieron las puertas, tomó el camino de la izquierda y después torció a la derecha, y allí estaba la 406 con la puerta cerrada. Apoyada contra la pared se encontraba la viuda y, hablando con ella, el doctor que lo había tratado, un hombre de mediana edad, pelo blanco y que nunca sonreía. El color blanco lo impregna todo, pensó él, y la idea no le agradó.

Se acercó muy lentamente y sólo cuando estaba a un metro de la mujer levantó ésta la cabeza para mirarle. Tenía los ojos muy rojos, como es natural, y el médico interrumpió su discurso mientras él le daba el abrazo de rigor. Tenía una cierta simpatía por aquella mujer y en cierto modo sentía lástima de lo ocurrido, pero sólo en cierto modo; sólo en lo que a ella respectaba.

El médico y él se saludaron escuetamente y, volviéndose hacia la mujer, el doctor concluyó poniéndole suavemente una mano en el hombro:

-Por lo menos tiene el consuelo de que no sufrió. -Luego se despidió con un gesto y se alejó por el pasillo hacia el ascensor de personal.

"No sufrió", repitió él en su mente. ¿Qué sabía aquel médico? ¿Estaba él en la mente del viejo cuando su corazón dejó de latir? ¿Acaso el cerebro dejaba de captar señales de dolor justo en el preciso instante en que el corazón se paraba? Por supuesto, la frase era siempre, en cierta medida, un consuelo para las familias. No sufrió, no hubo dolor, ni siquiera supo que algo no iba bien. No supo que su corazón se había parado ni comprendió que su pecho estaba rígido y por eso no podía tomar ni expulsar aire. No sintió nada cuando le subieron a la ambulancia y trataron de reanimarle con una descarga eléctrica. ¿Quién podía saber realmente lo que se siente?

Y sin embargo, ¿qué importaba aquello? Sus pensamientos no iban a ayudar a la mujer. Y por otra parte, ¿qué obligación tenía él de consolar o de ayudar a nadie? Bastante había hecho con ir allí. No, al diablo con aquello, ¿por qué tenía que fingir? Odiaba al viejo. Durante años había tenido que sufrir sus humillaciones y pagar sus errores. Era estúpido, y la gente estúpida es el cáncer de la humanidad, un obstáculo para el progreso, una molestia, un estorbo, las células del órgano vestigial de la evolución del mundo... de modo que su muerte sólo podía significar algo positivo.

Mientras pensaba esto, la puerta se abrió y dos celadores salieron con la camilla y el cuerpo cubierto con la sábana con el logotipo del hospital. No le costó reprimir las lágrimas; sencillamente no las había. Al contrario, se sintió como liberado de un gran peso. Antes de verlo, cuando recibió la llamada para informarle del accidente, no se lo había llegado a creer por completo. Fue sólo entonces, cuando distinguió su silueta bajo la tela blanca traslúcida, cuando la noticia se convirtió para él en una realidad. Y si sonrió fue porque sabía que, de alguna manera, el hecho de haber deseado durante tanto tiempo y con tanta fuerza aquella muerte había tenido un peso casi definitivo en el transcurso de los acontecimientos.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

El silencio del café

Él era muy reservado. Ni siquiera dijo nunca su nombre, así que todos lo llamábamos amigo. A veces, simplemente captábamos su atención y después le hacíamos un gesto con la mano para invitarlo a sentarse con nosotros. Aquel día me di cuenta de que hacía algún tiempo que declinaba nuestras invitaciones, y secretamente me pregunté por qué. Una cosa es ser reservado y otra muy diferente es ser maleducado. Claro que, por otra parte, él tenía todo el derecho a decidir dónde y con quién se sentaba, ¿no es así?

Ese día, sin embargo, ocupó la silla que estaba al lado de Charlie. Primero nos miró de reojo desde la barra, con gesto serio y cansado, y después, muy despacio, cogió su porción de tarta de arándanos a medio comer, se levantó de la butaca y se acercó a la mesa sin decir una palabra. Se sentó luego de repente y se dedicó de inmediato a su tarta como si no hubiese nadie alrededor. Pero lo cierto es que sí había, y, por alguna razón que en este momento no alcanzo a entender, los tres lo mirábamos en absoluto silencio, como esperando que dijese o hiciese algo, o como fascinados por alguna peculiaridad suya que ahora mismo no recuerdo.

-¿Está buena la tarta, amigo? -le pregunté. No porque me importase su tarta, claro, sino porque quería ser cortés con él y evitarle aquel silencio tan incómodo. Pronto entendí, de todas formas, que para él lo incómodo era la ausencia de silencio, y que no le hacía ningún favor obligándole a apartar su atención de lo único que le importaba en aquel momento. Se limitó a mirarme sin levantar la cabeza y, después de unos segundos con su mirada clavada en mi frente, volvió a hundir su cucharilla en la tarta y se la llevó a la boca una vez más. Lo interpreté como un sí.