Por Javier Solera.
Enlace: Capítulo VII
La ciudad estaba en calma – otra vez –. La lluvia persistía. Y Urso hizo lo único que en ese momento se le ocurría hacer: volver al hotel Heiter, a la habitación que aún tenía contratada. El último día había sido como una lata de refresco; una lata engañosa que dejaba salir la espuma disparada sin previo aviso y lo empapaba todo, manchándolo. Todo un estropicio: como sus últimas horas.
Había elegido simplemente el viejo hotel para convertirlo en un pozo oscuro y allí hundirse y oscurecerse poco a poco; y los últimos eventos habían sido un fogonazo que había iluminado esas tinieblas. Despertándole: molestándole. En el dormitorio idéntico: misma moqueta polvorienta; permanentes paredes cereza.
Era lo único que se le ocurría hacer, en principio. Pero más ideas vagas empezaron a chocarle en la cabeza, según subía las escaleras sin hacer caso del recepcionista que le saludaba. Ideas que poco a poco agujereaban la carne para llegar a su cerebro, en el momento en que abría la puerta de la habitación. El Loch Lomond seguía ahí.
Y sí: entonces empezó a recorrer sus lagunas. No sabía si era producto de la enfermedad, sus adicciones triviales o las pesadillas pasadas. Pero estaban ahí: siniestras, brumosas, escocesas. Los lagos profundos que le velaban la memoria. Aguas negras en que no había nada: y de repente algo surgía. Monstruos.
Poco a poco fueron asomando tentáculos, cuernos, colmillos y ojos ardientes. Sangre, un hombre brutal golpeándole, golpeando a alguien delante de él. Como un disparo. El recuerdo; y de repente se miraba el torso, levantando la camisa: cicatrices. Poco a poco todo más claro en su memoria. Siempre había estado ahí pero ahora, ¿quién sabe? Quizá porque todo iba tan deprisa hacia ninguna parte se dibujaba más claro que nunca. El conocimiento de lo vivido – de lo sufrido –; su pensamiento era ahora un coche que se despeñaba ladera abajo, perdida la carretera, y en esos instantes absurdamente le daba por recordar. Violencia, odio, desprecio.
Urso encendió un cigarrillo. Y fue en aquel momento que se empezó a definir aún más la imagen que le había golpeado anteriormente: él mismo arrastrando un cuerpo inconsciente fuera de un maletero. Huyendo. Y casi ni se daba cuenta de que, mientras memoraba, las pastillas caían de sus dedos y se hundían en el whisky. Pero los letreros aparecían en sus ojos: amnesia, alucinaciones, arritmias. Quizá esto último fuera la solución, después de todo.
¿Por qué esperar a que se desplomase el barco? ¿Por qué aguardar a la asfixia del humo lento y angustioso pudiendo lanzarse a la gloria del incendio en un segundo? Y desaparecer, como un viejo edificio: sólo madera y yeso, piedra y metales mal fundidos. Nada más. Entonces se acercaba por fin el vaso a los labios, la copa cargada de hielos y cápsulas conteniendo la nada: la nada que él sería. Y de repente, el teléfono.
Contestar fue casi un acto de superstición: la casualidad de la última llamada en el momento inoportuno. Demasiado perfecto para resistirse a la duda; incluso ante el abismo desconocido los hombres no pueden renegar de su curiosidad impertinente.
- ¿Señor Medina? – se escuchó la familiar voz gris –. Le llamo de recepción. Tiene usted una visita.
- ¿Una visita? – replicó Urso –. No estoy.
- De acuerdo, señor. – aceptó el otro – Pero permítame decirle que es muy urgente, la señorita parece muy nerviosa. A lo mejor es grave…
- ¿Es una mujer?
- Sí, señor Medina. Pero no dijo nombre.
Urso se apartó del auricular y dio dos largas chupadas al cigarrillo. Mientras exhalaba el humo contestó:
- Que suba.
Abrió la puerta de la habitación y se sentó frente a ella, sin soltar su copa ni su pitillo. Fue larga la espera; casi podía escuchar el crujido del ascensor, los engranajes temblando y las sufrientes cadenas que penaban para alzar edificio arriba la caja pesada y vieja. Los pasos presurosos hasta alcanzar el umbral; y entonces, en efecto, la mujer:
- ¿Urso Medina?
Era extremadamente parecida a su hermana, Aurora Fuenllana, a la que recordaba por sus complicados negocios con el señor, criminal Basella. Parecía más pequeña en edad por su porte y figura; pero tenía el aspecto más avejentado. Los pelos y el cabello claros carentes de cualquier brillo, la cara hundida por ojeras profundas. La piel tan morena pero mucho más cetrina, enfermiza. En su rostro creía ver el paso de miles de años de desasosiego e intranquilidad; tal vez drogas o tal vez miedos de otro tipo. Entonces contestó:
- Es usted Natalia Fuenllana.
- ¿Me recuerda usted? – preguntó ella, con prisa.
- No. Pero hace poco he visto a alguien que le busca y se le parece a usted…
- Muy bien, ya lo sé. – interrumpió ella – Eso ahora no me interesa. Tengo que hablar contigo y no hay mucho tiempo.
La mujer cerró la puerta tras de sí y se sentó cerca de Medina, pero guardando cierta distancia. Él no pasó por alto el improvisado tuteo; empezó a escucharla pero sus palabras no terminaban de llegarle correctamente. Le rebotaban en la cabeza adormecida, preso como estaba de aquel insano duermevela.
- Empezaré diciendo que te estoy agradecida, Urso. No sé por qué pero me salvaste la vida: de no ser por ti estaría muerta. Sin embargo tú formabas parte de todo aquello. Y precisamente porque eres el único de quien puedo recordar algo bueno, también eres el único que puede ayudarme: necesito tu ayuda.
Con una estúpida curiosidad, casi risueño por el efecto del alcohol y de sus propios dolores – el pecho le ardía – Urso preguntó:
- ¿Por qué no has aparecido en todos estos años?
- Es obvio – respondió ella – que Gerard Basella es un tipo con mucho poder que ya había intentado matarme. Simplemente tuve miedo. Abandoné España: Portugal primero. Podría contártelo todo pero sería muy largo. Sólo debo decir que cuando me sentí con valor para volver ya no tenía motivos para hacerlo…
- Vaya… - susurró él – alguna historia interesante por allí fuera, ¿verdad? Te vino bien después de todo. Parece de película…
- Déjate de estupideces – cortó ella, molesta –. Esto es lo que vamos a hacer, te lo explicaré. Durante todos estos años he estado reuniendo información sobre Basella y todos sus negocios turbios. Empresarios, banqueros, jueces y políticos: nadie se libra. Mierda demasiado sucia para que podamos tocarla sin peligro. Pero sí podemos hacer que se la coma él toda. Los demás no me preocupan. Porque es algo personal…
- ¿No vas a agradecerme lo que hice? – la interrumpió él, cada vez más borracho, mientras se servía otro Loch Lomond.
- Tengo una fijación personal contra Basella, como es obvio – continuó ella, fingiendo no haber escuchado a Urso –. Todo lo que tengo sobre él irá a la prensa. Lo prepararemos para que se coma toda la responsabilidad de sus actos. Él solo.
- Bien – contestó Medina – y yo, ¿qué tengo que ver ahí?
- Como comprenderás, es un asunto muy peligroso…
Urso se frotó los ojos con fuerza y, tras encender otro cigarrillo, intentó sobreponerse a sus mareos y al hervor de su pecho para razonar.
- Me parece muy bien que hayas superado tus miedos y hayas vuelto – dijo –. Pero por muy valiente que te sientas, es cierto que Gerard es un hombre poderoso y con muchos amigos más poderosos que él. Si haces todo lo que dices, puedes verte en problemas.
- Ahí es donde entras tú. – contestó Natalia. Después se quedó callada.
En silencio totalmente, durante un pequeño rato. Como si no se atreviese a seguir. Luego dijo con voz grave:
- Hacer saber los asuntos turbios de Basella es sólo una cuestión de honor. El motivo por el que intentó matarme, y por el que pagará. Quiero que su nombre quede mancillado para siempre; y el de toda su familia. Sus hijos y sus nietos, recordados siempre con esa mancha, ¿lo entiendes?
- Muy épico… - contestó Urso –. Casi bíblico, diría yo. ¿Y qué? Te meterás igualmente en problemas.
- No si mato a Gerard Basella. – contestó ella –. No si, una vez destrozado para siempre su nombre, le devuelvo lo que le debo. Y ahí es donde tú entras, Urso…
- ¿Yo? – Urso casi se levantó de la butaca –. Yo no he matado a nadie en mi vida.
- Quizá no – contestó ella. – Pero has hecho cosas parecidas. Estuviste a punto de matarme a mí, aunque fuese sin querer. ¿Es tan difícil? ¿Librar al mundo de un tipo como Basella?
Medina se quedó pensativo.
- Gerard casi se ha portado bien conmigo en esta vida. – dijo con voz queda – Además, todo esto no tiene nada que ver conmigo, ¡maldita sea! ¿Por qué no me dejáis en paz? ¿Qué saco yo con todo esto? ¿Por qué iba a interesarme?
Natalia se rió.
- ¿Por qué iba a interesarte, Urso? – replicó – Porque te estás muriendo. Sí, sí… no te sorprendas. Sé mucho de ti. He leído todo tu historial, ¿y qué? ¿Qué sacarías tú con todo esto?
La mujer se quedó callada y encendió, también, un cigarrillo antes de contestar.
- Irte de este mundo sabiendo que hiciste algo bueno.
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viernes, 18 de marzo de 2011
lunes, 10 de enero de 2011
La hora del señor Medina. Capítulo VII
Enlace: Capítulo VI
-Escucha, Urso -dice el doctor-, lo que ha ocurrido es... es muy grave, ¿lo entiendes?
-No ha ocurrido nada.
-No, pero podría haber ocurrido -responde firmemente. El doctor Ruiz tiene la merecida fama de ser un hombre paciente, pero en determinados casos le cuesta mantener la delicadeza. Sobre todo cuando el periódico local cuestiona los métodos y la seguridad del reformatorio en el que lleva veinte años trabajando como psiquiatra. Parece mucho más joven de lo que en realidad es, pero sabe hacer valer su autoridad en cualquier caso. Ni siquiera Urso se atreve a despegar la vista del suelo.
-Urso -le dice-, ¿eres consciente de la gravedad que supone...?
Él no contesta, se limita a pensar qué le preocupa realmente al señor Ruiz: si le preocupa él, como quiere hacerle ver, o la imagen del reformatorio de puertas afuera. Pero eso no lo dice, por supuesto. No quiere empeorar las cosas.
El doctor se apoya contra el respaldo de su silla con gesto cansado, abre un cajón de su escritorio y saca un taco de papeles para recetas. Arranca uno de ellos, garabatea algunas palabras en él y se lo extiende a Urso, que permanece con los brazos cruzados y la vista clavada en algún punto de sus viejas deportivas.
-Toma, Urso, dale esto a la enfermera al salir.
Él coge el papel y se levanta, pero el doctor le interrumpe antes de llegar a la puerta:
-Una cosa más, antes de que te vayas. Lo que te he recetado es un antidepresivo muy potente. Tiene algunos efectos secundarios y es muy importante que nos hagas saber si...
Urso sale dando un portazo. No le importa nada de todo eso, no quiere oír una sola palabra más. Antidepresivos... Como si una pastilla fuese a cambiar el pasado.
Urso dobla la receta, se la mete en un bolsillo del vaquero y dice adiós a la enfermera. Ésta le despide con una sonrisa. Al menos alguien amable.
Aquella noche, en la cama, su cabeza se llena de recuerdos. Alguien le dijo que su madre había muerto. Alguien de confianza, cree. Nadie le iba a mentir sobre un asunto así. Su madre había muerto y por eso no había ido ni una sola vez a visitarle, todo encajaba. Llevaba seis meses allí dentro, y ni una sola visita.
Y las pesadillas de las últimas semanas, en las que su madre golpeaba la tapa del ataúd y gritaba hasta quedarse sin voz que la sacaran de ahí, que no estaba muerta, y él no podía hacer nada porque tampoco podía salir de donde estaba.
Y pocas horas después, aquella sábana atada al marco de la ventana en un extremo y en el otro extremo a su cuello, y luego la caída al patio, donde no se había roto nada de milagro. Qué ridículo se sintió, qué ridículo, pero el director se lo tomó muy en serio, y también el doctor Ruiz.
Las pastillas
-Escucha, Urso -dice el doctor-, lo que ha ocurrido es... es muy grave, ¿lo entiendes?
-No ha ocurrido nada.
-No, pero podría haber ocurrido -responde firmemente. El doctor Ruiz tiene la merecida fama de ser un hombre paciente, pero en determinados casos le cuesta mantener la delicadeza. Sobre todo cuando el periódico local cuestiona los métodos y la seguridad del reformatorio en el que lleva veinte años trabajando como psiquiatra. Parece mucho más joven de lo que en realidad es, pero sabe hacer valer su autoridad en cualquier caso. Ni siquiera Urso se atreve a despegar la vista del suelo.
-Urso -le dice-, ¿eres consciente de la gravedad que supone...?
Él no contesta, se limita a pensar qué le preocupa realmente al señor Ruiz: si le preocupa él, como quiere hacerle ver, o la imagen del reformatorio de puertas afuera. Pero eso no lo dice, por supuesto. No quiere empeorar las cosas.
El doctor se apoya contra el respaldo de su silla con gesto cansado, abre un cajón de su escritorio y saca un taco de papeles para recetas. Arranca uno de ellos, garabatea algunas palabras en él y se lo extiende a Urso, que permanece con los brazos cruzados y la vista clavada en algún punto de sus viejas deportivas.
-Toma, Urso, dale esto a la enfermera al salir.
Él coge el papel y se levanta, pero el doctor le interrumpe antes de llegar a la puerta:
-Una cosa más, antes de que te vayas. Lo que te he recetado es un antidepresivo muy potente. Tiene algunos efectos secundarios y es muy importante que nos hagas saber si...
Urso sale dando un portazo. No le importa nada de todo eso, no quiere oír una sola palabra más. Antidepresivos... Como si una pastilla fuese a cambiar el pasado.
Urso dobla la receta, se la mete en un bolsillo del vaquero y dice adiós a la enfermera. Ésta le despide con una sonrisa. Al menos alguien amable.
Aquella noche, en la cama, su cabeza se llena de recuerdos. Alguien le dijo que su madre había muerto. Alguien de confianza, cree. Nadie le iba a mentir sobre un asunto así. Su madre había muerto y por eso no había ido ni una sola vez a visitarle, todo encajaba. Llevaba seis meses allí dentro, y ni una sola visita.
Y las pesadillas de las últimas semanas, en las que su madre golpeaba la tapa del ataúd y gritaba hasta quedarse sin voz que la sacaran de ahí, que no estaba muerta, y él no podía hacer nada porque tampoco podía salir de donde estaba.
Y pocas horas después, aquella sábana atada al marco de la ventana en un extremo y en el otro extremo a su cuello, y luego la caída al patio, donde no se había roto nada de milagro. Qué ridículo se sintió, qué ridículo, pero el director se lo tomó muy en serio, y también el doctor Ruiz.
***
Una mañana se encuentra muy mal. Lleva varias noches sin dormir porque los recuerdos no le dejan, y se siente triste y agotado. Abre el cajón de su mesilla de noche, coge la receta y se la guarda.
Una mañana se encuentra muy mal. Lleva varias noches sin dormir porque los recuerdos no le dejan, y se siente triste y agotado. Abre el cajón de su mesilla de noche, coge la receta y se la guarda.
***
Sentado en la cama, mira con desconfianza la pequeña caja blanca sin atreverse a abrirla. El doctor habló de efectos secundarios, y Urso, más por curiosidad que por precaución, examina el prospecto y da directamente con el apartado que busca. Muy despacio, lee:
Efectos secundarios.
Frecuentes: Amnesia lacunar en estado de gran tensión nerviosa.
Poco frecuentes: Alucinaciones.
Muy raros: Arritmias cardiacas.
Deja el papel sobre la cama y destapa la caja. En el dorso del prospecto, en negrita, el nombre del fabricante.
Laboratorios Caralt.
Sentado en la cama, mira con desconfianza la pequeña caja blanca sin atreverse a abrirla. El doctor habló de efectos secundarios, y Urso, más por curiosidad que por precaución, examina el prospecto y da directamente con el apartado que busca. Muy despacio, lee:
Efectos secundarios.
Frecuentes: Amnesia lacunar en estado de gran tensión nerviosa.
Poco frecuentes: Alucinaciones.
Muy raros: Arritmias cardiacas.
Deja el papel sobre la cama y destapa la caja. En el dorso del prospecto, en negrita, el nombre del fabricante.
Laboratorios Caralt.
***
El comienzo
Urso sube el tramo de escaleras que separa el descansillo del segundo piso. La mochila no pesa demasiado, pero su paso es lento y, a medida que se aproxima a vieja puerta de casa, se hace más lento aún.
Al llegar al último escalón, oye un fuerte golpe, ¡bam! Enseguida echa a correr y abre la puerta, y al abrirla oye de nuevo: ¡bam!, pero mucho más fuerte, y su corazón parece que se le quiere salir del pecho. Entonces ve a su madre en la cocina con una hachuela en la mano. Prepara pata de cordero para la comida.
Él se acerca a ella, todavía temblando, y la abraza. Casi le dice "Pensaba que era papá", pero es mejor no decir ese tipo de cosas en casa aunque él no esté. Es mejor poner buena cara y hacer que no pasa nada, aunque pase. Y aun así, con ese abrazo queda todo dicho entre ellos, pero hay que seguir haciendo la comida y diciendo "Qué tal el día" y "Cierra la puerta" y "Qué bien huele".
Sin embargo, su padre llega. Y, si normalmente no necesita de un motivo para montar en cólera, el hecho de encontrar la puerta abierta es lo mismo que arrojar una colilla a un barril de pólvora.
Todo ocurre muy rápido, apenas lo recuerda a estas alturas. Su madre encerrada en el cuarto de baño, llorando, tocando con la lengua un colmillo que se mueve y que le duele. La casa destrozada, algunos cristales rotos y aquel jarrón chino tan bonito, deshecho en el suelo.
Urso golpea con los nudillos la puerta del baño. Abre, mamá, dice, Ya se fue. Y, cuando la puerta se abre, ella lo ve sucio, con la cara llena de lágrimas y la camiseta blanca manchada de sangre. Y ella pregunta: ¿Qué ha pasado, cariño?, pero él no contesta. Ella echa a correr a través del pasillo hasta la cocina. La hachuela ya no está.
Sale de casa y baja la escalera hasta el descansillo, y oficialmente se considera que es en ese momento cuando pierde por completo la razón.
Urso no vuelve a verla nunca más. Recuerda que la policía entró cuando él estaba sentado en una esquina con la cara entre las rodillas, y que le hicieron algunas preguntas, que más tarde hubo un juicio y que por último se lo llevaron al reformatorio.
Nadie le había dicho que su madre estaba internada en un manicomio de las afueras y que por eso no había ido a verle ni una sola vez.
Al llegar al último escalón, oye un fuerte golpe, ¡bam! Enseguida echa a correr y abre la puerta, y al abrirla oye de nuevo: ¡bam!, pero mucho más fuerte, y su corazón parece que se le quiere salir del pecho. Entonces ve a su madre en la cocina con una hachuela en la mano. Prepara pata de cordero para la comida.
Él se acerca a ella, todavía temblando, y la abraza. Casi le dice "Pensaba que era papá", pero es mejor no decir ese tipo de cosas en casa aunque él no esté. Es mejor poner buena cara y hacer que no pasa nada, aunque pase. Y aun así, con ese abrazo queda todo dicho entre ellos, pero hay que seguir haciendo la comida y diciendo "Qué tal el día" y "Cierra la puerta" y "Qué bien huele".
Sin embargo, su padre llega. Y, si normalmente no necesita de un motivo para montar en cólera, el hecho de encontrar la puerta abierta es lo mismo que arrojar una colilla a un barril de pólvora.
Todo ocurre muy rápido, apenas lo recuerda a estas alturas. Su madre encerrada en el cuarto de baño, llorando, tocando con la lengua un colmillo que se mueve y que le duele. La casa destrozada, algunos cristales rotos y aquel jarrón chino tan bonito, deshecho en el suelo.
Urso golpea con los nudillos la puerta del baño. Abre, mamá, dice, Ya se fue. Y, cuando la puerta se abre, ella lo ve sucio, con la cara llena de lágrimas y la camiseta blanca manchada de sangre. Y ella pregunta: ¿Qué ha pasado, cariño?, pero él no contesta. Ella echa a correr a través del pasillo hasta la cocina. La hachuela ya no está.
Sale de casa y baja la escalera hasta el descansillo, y oficialmente se considera que es en ese momento cuando pierde por completo la razón.
Urso no vuelve a verla nunca más. Recuerda que la policía entró cuando él estaba sentado en una esquina con la cara entre las rodillas, y que le hicieron algunas preguntas, que más tarde hubo un juicio y que por último se lo llevaron al reformatorio.
Nadie le había dicho que su madre estaba internada en un manicomio de las afueras y que por eso no había ido a verle ni una sola vez.
***
Natalia
Natalia
-Estoy en mi villa, en el campo, ven inmediatamente. Ya conoces el camino.
Detiene el coche junto a los tres hombres y apaga las luces. Entre los tres, hay un bulto más pequeño de lo que había imaginado. Despierta las sospechas de alguien que lo ve tomarse una o dos pastillas antes de salir del BMW, pero nadie hace preguntas.
-Buenas noches.
Esta vez no hay presentaciones, no son necesarias. Además, Basella no está para ceremonias. De hecho, ni siquiera hay palabras ni miradas cara a cara. Es como si todos se avergonzasen de aquella película, cada uno de su propio papel.
El bulto es metido sin dificultad en el maletero de uno de los coches de Basella. Urso Medina, el señor Medina, como le llama Basella cuando se siente agradecido por algún favor, arranca el coche y se aleja lentamente de aquellas tres figuras a las que echa un último vistazo por el retrovisor.
Detiene el coche junto a los tres hombres y apaga las luces. Entre los tres, hay un bulto más pequeño de lo que había imaginado. Despierta las sospechas de alguien que lo ve tomarse una o dos pastillas antes de salir del BMW, pero nadie hace preguntas.
-Buenas noches.
Esta vez no hay presentaciones, no son necesarias. Además, Basella no está para ceremonias. De hecho, ni siquiera hay palabras ni miradas cara a cara. Es como si todos se avergonzasen de aquella película, cada uno de su propio papel.
El bulto es metido sin dificultad en el maletero de uno de los coches de Basella. Urso Medina, el señor Medina, como le llama Basella cuando se siente agradecido por algún favor, arranca el coche y se aleja lentamente de aquellas tres figuras a las que echa un último vistazo por el retrovisor.
***
Siempre evita aparentarlo, pero cada vez estos trabajos le resultan más difíciles. Especialmente porque trabajar para Basella significa trabajar bajo amenazas. O, más bien, bajo una única y constante amenaza. "No olvides que estás dónde estás por mí, Urso. No lo olvides por si alguna vez te necesito de nuevo". No, no lo olvida, no puede olvidarlo. ¿Cómo iba a hacerlo? Por eso necesita las pastillas. Las sigue tomando desde el reformatorio y, ahora que los laboratorios Caralt ya no existen pero las siguen fabricando clandestinamente bajo otro nombre, le cuestan mucho más caras. El precio es trabajar para Basella y no cagarla.
***
¡Bam!, un golpe seco. ¡Bam! No puede ser...
Detiene el coche junto al pantano y escucha atentamente, pero no oye nada más. Sin embargo, está seguro de haberlo oído.
Se lleva las manos a la cara y la primera imagen que le viene a la mente es la cara de su madre. ¡Bam!, golpea la tapa del ataúd. ¡Bam!, pide a gritos que alguien la saque de ahí. No está muerta, sabe que no está muerta...
Se baja del coche y abre la puerta del maletero. Contempla el bulto durante unos segundos y lo ve moverse, podría jurarlo. En ese momento, su corazón empieza a latir frenéticamente y pierde la noción del tiempo y el espacio. Saca el cuerpo, lo tiende sobre la tierra y corta con cuidado la bolsa.
Está viva. Lo sabía...
La ayuda a ponerse en pie y ella le mira sorprendida. "¿Me has salvado o me vas a matar?" Él tiene las pupilas dilatadas y los ojos muy abiertos, el efecto de las pastillas durará aún algunas horas. Ella tiene miedo pero, por alguna razón, confía en él.
-¡Corre, por ahí, por aquel camino!
Y se va, desaparece por un sendero lateral que da a la ciudad. Y él se queda allí junto al coche, y su corazón se relaja poco a poco, y, cuando se siente totalmente tranquilo, entonces mete medio cuerpo por el asiento del conductor y quita el freno de mano, y ve cómo el coche se va hundiendo poco a poco.
Años después, cuando los efectos de los antidepresivos hubieran borrado de su memoria cualquier huella de aquel momento en que ayudó a escapar a Natalia Fuenllana, sólo recordaría una imagen: la del coche hundiéndose en el fango con el maletero abierto. Nunca, jamás, la de aquella chica adentrándose en el sendero en dirección a la ciudad.
¡Bam!, un golpe seco. ¡Bam! No puede ser...
Detiene el coche junto al pantano y escucha atentamente, pero no oye nada más. Sin embargo, está seguro de haberlo oído.
Se lleva las manos a la cara y la primera imagen que le viene a la mente es la cara de su madre. ¡Bam!, golpea la tapa del ataúd. ¡Bam!, pide a gritos que alguien la saque de ahí. No está muerta, sabe que no está muerta...
Se baja del coche y abre la puerta del maletero. Contempla el bulto durante unos segundos y lo ve moverse, podría jurarlo. En ese momento, su corazón empieza a latir frenéticamente y pierde la noción del tiempo y el espacio. Saca el cuerpo, lo tiende sobre la tierra y corta con cuidado la bolsa.
Está viva. Lo sabía...
La ayuda a ponerse en pie y ella le mira sorprendida. "¿Me has salvado o me vas a matar?" Él tiene las pupilas dilatadas y los ojos muy abiertos, el efecto de las pastillas durará aún algunas horas. Ella tiene miedo pero, por alguna razón, confía en él.
-¡Corre, por ahí, por aquel camino!
Y se va, desaparece por un sendero lateral que da a la ciudad. Y él se queda allí junto al coche, y su corazón se relaja poco a poco, y, cuando se siente totalmente tranquilo, entonces mete medio cuerpo por el asiento del conductor y quita el freno de mano, y ve cómo el coche se va hundiendo poco a poco.
Años después, cuando los efectos de los antidepresivos hubieran borrado de su memoria cualquier huella de aquel momento en que ayudó a escapar a Natalia Fuenllana, sólo recordaría una imagen: la del coche hundiéndose en el fango con el maletero abierto. Nunca, jamás, la de aquella chica adentrándose en el sendero en dirección a la ciudad.
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miércoles, 8 de diciembre de 2010
La hora del señor Medina. Capítulo VI
Por Javier Solera.
Enlace: Capítulo V
Negro. Todo negro. Voces. Es como estar debajo del agua… se oye todo tan lejos...
- ¡Mierda, despiértalo!
- Se ha desmayado.
- ¡Me da igual!
Urso logró abrir los ojos y empezar a ubicarse después de notar, medio en sueños, como una mano fuerte le abofeteaba varias veces. Ante sí vio a dos tipos y dos mujeres. La mayor de todas ellas estaba sentada frente a él, al otro lado de una mesa amplia; la recordaba, la recordaba bien. Antes de dirigirse a ella, o de preguntar nada, observó al resto.
Dos hombres, uno de ellos enjuto y nervioso, el otro adusto, alto y con cara de pocos amigos. A su lado una muchacha, de quien nadie diría que había logrado traerle hasta allí de aquella manera; pero así era.
- Hola, Urso. – dijo la mujer en el escritorio.
El iba a contestar cuando el hombre nervioso encendió un cigarrillo:
- Entró frito y, nada más sentarse, frito otra vez. ¿Qué coño le habéis dado?
- Nosotros no le hemos hecho nada – dijo la chica.
- Dejadlo ya – zanjó la mujer – no tiene importancia. – volviéndose a Urso continuó: señor Medina, no se preocupe usted de nada. No le haremos daño. Mientras me diga lo que quiero saber, por supuesto.
Tosiendo un poco, Urso contestó:
- ¿Qué quieres saber…? – logró recordar el nombre – Aurora.
- Ya se lo he dicho, antes de que se quedase usted indispuesto – insistió ella con un tono educado – quiero saber qué sucedió con mi hermana Natalia.
Medina volvió a toser.
- Creo que eso…
Urso se interrumpió, y dudó unos momentos antes de seguir hablando. ¿Tenía sentido meterse en problemas? Implicar a Gerard Basella en algo, sin duda, lo era. Ahora bien, ¿podía estar viviendo una situación más surrealista?
Él, que en toda su vida, no había vivido momentos de mayor intensidad que lavar discretamente los trapos sucios de dos o tres hombres poderosos. Él, que ahora, sufría lo que los médicos llamaban una situación complicada de salud. ¿Podía importarle crearse algún quebradero de cabeza? Definitivamente, decidió que no. Fue tan rápido su razonamiento, que Aurora no tuvo tiempo de apremiarle antes de que siguiese hablando:
- Creo que eso tienes que preguntárselo a Gerard Basella.
Su interlocutora meneó la cabeza a ambos lados, como decepcionada.
- Ya habíamos contado con eso. Y también hemos contado con que no nos dirá nada, aparte que ponerse en contacto con él es muy difícil. Más aún teniendo en cuenta que este asunto no le beneficia en nada. – se incorporó sobre el escritorio y concluyó con tono amenazante: hable.
- Yo no puedo decirte nada… - insistió Medina.
- ¿Intervengo, Aurora? – propuso el hombre alto y adusto.
- Déjalo, Mikel. – declinó ella – Estoy segura de que el señor Medina me dirá todo lo que quiero oír. ¿No es así?
- ¿Qué tengo que contar, exactamente? – preguntó Urso – Pasaron muchas cosas.
- ¿Qué hizo con mi hermana Natalia? – inquirió Aurora – ¿Qué hizo Basella?
Urso se encogió de hombros, y empezó a rebuscar en su memoria. Después empezó a hablar, con la voz algo quebrada. Estaba cansado.
- Una noche, Basella me llamó… yo solía ocuparme de algunos asuntos suyos… aunque nunca había tenido un caso como ese.
- ¿Y bien?
- Era tarde, muy tarde. Era verano. Me hizo presentarme en su finca. Estaba allí con dos tipos y Natalia… bueno… estaba…
- Muerta, sí. – terminó Aurora – Continúa.
- A partir de ahí – prosiguió Medina – todo fue bastante rutinario. Limpié huellas… lavé un poco el lugar. Cosas que ya había hecho antes en algunos locales… aunque nunca con un muerto de por medio. Fue la primera vez. La metí en una bolsa de basura, de las grandes. Me la llevé en el maletero de un coche, que era de Gerard Basella… no recuerdo el modelo, aunque podía ser un Mercedes…
Aurora asentía cada frase.
- Recorrí varios kilómetros, hasta un pantano. El pantano de Malpartida… Allí empujé el coche con ella dentro. Y nada más.
- ¿Nada más? – quiso saber Aurora.
- Nada más.
- Creo que se equivoca – se volvió al gigante – Mikel.
El hombre se acercó a Medina y le agarró la nuca con las dos manos, tirándole del pelo. Acercando mucho la cara a la suya espetó:
- ¿Vas a decirnos todo lo que sabes?
- No sé más…
No tenía miedo, porque un hombre en su situación difícilmente podía tenerlo.
- ¿No pasó nada más? – insistió Aurora.
- Sí, me fumé un cigarro antes de marcharme…
A ella pareció no gustarle su contestación, y tras su mal gesto Mikel descargó los dos primeros puñetazos.
- ¿Qué se supone que tendría que saber? Yo no pintaba nada ahí…
- Fue el último que vio con vida a mi hermana – afirmó Aurora.
- No estaba con vida.
- Eso es lo que quiere decirme.
Como si fuese un flash, Urso encontró en su memoria una imagen de aquella noche. La imagen de sí mismo abriendo el maletero, antes de empujar el coche, y dejándolo así entornado. Dejándolo entornado y viendo cómo el auto se hundía en el pantano, con la vana esperanza de que a lo mejor, si ese cadáver abría los ojos, tuviese una oportunidad vana de escapar.
Pero no dijo nada.
- Antes de continuar con ese tema – siguió Aurora – dígame, ¿qué era exactamente lo que Basella tenía contra mi hermana?
- En aquella época – empezó a explicar Urso – los Laboratorios Caralt eran una empresa independiente... Gerard, en aquella época, trabajaba como subcontratista para varias empresas de refinería… Y fue entonces cuando empezó a hacer negocios con ellos.
- Eso ya lo sabía. – replicó ella. Él continuó.
- Una de las químicas principales del Laboratorio tenía que supervisar la construcción de una refinería, el almacenaje o algo así… Parece ser que a Gerard le gustó y empezó a acostarse con ella. Poco después entró en contacto con Laboratorios Fuenllana y también os contrató.
- Siga – ordenó Aurora.
- Por lo que yo sé, Natalia era la responsable del proyecto para el que la había contratado Basella. Y no sé cómo, se enteró de lo suyo con aquella científica. Una chiquilla, parece ser, recién salida de la Facultad. Según Natalia, la relación no era consentida, y la había estado amenazando con quitarle el contrato a Caralt si no accedía, y con hacerla a ella responsable ante Honorio…
- Honorio Caralt.
- Sí, en aquella época era el propietario de la empresa.
- ¿Y cómo se enteró Basella de que mi hermana lo sabía?
- Ella se lo dijo, después de una conferencia en el Palacio de Congresos. Y fue ahí donde la mató.
- Hijo de puta…
- Según él, sólo quería ofrecerle un soborno para que se callase… pero ella se asustó y empezó a gritar.
Aurora suspiró antes de volver con sus preguntas:
- Bien, señor Medina. Lo único que puedo decirle es que Natalia no terminó dentro de ese pantano. Usted la vio con vida. Y debe saber qué fue de ella justo después de sacarla de aquella finca donde la encontró. Cuéntemelo todo.
- No vi nada más – contestó Urso – si lo supiera, lo diría.
La mujer volvió a agitar la cabeza, resoplando, y luego hizo un vago gesto a Mikel. El hombre se dispuso a agarrar el cuello de Medina justo cuando éste empezó a toser violentamente; y cada vez que tosía, escupía un borbotón de sangre.
- ¡Joder…! – exclamó Mikel.
- ¿Qué coño le pasa? – preguntó su compañero. Aurora miró a los demás, desconcertada.
Cuando Medina se detuvo y pudo retomar aliento, dijo con dificultad:
- Perdonad… no me encuentro bien. Estoy un poco enfermo.
Acto seguido empezó a reír.
- ¿Qué pasa aquí? – dijo el hombre enjuto – ¡No quiero que me contagie la mierda que quiera que tenga!
Medina se rió aún más.
- No te preocupes – dijo – no es contagioso.
- A tomar por culo – contestó el otro – Me voy de aquí.
- Samuel – dijo Sara – No te pongas nervioso.
- ¿Qué hacemos? – preguntó Mikel. Tenía un acento claramente norteño, se dijo Medina.
- ¿Podríais darme un pañuelo, por favor?
- Vete a la mierda – espetó Samuel.
Aurora se levantó de la silla.
- Este hombre no va a decirnos nada más. – afirmó.
- ¿Crees su versión?
- Sí, la creo. Después de todo, es verosímil. ¡Sólo era un pringado! Yo le conocí por entonces… aunque de eso hablaremos en otro momento. Ahora, sacadlo de aquí.
- ¿Sacarlo de aquí, Aurora? – preguntó Mikel – ¿Fiambre, quieres decir? – y se llevó una mano al bolsillo.
- No – dijo ella, como impresionada – no quiero que este asunto nos eche encima más basura de la necesaria. Tapadle la cabeza y llevadlo donde podáis, lejos. Soltadlo allí.
- Es peligroso – advirtió Sara – nos ha visto.
- No me preocupa – dijo Aurora – ¿Qué puede demostrar? Y, sobre todo, ¿le interesa hacerlo? Aquí, a nadie le interesa que la policía se entere de nada.
Poco después, Urso Medina dio con sus huesos en la cuneta de una carretera. Tenía la cabeza atada con una mortaja. Sintió cómo alguien le empujaba del interior del coche, en el que había estado viajando completamente mareado. Al menos, ya no tosía más sangre.
Consiguió quitarse a duras penas la venda de los ojos cuando vio que Samuel sacaba medio cuerpo del auto, inclinándose sobre él y estampándole un billete de diez euros en el pecho.
- Toma – dijo – Esto es para que vayas mañana a la ciudad, al casco. Date un paseo, toma un café. Olvídate de nosotros. ¿Ves, cómo somos buena gente? Hazme caso, es un consejo, por la cuenta que te trae.
Se quedó allí tendido, extendiendo el billete arrugado ante sus ojos. Las primeras luces de la ciudad brillaban cerca y podía oír cómo el coche se alejaba.
Enlace: Capítulo V
Negro. Todo negro. Voces. Es como estar debajo del agua… se oye todo tan lejos...
- ¡Mierda, despiértalo!
- Se ha desmayado.
- ¡Me da igual!
Urso logró abrir los ojos y empezar a ubicarse después de notar, medio en sueños, como una mano fuerte le abofeteaba varias veces. Ante sí vio a dos tipos y dos mujeres. La mayor de todas ellas estaba sentada frente a él, al otro lado de una mesa amplia; la recordaba, la recordaba bien. Antes de dirigirse a ella, o de preguntar nada, observó al resto.
Dos hombres, uno de ellos enjuto y nervioso, el otro adusto, alto y con cara de pocos amigos. A su lado una muchacha, de quien nadie diría que había logrado traerle hasta allí de aquella manera; pero así era.
- Hola, Urso. – dijo la mujer en el escritorio.
El iba a contestar cuando el hombre nervioso encendió un cigarrillo:
- Entró frito y, nada más sentarse, frito otra vez. ¿Qué coño le habéis dado?
- Nosotros no le hemos hecho nada – dijo la chica.
- Dejadlo ya – zanjó la mujer – no tiene importancia. – volviéndose a Urso continuó: señor Medina, no se preocupe usted de nada. No le haremos daño. Mientras me diga lo que quiero saber, por supuesto.
Tosiendo un poco, Urso contestó:
- ¿Qué quieres saber…? – logró recordar el nombre – Aurora.
- Ya se lo he dicho, antes de que se quedase usted indispuesto – insistió ella con un tono educado – quiero saber qué sucedió con mi hermana Natalia.
Medina volvió a toser.
- Creo que eso…
Urso se interrumpió, y dudó unos momentos antes de seguir hablando. ¿Tenía sentido meterse en problemas? Implicar a Gerard Basella en algo, sin duda, lo era. Ahora bien, ¿podía estar viviendo una situación más surrealista?
Él, que en toda su vida, no había vivido momentos de mayor intensidad que lavar discretamente los trapos sucios de dos o tres hombres poderosos. Él, que ahora, sufría lo que los médicos llamaban una situación complicada de salud. ¿Podía importarle crearse algún quebradero de cabeza? Definitivamente, decidió que no. Fue tan rápido su razonamiento, que Aurora no tuvo tiempo de apremiarle antes de que siguiese hablando:
- Creo que eso tienes que preguntárselo a Gerard Basella.
Su interlocutora meneó la cabeza a ambos lados, como decepcionada.
- Ya habíamos contado con eso. Y también hemos contado con que no nos dirá nada, aparte que ponerse en contacto con él es muy difícil. Más aún teniendo en cuenta que este asunto no le beneficia en nada. – se incorporó sobre el escritorio y concluyó con tono amenazante: hable.
- Yo no puedo decirte nada… - insistió Medina.
- ¿Intervengo, Aurora? – propuso el hombre alto y adusto.
- Déjalo, Mikel. – declinó ella – Estoy segura de que el señor Medina me dirá todo lo que quiero oír. ¿No es así?
- ¿Qué tengo que contar, exactamente? – preguntó Urso – Pasaron muchas cosas.
- ¿Qué hizo con mi hermana Natalia? – inquirió Aurora – ¿Qué hizo Basella?
Urso se encogió de hombros, y empezó a rebuscar en su memoria. Después empezó a hablar, con la voz algo quebrada. Estaba cansado.
- Una noche, Basella me llamó… yo solía ocuparme de algunos asuntos suyos… aunque nunca había tenido un caso como ese.
- ¿Y bien?
- Era tarde, muy tarde. Era verano. Me hizo presentarme en su finca. Estaba allí con dos tipos y Natalia… bueno… estaba…
- Muerta, sí. – terminó Aurora – Continúa.
- A partir de ahí – prosiguió Medina – todo fue bastante rutinario. Limpié huellas… lavé un poco el lugar. Cosas que ya había hecho antes en algunos locales… aunque nunca con un muerto de por medio. Fue la primera vez. La metí en una bolsa de basura, de las grandes. Me la llevé en el maletero de un coche, que era de Gerard Basella… no recuerdo el modelo, aunque podía ser un Mercedes…
Aurora asentía cada frase.
- Recorrí varios kilómetros, hasta un pantano. El pantano de Malpartida… Allí empujé el coche con ella dentro. Y nada más.
- ¿Nada más? – quiso saber Aurora.
- Nada más.
- Creo que se equivoca – se volvió al gigante – Mikel.
El hombre se acercó a Medina y le agarró la nuca con las dos manos, tirándole del pelo. Acercando mucho la cara a la suya espetó:
- ¿Vas a decirnos todo lo que sabes?
- No sé más…
No tenía miedo, porque un hombre en su situación difícilmente podía tenerlo.
- ¿No pasó nada más? – insistió Aurora.
- Sí, me fumé un cigarro antes de marcharme…
A ella pareció no gustarle su contestación, y tras su mal gesto Mikel descargó los dos primeros puñetazos.
- ¿Qué se supone que tendría que saber? Yo no pintaba nada ahí…
- Fue el último que vio con vida a mi hermana – afirmó Aurora.
- No estaba con vida.
- Eso es lo que quiere decirme.
Como si fuese un flash, Urso encontró en su memoria una imagen de aquella noche. La imagen de sí mismo abriendo el maletero, antes de empujar el coche, y dejándolo así entornado. Dejándolo entornado y viendo cómo el auto se hundía en el pantano, con la vana esperanza de que a lo mejor, si ese cadáver abría los ojos, tuviese una oportunidad vana de escapar.
Pero no dijo nada.
- Antes de continuar con ese tema – siguió Aurora – dígame, ¿qué era exactamente lo que Basella tenía contra mi hermana?
- En aquella época – empezó a explicar Urso – los Laboratorios Caralt eran una empresa independiente... Gerard, en aquella época, trabajaba como subcontratista para varias empresas de refinería… Y fue entonces cuando empezó a hacer negocios con ellos.
- Eso ya lo sabía. – replicó ella. Él continuó.
- Una de las químicas principales del Laboratorio tenía que supervisar la construcción de una refinería, el almacenaje o algo así… Parece ser que a Gerard le gustó y empezó a acostarse con ella. Poco después entró en contacto con Laboratorios Fuenllana y también os contrató.
- Siga – ordenó Aurora.
- Por lo que yo sé, Natalia era la responsable del proyecto para el que la había contratado Basella. Y no sé cómo, se enteró de lo suyo con aquella científica. Una chiquilla, parece ser, recién salida de la Facultad. Según Natalia, la relación no era consentida, y la había estado amenazando con quitarle el contrato a Caralt si no accedía, y con hacerla a ella responsable ante Honorio…
- Honorio Caralt.
- Sí, en aquella época era el propietario de la empresa.
- ¿Y cómo se enteró Basella de que mi hermana lo sabía?
- Ella se lo dijo, después de una conferencia en el Palacio de Congresos. Y fue ahí donde la mató.
- Hijo de puta…
- Según él, sólo quería ofrecerle un soborno para que se callase… pero ella se asustó y empezó a gritar.
Aurora suspiró antes de volver con sus preguntas:
- Bien, señor Medina. Lo único que puedo decirle es que Natalia no terminó dentro de ese pantano. Usted la vio con vida. Y debe saber qué fue de ella justo después de sacarla de aquella finca donde la encontró. Cuéntemelo todo.
- No vi nada más – contestó Urso – si lo supiera, lo diría.
La mujer volvió a agitar la cabeza, resoplando, y luego hizo un vago gesto a Mikel. El hombre se dispuso a agarrar el cuello de Medina justo cuando éste empezó a toser violentamente; y cada vez que tosía, escupía un borbotón de sangre.
- ¡Joder…! – exclamó Mikel.
- ¿Qué coño le pasa? – preguntó su compañero. Aurora miró a los demás, desconcertada.
Cuando Medina se detuvo y pudo retomar aliento, dijo con dificultad:
- Perdonad… no me encuentro bien. Estoy un poco enfermo.
Acto seguido empezó a reír.
- ¿Qué pasa aquí? – dijo el hombre enjuto – ¡No quiero que me contagie la mierda que quiera que tenga!
Medina se rió aún más.
- No te preocupes – dijo – no es contagioso.
- A tomar por culo – contestó el otro – Me voy de aquí.
- Samuel – dijo Sara – No te pongas nervioso.
- ¿Qué hacemos? – preguntó Mikel. Tenía un acento claramente norteño, se dijo Medina.
- ¿Podríais darme un pañuelo, por favor?
- Vete a la mierda – espetó Samuel.
Aurora se levantó de la silla.
- Este hombre no va a decirnos nada más. – afirmó.
- ¿Crees su versión?
- Sí, la creo. Después de todo, es verosímil. ¡Sólo era un pringado! Yo le conocí por entonces… aunque de eso hablaremos en otro momento. Ahora, sacadlo de aquí.
- ¿Sacarlo de aquí, Aurora? – preguntó Mikel – ¿Fiambre, quieres decir? – y se llevó una mano al bolsillo.
- No – dijo ella, como impresionada – no quiero que este asunto nos eche encima más basura de la necesaria. Tapadle la cabeza y llevadlo donde podáis, lejos. Soltadlo allí.
- Es peligroso – advirtió Sara – nos ha visto.
- No me preocupa – dijo Aurora – ¿Qué puede demostrar? Y, sobre todo, ¿le interesa hacerlo? Aquí, a nadie le interesa que la policía se entere de nada.
Poco después, Urso Medina dio con sus huesos en la cuneta de una carretera. Tenía la cabeza atada con una mortaja. Sintió cómo alguien le empujaba del interior del coche, en el que había estado viajando completamente mareado. Al menos, ya no tosía más sangre.
Consiguió quitarse a duras penas la venda de los ojos cuando vio que Samuel sacaba medio cuerpo del auto, inclinándose sobre él y estampándole un billete de diez euros en el pecho.
- Toma – dijo – Esto es para que vayas mañana a la ciudad, al casco. Date un paseo, toma un café. Olvídate de nosotros. ¿Ves, cómo somos buena gente? Hazme caso, es un consejo, por la cuenta que te trae.
Se quedó allí tendido, extendiendo el billete arrugado ante sus ojos. Las primeras luces de la ciudad brillaban cerca y podía oír cómo el coche se alejaba.
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miércoles, 27 de octubre de 2010
La hora del señor Medina. Capítulo V
Enlace: Capítulo IV.
Urso Medina se preguntaba aún de dónde provenía el tremendo golpe que acababa de oír no demasiado lejos de allí. Sin embargo, se encogió de hombros, entró al coche sin pronunciar palabra y se sentó en el amplio asiento trasero. A esa hora ya no había tráfico, así que en unos segundos se encontró recorriendo las calles de la ciudad a una velocidad que le pareció excesiva. -La ocasión lo requiere-, razonó, pero no podía evitar pensar que ninguna causa era más apremiante que la suya propia en aquel momento.
Mientras atravesaba las calles más oscuras del último barrio periférico, se dedicó a la tarea de conjeturar cómo había podido ocurrir un desastre como aquel. Le había irritado enormemente la acusación de Basella (¿desde cuándo tenía él que asegurarse de que el muerto estaba muerto? Su tarea se limitaba a deshaerse del cuerpo), pero, cada vez que en sus razonamientos llegaba a este punto, Urso Medina tomaba conciencia de la gravedad de su error: no debió de hacer muy bien su trabajo, si la víctima había regresado a casa por su propio pie. Sonaba cómico, pero no lo era en absoluto. Una idea fugaz cruzó su mente: se estaba convirtiendo en un extraño para sí mismo.
Por segunda vez aquella noche, el teléfono lo devolvió al mundo real. Era el propio Basella. -Qué raro- pensó, -Gerard llamándome al móvil, con lo paranoico que es. La cosa debe de ser más grave de lo que pensaba...
Justo en el momento en que descolgó, sonó un clic en el asiento del copiloto.
Urso Medina se preguntaba aún de dónde provenía el tremendo golpe que acababa de oír no demasiado lejos de allí. Sin embargo, se encogió de hombros, entró al coche sin pronunciar palabra y se sentó en el amplio asiento trasero. A esa hora ya no había tráfico, así que en unos segundos se encontró recorriendo las calles de la ciudad a una velocidad que le pareció excesiva. -La ocasión lo requiere-, razonó, pero no podía evitar pensar que ninguna causa era más apremiante que la suya propia en aquel momento.
Mientras atravesaba las calles más oscuras del último barrio periférico, se dedicó a la tarea de conjeturar cómo había podido ocurrir un desastre como aquel. Le había irritado enormemente la acusación de Basella (¿desde cuándo tenía él que asegurarse de que el muerto estaba muerto? Su tarea se limitaba a deshaerse del cuerpo), pero, cada vez que en sus razonamientos llegaba a este punto, Urso Medina tomaba conciencia de la gravedad de su error: no debió de hacer muy bien su trabajo, si la víctima había regresado a casa por su propio pie. Sonaba cómico, pero no lo era en absoluto. Una idea fugaz cruzó su mente: se estaba convirtiendo en un extraño para sí mismo.
Por segunda vez aquella noche, el teléfono lo devolvió al mundo real. Era el propio Basella. -Qué raro- pensó, -Gerard llamándome al móvil, con lo paranoico que es. La cosa debe de ser más grave de lo que pensaba...
Justo en el momento en que descolgó, sonó un clic en el asiento del copiloto.
***
-¿Qué ha dicho? -preguntó Sara, la joven delgada de pelo corto que no había dejado de dar vueltas en círculo detrás de la silla de Samuel. Éste, dejando el auricular sobre la mesa, sólo dijo:
-Está en el Heiter.
Sara se equipó adecuadamente y subió al coche con Mikel. Mikel era un hombre de mediana edad, alto y ancho, de pocas palabras y mucho carácter, cuadriculado y meticuloso. Encendió las luces, dio un brusco acelerón y enseguida dejaron atrás el polígono industrial. -Casi no tenemos morfina- dijo Sara.
-Nos apañaremos.
Atravesaron a toda velocidad las principales arterias de los barrios y la ciudad, y al pasar por delante de las casas en las calles más pequeñas, algunos mendigos se salvaron de ser atropellados sólo gracias a sus buenos reflejos y a que les avisó el ruido cercano de los derrapes al doblar las esquinas.
Abandonaron la zona residencial de la ciudad y entraron en una ancha avenida.
A lo lejos, un Lamborghini Gallardo negro reflejaba la luz naranja de las farolas. -Mira- dijo Sara, -ése es el número uno de Basella-. No hizo falta decir más: Mikel aceleró hasta colocarse a su izquierda mientras Sara acoplaba el silenciador a la pistola. Hizo tres disparos y el último de ellos dio en su objetivo, que era la rueda delantera. El conductor del Lamborghini perdió el control y acabó estrellándose contra la barrera, y Sara miró las chispas por el retrovisor un segundo antes de que Mikel doblara tranquilamente la esquina y, tras atravesar dos calles más, aparcara en la puerta del hotel Heiter, donde esperaba Urso Medina.
-¿Qué ha dicho? -preguntó Sara, la joven delgada de pelo corto que no había dejado de dar vueltas en círculo detrás de la silla de Samuel. Éste, dejando el auricular sobre la mesa, sólo dijo:
-Está en el Heiter.
Sara se equipó adecuadamente y subió al coche con Mikel. Mikel era un hombre de mediana edad, alto y ancho, de pocas palabras y mucho carácter, cuadriculado y meticuloso. Encendió las luces, dio un brusco acelerón y enseguida dejaron atrás el polígono industrial. -Casi no tenemos morfina- dijo Sara.
-Nos apañaremos.
Atravesaron a toda velocidad las principales arterias de los barrios y la ciudad, y al pasar por delante de las casas en las calles más pequeñas, algunos mendigos se salvaron de ser atropellados sólo gracias a sus buenos reflejos y a que les avisó el ruido cercano de los derrapes al doblar las esquinas.
Abandonaron la zona residencial de la ciudad y entraron en una ancha avenida.
A lo lejos, un Lamborghini Gallardo negro reflejaba la luz naranja de las farolas. -Mira- dijo Sara, -ése es el número uno de Basella-. No hizo falta decir más: Mikel aceleró hasta colocarse a su izquierda mientras Sara acoplaba el silenciador a la pistola. Hizo tres disparos y el último de ellos dio en su objetivo, que era la rueda delantera. El conductor del Lamborghini perdió el control y acabó estrellándose contra la barrera, y Sara miró las chispas por el retrovisor un segundo antes de que Mikel doblara tranquilamente la esquina y, tras atravesar dos calles más, aparcara en la puerta del hotel Heiter, donde esperaba Urso Medina.
***
-¡Urso! -gritó Basella a través del teléfono-. ¡Nos han tendido una trampa! ¡No subas al coche! ¡Vuelve a la habitación y espera mi llamada! ¡Maldita sea, Urso, contesta!
Clic.
Una figura cubierta con pasamontañas le apuntó a la frente con una pistola. Urso Medina dejó el teléfono sobre el asiento y levantó tímidamente las manos. -Un poco tarde- dijo, contestando a la advertencia de Basella. Tarde, sí, demasiado tarde. Mikel sabía lo que se hacía: era preciso y matemático, y no desperdiciaba un segundo porque sabía que otros podrían utilizarlo en su contra. Formaba un equipo perfecto con Sara.
El coche zigzagueó por tercera vez entre las casas de ladrillo y atravesó interminables carreteras hasta llegar a un lugar en medio de ninguna parte. Se apartaron de la carretera y Mikel detuvo el coche a una distancia más que suficiente. Se bajó y abrió la puerta de atrás, y enseguida le colocó a Urso Medina un pañuelo en la cara. Éste se quedó algo atontado, pero sabía lo que debía hacer y fingió dormir profundamente. Mikel se metió de nuevo en el coche y, lentamente, subieron hasta la carretera para continuar por un estrecho camino de piedras.
Al cabo de un rato, Urso Medina escuchó ruido de disparos. Sara dijo: -¡Mierda, nos siguen!-, y uno de los disparos rompió la luz de freno derecha.
-¡Acelera, Mikel, joder, tenemos que salir de aquí!
Urso Medina siguió oyendo disparos durante unos minutos e incluso, con los ojos entreabiertos, vio la luz de unos faros reflejada en la carretera junto a él. -Nos han seguido- pensó, -pero ¿desde dónde? ¿Cómo sabía Gerard hacia dónde me llevaban? Cuando me llamó, ni siquiera sabía que había subido al coche; aunque mi silencio debió de dejárselo bastante claro...
Apenas unos segundos después, se dio cuenta de que habían dado esquinazo a los de Basella y sus pequeñas esperanzas desaparecieron casi por completo. Al cabo de un rato, entraron en un polígono industrial y él distinguió a duras penas el cartel de la extensa nave a la que lo llevaban: Laboratorios Caralt & Fuenllana.
-Es imposible... No puede ser... -pensó, y en ese mismo instante se desmayó.
Al despertar, advirtió que le habían cubierto la cara con un pañuelo y le habían maniatado. Se encontraba sentado en una silla de escritorio y todo parecía estar totalmente a oscuras. Una voz le sobresaltó. Una voz femenina que recordaba demasiado bien:
-Buenas noches, señor Medina. No se asuste por el pañuelo, tan sólo es que no podemos permitir que vea algunas de las caras que se encuentran a su alrededor. Usted y yo somos viejos amigos, ¿no es así? Tal vez el nombre de los antiguos laboratorios Caralt & Fuenllana le traiga algunos recuerdos. Y ahora creo que es el momento de que me cuente la verdadera historia de mi hermana Natalia...
-¡Urso! -gritó Basella a través del teléfono-. ¡Nos han tendido una trampa! ¡No subas al coche! ¡Vuelve a la habitación y espera mi llamada! ¡Maldita sea, Urso, contesta!
Clic.
Una figura cubierta con pasamontañas le apuntó a la frente con una pistola. Urso Medina dejó el teléfono sobre el asiento y levantó tímidamente las manos. -Un poco tarde- dijo, contestando a la advertencia de Basella. Tarde, sí, demasiado tarde. Mikel sabía lo que se hacía: era preciso y matemático, y no desperdiciaba un segundo porque sabía que otros podrían utilizarlo en su contra. Formaba un equipo perfecto con Sara.
El coche zigzagueó por tercera vez entre las casas de ladrillo y atravesó interminables carreteras hasta llegar a un lugar en medio de ninguna parte. Se apartaron de la carretera y Mikel detuvo el coche a una distancia más que suficiente. Se bajó y abrió la puerta de atrás, y enseguida le colocó a Urso Medina un pañuelo en la cara. Éste se quedó algo atontado, pero sabía lo que debía hacer y fingió dormir profundamente. Mikel se metió de nuevo en el coche y, lentamente, subieron hasta la carretera para continuar por un estrecho camino de piedras.
Al cabo de un rato, Urso Medina escuchó ruido de disparos. Sara dijo: -¡Mierda, nos siguen!-, y uno de los disparos rompió la luz de freno derecha.
-¡Acelera, Mikel, joder, tenemos que salir de aquí!
Urso Medina siguió oyendo disparos durante unos minutos e incluso, con los ojos entreabiertos, vio la luz de unos faros reflejada en la carretera junto a él. -Nos han seguido- pensó, -pero ¿desde dónde? ¿Cómo sabía Gerard hacia dónde me llevaban? Cuando me llamó, ni siquiera sabía que había subido al coche; aunque mi silencio debió de dejárselo bastante claro...
Apenas unos segundos después, se dio cuenta de que habían dado esquinazo a los de Basella y sus pequeñas esperanzas desaparecieron casi por completo. Al cabo de un rato, entraron en un polígono industrial y él distinguió a duras penas el cartel de la extensa nave a la que lo llevaban: Laboratorios Caralt & Fuenllana.
-Es imposible... No puede ser... -pensó, y en ese mismo instante se desmayó.
Al despertar, advirtió que le habían cubierto la cara con un pañuelo y le habían maniatado. Se encontraba sentado en una silla de escritorio y todo parecía estar totalmente a oscuras. Una voz le sobresaltó. Una voz femenina que recordaba demasiado bien:
-Buenas noches, señor Medina. No se asuste por el pañuelo, tan sólo es que no podemos permitir que vea algunas de las caras que se encuentran a su alrededor. Usted y yo somos viejos amigos, ¿no es así? Tal vez el nombre de los antiguos laboratorios Caralt & Fuenllana le traiga algunos recuerdos. Y ahora creo que es el momento de que me cuente la verdadera historia de mi hermana Natalia...
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sábado, 23 de octubre de 2010
La hora del señor Medina. Capítulo IV
Por Javier Solera.
Enlace: Capítulo III.
- Un momento, señor, voy a comprobarlo.
Es muy tarde. Ha estado lloviendo toda la maldita noche. Una de esas agobiantes lluvias de verano. Ya no cae agua pero el aire está empapado de ella, como si manase de la tierra, como si rebotase hacia el cielo, como si las gotas saltasen como chispas del calor de la tierra encendida y apretada. Todo está lleno de barro y sus cuerpos chorreando. Las ropas, negras de humedad.
Las farolas alumbran la tierra y la luz de la luna todo en derredor, y el resplandor de las ciudades rebota en el horizonte y lo pone todo rojo, el cielo, el suelo. Ese rojo de polígono tan familiar y tan sórdido en que se ha convertido la atmósfera de los campos y de las montañas, de las llanuras y de los valles. Lo que antes fue luz azul acuática de luna clara ahora es anaranjado estertor de brillos industriales.
La llanura es más plana y más extensa de lo que nunca fue, y rodeada a todos lados por vías de tren y carreteras que la encierran, como una muralla. Los ferrocarriles están lejos pero a él le parece que están a su lado y escucha las máquinas pitando y moviéndose y el estallido de los coches que recorren el asfalto, casi en su oreja. La inmensidad de la planicie le pone enfermo y le hace sentirse desnudo y cree que todo el mundo puede observarle desde las ventanas de los autos y desde el frescor de los vagones y señalarle mientras hace lo que hace. Nunca deseó tanto vivir entre montañas.
Sus dos empleados se fuman cigarrillos compulsivos y le miran, mientras se quitan el agua de la frente y se preguntan qué paso dar. En medio de los tres hombres bajo la luz roja y enferma que rebota la luna está el bulto inerte envuelto en cortinas y en abrigos como lienzos.
Yo no quería hacerlo… no quería hacerlo pero lo hice, ¡maldita sea!
- Sé lo que se trae entre manos.
No podía quitarse de la cabeza esa maldita conversación en el Palacio de Congresos.
- He visto lo que ha estado haciendo con esa chica. Conozco lo de sus abusos.
- Mira… creo que te estás equivocando.
- Le voy a decir una cosa: eso es acoso laboral. Y cuando se enteren los jueces no sé cómo le va a sentar a su carrera.
- Creo que te confundes, yo…
- No me venga usted con cuentos. Está usted jodido, señor mío.
Esa puta… yo no quería, ¡no quería hacerlo! Sólo quería hablar, lo juro. En realidad quería ofrecerle dinero. Estaba dispuesto a tapar con dinero su puñetera boca. Le metería tanto dinero que no se reconocería ni a sí misma, ¿eso es malo? No, ¿verdad?
Pero ella se asustó, creyó lo que no era… echó a gritar, echó a correr… mientras corría pedía auxilio… hice lo primero que se me ocurrió.
Y ahora está aquí, frita, en el suelo. Tan quieta y tan tiesa como un boquerón. Envuelta en lienzos como los viejos guerreros cuando los llevaban sobre escudos para quemarlos en el bosque. Pero esto es muy distinto.
La misma historia que se había repetido a sí mismo tantas veces… ¡yo no quería! Pero la había olvidado, la había enterrado en algún trastero en su memoria cerrado con siete llaves.
De vez en cuando le volvían los vacíos, los mareos y las angustias. Recordaba cómo le temblaban las piernas hasta casi dejar de sostenerle, cómo le recorrían la frente sudores fríos que le helaban en medio de la húmeda y tórrida noche del agosto máximo. Recordaba la sensación de vaciársele los ojos secos, de licuársele la sustancia misma del cerebro y caer como en un wáter por la cañería de su cuerpo justo hasta la parte más innoble.
¡Qué miedo da matar, maldita sea!
- ¿Y qué hacemos, Gerard?
- Yo que sé qué coño hacemos…
Y esa palabra escupía el humo del enésimo cigarro.
¿Qué hacemos? Hemos conseguido meter el cuerpo disimuladamente en el coche. Salir del Palacio de Congresos, repleto de policía… menos mal que soy quien soy. Si no, hubiera sido imposible.
Debo terminar con esto y meterlo en algún rincón oscuro de mi alma y no recordarlo jamás. Así que sé a quién tengo que llamar.
Y ojalá no tenga que pensar en ello nunca más hasta que me muera. Mañana tengo que ir a la iglesia o a donde quiera que me dejen rezar.
El teléfono. ¿Quién coño me llama? ¿Cómo es posible que sepan que estoy aquí? A lo mejor quieren recordarme que no se puede fumar u ofrecerme algún servicio para sacarme más dinero…
El señor Medina se quedó un minuto como bloqueado, como tonto mientras el aparato no dejaba de sonar y él se preguntaba cómo era posible sin darse cuenta de sus pensamientos. Aún embobado acercó una mano y con voz torpe contestó:
- ¿Sí?
- Señor Medina, perdone que le moleste – habló una voz plomiza al otro lado.
- No se preocupe.
- Le llamo de recepción – continuó la voz –. Una persona ha llamado al hotel preguntando por usted. Le tengo en espera. Quería saber si desea usted que le pase la llamada.
¿Cómo podían saber que estaba alojado ahí? ¡Si no llevaba ni una noche!
- ¿De parte de quién? – quiso saber Urso.
- Dice ser el señor Basella.
- ¡Basella! – un escalofrío recorrió la espalda cansada de Urso Medina.
- ¿Desea usted hablar con él?
El señor Medina dudó un segundo y casi titubeó, pero sin darse demasiado tiempo a cavilar, presionado, respondió que sí. Después sonó una voz muy distinta, profunda y oscura.
- Urso. ¿Estás ahí?
- Sí, estoy aquí.
- Soy yo, Gerard.
- Ya lo sé.
- Bueno, me andaré sin rodeos. Verás, quería…
- ¿Cómo coño sabes que estoy aquí? - le interrumpió Medina.
El hombre al otro lado tardó un poco en responder.
- ¿Dónde ibas a estar? Siempre estás en ese hotel de mierda. Llamé a tu apartamento y no me contestó nadie. ¿Ya no estás con tu mujer? ¿Os habéis vuelto a pelear?
- No, ya no estoy con mi mujer – replicó Urso, queriendo cambiar de tema.
- Bueno – contestó Gerard – la verdad es que no me importa. No te he llamado para hablar de eso.
- ¿Qué quieres? – el señor Medina empezaba a ponerse nervioso.
- Bueno… es un poco complicado hablar de eso por teléfono. Tenemos que vernos.
- No sé si puedo – replicó Urso.
- Urso, es cuestión de vida o muerte. – la voz de Basella no sonaba nerviosa.
- Tengo problemas – insistió Medina, como si no le importara.
- ¡Yo también tengo problemas! – repuso Gerard – por eso te he llamado.
El señor Medina suspiró y se frotó los ojos, cansado y mareado, y un poco harto. Mientras se le aclaraba la voz tomó aire y soltándolo dijo:
- Mira, tienes que contarme de qué va la historia porque si no, no sé si me interesa.
- Claro que te interesa, Urso. Sabes que siempre juego con mucho dinero.
- Ahora mismo me importa una mierda el dinero – admitió Medina, recordando su triste salud.
- No eres tan rico como yo, Urso.
- Te aseguro que, ahora mismo, me da igual el dinero.
- Bueno… ¿podemos vernos o no?
- Dime qué pasa… dímelo aunque sea por encima, joder. Pero si no me dices nada no pienso mover el culo de esta habitación.
Se hizo un silencio largo y tranquilo al otro lado. Como si Gerard se lo pensara o, más bien, como si quisiese dar una muestra de su autoridad haciendo entender que reflexionaba. El sonido inconfundible de una calada precedió a sus palabras siguientes:
- Bueno, seguro que te acuerdas de aquella mujer… Natalia. Natalia Fuenllana.
A Urso casi le molestó recordarlo.
- Sí, me acuerdo perfectamente.
- Bueno… recuerdas que tuve un… problema con ella.
- Sí.
- Y que tú simplemente te ocupaste de todo.
- Sí, me acuerdo, ¿y qué? Eso está resuelto. Hace años que no me dedico a esa clase de cosas.
- Pues parece que no lo resolviste tan bien, Urso.
- ¿Por qué dices eso?
- Está viva, Urso. Está vivita y coleando. Ha estado viva estos diez putos años y nosotros, tan tranquilos.
- ¿Qué? – exclamó Medina – eso es imposible. Imposible – remarcó.
- Te juro que no es imposible. Y lo sé porque me ha escrito. Me ha llegado una carta suya esta misma mañana.
Urso no contestó, por lo que el señor Basella siguió hablando:
- Tengo que verte inmediatamente. Tengo que enseñarte la carta, que me digas qué piensas, qué debo hacer y, sobre todo, qué coño hiciste esa noche con ese cuerpo. Y quiero saber por qué salió mal y por qué, aun así, te quedaste con mi puto dinero.
En otro momento, a Urso Medina le hubiese asustado considerablemente que Gerard Basella le hablase en ese tono, que desconfiase de él y que le pidiese explicaciones sobre un asunto de ese tipo. Le hubiera asustado incluso mucho, pero, en esa noche concreta y en ese preciso momento, a Medina sólo podía asustarle una cosa y todo lo demás carecía de importancia. Aun así contestó:
- Gerard, te juro que yo lo hice todo correctamente.
- Bueno – zanjó Basella, calando el cigarro – tengo que verte cuanto antes. ¿Cuándo y dónde?
- Estoy en el Hotel Heiter, ya lo sabes.
- Bien, ¿no quieres que te recoja en otro lado?
- Me da un poco igual.
- De acuerdo. En cuarenta minutos estate en la puerta. Pasarán a por ti. Después hablaremos.
- Está bien – contestó Medina.
- Hasta luego, Urso.
- Adiós.
El señor Medina colgó el teléfono y se fundió con el silencio. Estuvo un rato con la mirada perdida en el vacío, como noqueado. Que aquella misma noche, justo en un momento como el que estaba viviendo, la parte más recóndita y más siniestra de su pasado fuese a buscarle al último rincón del mundo para revelársele de nuevo le parecía demasiado.
Se levantó sin pensar, embobado. Dio un último trago al Loch Lomond y miró a su alrededor, como si buscase algo. Tenía que darse prisa. Quizá no le interesara el asunto que Basella tenía que explicarle, quizá incluso tuviera problemas. Pero en su situación le daba igual todo eso y, al menos, tendría algo que le mantuviese ocupado – aunque fuese para mal –. Después de todo no tenía mayor entretenimiento y era eso en lo que debía pensar si no quería volverse loco.
Aprovechó los cuarenta minutos que le había dado Gerard – y que serían, conociéndole, cuarenta minutos de reloj – para darse una ducha. No tenía otra ropa con la que cambiarse pero al menos se quitaría del cuerpo algo de olor a whisky. Y de los viejos tiempos recordaba que a Gerard Basella había que enfrentarlo presentable.
Mientras se metía en la ducha, recordaba. Recordaba una llamada como aquella, intempestiva, hacía diez años. “Estoy en mi villa, en el campo, ven inmediatamente. Ya conoces el camino”.
Y allí el cuadro terrible, como todos los que encontraba Urso Medina en aquel tiempo cuando se dedicaba a aquellas cosas a las que alguien tiene que dedicarse. En los momentos difíciles hay que resolver asuntos difíciles para sobrevivir. Aunque nunca hubiera pensado, hasta aquel día, que alguno de los trapos sucios por lavar fuera ni más ni menos que del señor Basella.
Pero ahí estaba él, en su lujosa villa del campo, con dos de sus empleados y un fiambre entre los tres. Ahí estaba, esperándole, con las manos tan sucias como el alma y sin saber qué hacer con aquel cuerpo.
“Recuerda que me debes un favor, Urso”. Y era verdad, le debía muchos. Incluso ahora, diez años después y tras haberse convertido en un hombre más que respetable, todavía le debía más de uno.
Seguía pensando en todo esto cuando bajó a la calle y comprobó, sin gusto, que volvía a llover. Esperaba bajo la marquesina del autobús, frente a la puerta del Hotel Heiter, a que llegase el coche que le recogería.
“Este es Urso Medina”, solía decir Basella cuando le presentaba a algún cliente. “Un tipo discreto, callado, sencillo. Y ha sido portero en un bar de copas: ¡eso es una garantía de profesionalidad para esta clase de trabajos!”. Y así, esforzadamente, manchándose las manos un poco y mucho el corazón, consiguió subir hasta donde había llegado. De vez en cuando Gerard solía recordarle: “no olvides que estás dónde estás por mí, Urso. No lo olvides por si alguna vez te necesito de nuevo”.
Pero no había vuelto a necesitarle otra vez. No hasta esta noche. No en tanto tiempo que el señor Medina se había acostumbrado, por fin, a ser únicamente un tipo respetable y con dinero. Un tipo normal acomodado e importante. Hasta que el destino se había conjurado para golpearle en el refugio defectuoso de sus células y para rematarle, quizá, con el pasado encarnado en Gerard Basella y reconvertido en alguna historia turbia como la de los viejos tiempos.
Esos tiempos fugaces y turbulentos que ponían el único paréntesis a su existencia, un paréntesis tan doloroso como excéntrico; una turbulencia que perturbaba la línea recta de sus años idénticos y mediocres. Paréntesis que se abría tras una vida de ocupaciones corrientes y miserables y que se cerraba para dar paso a otra distinta de aburrida y triste prosperidad no menos anodina.
Seguía con todos estos recuerdos y preguntándose, también, cómo podía seguir viva Natalia Fuenllana y por qué alguien se empeñaba en amargarle el poco tiempo que aún tenía, mientras la lluvia caía en torno a él y un coche negro se orillaba para ponerse al lado suyo.
Enlace: Capítulo III.
- Un momento, señor, voy a comprobarlo.
Es muy tarde. Ha estado lloviendo toda la maldita noche. Una de esas agobiantes lluvias de verano. Ya no cae agua pero el aire está empapado de ella, como si manase de la tierra, como si rebotase hacia el cielo, como si las gotas saltasen como chispas del calor de la tierra encendida y apretada. Todo está lleno de barro y sus cuerpos chorreando. Las ropas, negras de humedad.
Las farolas alumbran la tierra y la luz de la luna todo en derredor, y el resplandor de las ciudades rebota en el horizonte y lo pone todo rojo, el cielo, el suelo. Ese rojo de polígono tan familiar y tan sórdido en que se ha convertido la atmósfera de los campos y de las montañas, de las llanuras y de los valles. Lo que antes fue luz azul acuática de luna clara ahora es anaranjado estertor de brillos industriales.
La llanura es más plana y más extensa de lo que nunca fue, y rodeada a todos lados por vías de tren y carreteras que la encierran, como una muralla. Los ferrocarriles están lejos pero a él le parece que están a su lado y escucha las máquinas pitando y moviéndose y el estallido de los coches que recorren el asfalto, casi en su oreja. La inmensidad de la planicie le pone enfermo y le hace sentirse desnudo y cree que todo el mundo puede observarle desde las ventanas de los autos y desde el frescor de los vagones y señalarle mientras hace lo que hace. Nunca deseó tanto vivir entre montañas.
Sus dos empleados se fuman cigarrillos compulsivos y le miran, mientras se quitan el agua de la frente y se preguntan qué paso dar. En medio de los tres hombres bajo la luz roja y enferma que rebota la luna está el bulto inerte envuelto en cortinas y en abrigos como lienzos.
Yo no quería hacerlo… no quería hacerlo pero lo hice, ¡maldita sea!
- Sé lo que se trae entre manos.
No podía quitarse de la cabeza esa maldita conversación en el Palacio de Congresos.
- He visto lo que ha estado haciendo con esa chica. Conozco lo de sus abusos.
- Mira… creo que te estás equivocando.
- Le voy a decir una cosa: eso es acoso laboral. Y cuando se enteren los jueces no sé cómo le va a sentar a su carrera.
- Creo que te confundes, yo…
- No me venga usted con cuentos. Está usted jodido, señor mío.
Esa puta… yo no quería, ¡no quería hacerlo! Sólo quería hablar, lo juro. En realidad quería ofrecerle dinero. Estaba dispuesto a tapar con dinero su puñetera boca. Le metería tanto dinero que no se reconocería ni a sí misma, ¿eso es malo? No, ¿verdad?
Pero ella se asustó, creyó lo que no era… echó a gritar, echó a correr… mientras corría pedía auxilio… hice lo primero que se me ocurrió.
Y ahora está aquí, frita, en el suelo. Tan quieta y tan tiesa como un boquerón. Envuelta en lienzos como los viejos guerreros cuando los llevaban sobre escudos para quemarlos en el bosque. Pero esto es muy distinto.
La misma historia que se había repetido a sí mismo tantas veces… ¡yo no quería! Pero la había olvidado, la había enterrado en algún trastero en su memoria cerrado con siete llaves.
De vez en cuando le volvían los vacíos, los mareos y las angustias. Recordaba cómo le temblaban las piernas hasta casi dejar de sostenerle, cómo le recorrían la frente sudores fríos que le helaban en medio de la húmeda y tórrida noche del agosto máximo. Recordaba la sensación de vaciársele los ojos secos, de licuársele la sustancia misma del cerebro y caer como en un wáter por la cañería de su cuerpo justo hasta la parte más innoble.
¡Qué miedo da matar, maldita sea!
- ¿Y qué hacemos, Gerard?
- Yo que sé qué coño hacemos…
Y esa palabra escupía el humo del enésimo cigarro.
¿Qué hacemos? Hemos conseguido meter el cuerpo disimuladamente en el coche. Salir del Palacio de Congresos, repleto de policía… menos mal que soy quien soy. Si no, hubiera sido imposible.
Debo terminar con esto y meterlo en algún rincón oscuro de mi alma y no recordarlo jamás. Así que sé a quién tengo que llamar.
Y ojalá no tenga que pensar en ello nunca más hasta que me muera. Mañana tengo que ir a la iglesia o a donde quiera que me dejen rezar.
***
El teléfono. ¿Quién coño me llama? ¿Cómo es posible que sepan que estoy aquí? A lo mejor quieren recordarme que no se puede fumar u ofrecerme algún servicio para sacarme más dinero…
El señor Medina se quedó un minuto como bloqueado, como tonto mientras el aparato no dejaba de sonar y él se preguntaba cómo era posible sin darse cuenta de sus pensamientos. Aún embobado acercó una mano y con voz torpe contestó:
- ¿Sí?
- Señor Medina, perdone que le moleste – habló una voz plomiza al otro lado.
- No se preocupe.
- Le llamo de recepción – continuó la voz –. Una persona ha llamado al hotel preguntando por usted. Le tengo en espera. Quería saber si desea usted que le pase la llamada.
¿Cómo podían saber que estaba alojado ahí? ¡Si no llevaba ni una noche!
- ¿De parte de quién? – quiso saber Urso.
- Dice ser el señor Basella.
- ¡Basella! – un escalofrío recorrió la espalda cansada de Urso Medina.
- ¿Desea usted hablar con él?
El señor Medina dudó un segundo y casi titubeó, pero sin darse demasiado tiempo a cavilar, presionado, respondió que sí. Después sonó una voz muy distinta, profunda y oscura.
- Urso. ¿Estás ahí?
- Sí, estoy aquí.
- Soy yo, Gerard.
- Ya lo sé.
- Bueno, me andaré sin rodeos. Verás, quería…
- ¿Cómo coño sabes que estoy aquí? - le interrumpió Medina.
El hombre al otro lado tardó un poco en responder.
- ¿Dónde ibas a estar? Siempre estás en ese hotel de mierda. Llamé a tu apartamento y no me contestó nadie. ¿Ya no estás con tu mujer? ¿Os habéis vuelto a pelear?
- No, ya no estoy con mi mujer – replicó Urso, queriendo cambiar de tema.
- Bueno – contestó Gerard – la verdad es que no me importa. No te he llamado para hablar de eso.
- ¿Qué quieres? – el señor Medina empezaba a ponerse nervioso.
- Bueno… es un poco complicado hablar de eso por teléfono. Tenemos que vernos.
- No sé si puedo – replicó Urso.
- Urso, es cuestión de vida o muerte. – la voz de Basella no sonaba nerviosa.
- Tengo problemas – insistió Medina, como si no le importara.
- ¡Yo también tengo problemas! – repuso Gerard – por eso te he llamado.
El señor Medina suspiró y se frotó los ojos, cansado y mareado, y un poco harto. Mientras se le aclaraba la voz tomó aire y soltándolo dijo:
- Mira, tienes que contarme de qué va la historia porque si no, no sé si me interesa.
- Claro que te interesa, Urso. Sabes que siempre juego con mucho dinero.
- Ahora mismo me importa una mierda el dinero – admitió Medina, recordando su triste salud.
- No eres tan rico como yo, Urso.
- Te aseguro que, ahora mismo, me da igual el dinero.
- Bueno… ¿podemos vernos o no?
- Dime qué pasa… dímelo aunque sea por encima, joder. Pero si no me dices nada no pienso mover el culo de esta habitación.
Se hizo un silencio largo y tranquilo al otro lado. Como si Gerard se lo pensara o, más bien, como si quisiese dar una muestra de su autoridad haciendo entender que reflexionaba. El sonido inconfundible de una calada precedió a sus palabras siguientes:
- Bueno, seguro que te acuerdas de aquella mujer… Natalia. Natalia Fuenllana.
A Urso casi le molestó recordarlo.
- Sí, me acuerdo perfectamente.
- Bueno… recuerdas que tuve un… problema con ella.
- Sí.
- Y que tú simplemente te ocupaste de todo.
- Sí, me acuerdo, ¿y qué? Eso está resuelto. Hace años que no me dedico a esa clase de cosas.
- Pues parece que no lo resolviste tan bien, Urso.
- ¿Por qué dices eso?
- Está viva, Urso. Está vivita y coleando. Ha estado viva estos diez putos años y nosotros, tan tranquilos.
- ¿Qué? – exclamó Medina – eso es imposible. Imposible – remarcó.
- Te juro que no es imposible. Y lo sé porque me ha escrito. Me ha llegado una carta suya esta misma mañana.
Urso no contestó, por lo que el señor Basella siguió hablando:
- Tengo que verte inmediatamente. Tengo que enseñarte la carta, que me digas qué piensas, qué debo hacer y, sobre todo, qué coño hiciste esa noche con ese cuerpo. Y quiero saber por qué salió mal y por qué, aun así, te quedaste con mi puto dinero.
En otro momento, a Urso Medina le hubiese asustado considerablemente que Gerard Basella le hablase en ese tono, que desconfiase de él y que le pidiese explicaciones sobre un asunto de ese tipo. Le hubiera asustado incluso mucho, pero, en esa noche concreta y en ese preciso momento, a Medina sólo podía asustarle una cosa y todo lo demás carecía de importancia. Aun así contestó:
- Gerard, te juro que yo lo hice todo correctamente.
- Bueno – zanjó Basella, calando el cigarro – tengo que verte cuanto antes. ¿Cuándo y dónde?
- Estoy en el Hotel Heiter, ya lo sabes.
- Bien, ¿no quieres que te recoja en otro lado?
- Me da un poco igual.
- De acuerdo. En cuarenta minutos estate en la puerta. Pasarán a por ti. Después hablaremos.
- Está bien – contestó Medina.
- Hasta luego, Urso.
- Adiós.
El señor Medina colgó el teléfono y se fundió con el silencio. Estuvo un rato con la mirada perdida en el vacío, como noqueado. Que aquella misma noche, justo en un momento como el que estaba viviendo, la parte más recóndita y más siniestra de su pasado fuese a buscarle al último rincón del mundo para revelársele de nuevo le parecía demasiado.
Se levantó sin pensar, embobado. Dio un último trago al Loch Lomond y miró a su alrededor, como si buscase algo. Tenía que darse prisa. Quizá no le interesara el asunto que Basella tenía que explicarle, quizá incluso tuviera problemas. Pero en su situación le daba igual todo eso y, al menos, tendría algo que le mantuviese ocupado – aunque fuese para mal –. Después de todo no tenía mayor entretenimiento y era eso en lo que debía pensar si no quería volverse loco.
Aprovechó los cuarenta minutos que le había dado Gerard – y que serían, conociéndole, cuarenta minutos de reloj – para darse una ducha. No tenía otra ropa con la que cambiarse pero al menos se quitaría del cuerpo algo de olor a whisky. Y de los viejos tiempos recordaba que a Gerard Basella había que enfrentarlo presentable.
Mientras se metía en la ducha, recordaba. Recordaba una llamada como aquella, intempestiva, hacía diez años. “Estoy en mi villa, en el campo, ven inmediatamente. Ya conoces el camino”.
Y allí el cuadro terrible, como todos los que encontraba Urso Medina en aquel tiempo cuando se dedicaba a aquellas cosas a las que alguien tiene que dedicarse. En los momentos difíciles hay que resolver asuntos difíciles para sobrevivir. Aunque nunca hubiera pensado, hasta aquel día, que alguno de los trapos sucios por lavar fuera ni más ni menos que del señor Basella.
Pero ahí estaba él, en su lujosa villa del campo, con dos de sus empleados y un fiambre entre los tres. Ahí estaba, esperándole, con las manos tan sucias como el alma y sin saber qué hacer con aquel cuerpo.
“Recuerda que me debes un favor, Urso”. Y era verdad, le debía muchos. Incluso ahora, diez años después y tras haberse convertido en un hombre más que respetable, todavía le debía más de uno.
Seguía pensando en todo esto cuando bajó a la calle y comprobó, sin gusto, que volvía a llover. Esperaba bajo la marquesina del autobús, frente a la puerta del Hotel Heiter, a que llegase el coche que le recogería.
“Este es Urso Medina”, solía decir Basella cuando le presentaba a algún cliente. “Un tipo discreto, callado, sencillo. Y ha sido portero en un bar de copas: ¡eso es una garantía de profesionalidad para esta clase de trabajos!”. Y así, esforzadamente, manchándose las manos un poco y mucho el corazón, consiguió subir hasta donde había llegado. De vez en cuando Gerard solía recordarle: “no olvides que estás dónde estás por mí, Urso. No lo olvides por si alguna vez te necesito de nuevo”.
Pero no había vuelto a necesitarle otra vez. No hasta esta noche. No en tanto tiempo que el señor Medina se había acostumbrado, por fin, a ser únicamente un tipo respetable y con dinero. Un tipo normal acomodado e importante. Hasta que el destino se había conjurado para golpearle en el refugio defectuoso de sus células y para rematarle, quizá, con el pasado encarnado en Gerard Basella y reconvertido en alguna historia turbia como la de los viejos tiempos.
Esos tiempos fugaces y turbulentos que ponían el único paréntesis a su existencia, un paréntesis tan doloroso como excéntrico; una turbulencia que perturbaba la línea recta de sus años idénticos y mediocres. Paréntesis que se abría tras una vida de ocupaciones corrientes y miserables y que se cerraba para dar paso a otra distinta de aburrida y triste prosperidad no menos anodina.
Seguía con todos estos recuerdos y preguntándose, también, cómo podía seguir viva Natalia Fuenllana y por qué alguien se empeñaba en amargarle el poco tiempo que aún tenía, mientras la lluvia caía en torno a él y un coche negro se orillaba para ponerse al lado suyo.
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martes, 12 de octubre de 2010
La hora del señor Medina. Capítulo III
Enlace: Capítulo II
Primavera de 1980
La única luz que hay en la calle es la de la luna, que forma claros allí donde los rayos logran sortear los tejados de los edificios. Si alguien mira con la suficiente atención la esquina correcta del edificio que se encuentra dos manzanas por debajo del bar El Castillo, verá de reojo una silueta moviéndose con extremada cautela calle arriba. Pero muy poca gente se hace al frío de la calle, y los más valientes tienen cosas más importantes a las que dedicar su atención.
La sombra se desliza entre las cajas de cartón sin hacer el menor ruido, esquiva la basura acumulada en el callejón y se pega a la pared cuando oye que se abre la puerta lateral del bar. La luz ilumina restos de comida y algunas latas vacías, y se oye mucho más alto el bullicio de los clientes habituales... y de otros que no lo son. Uno de los camareros arroja una bolsa de color negro y enseguida las ratas se amontonan alrededor. Después, cierra la puerta y todo vuelve a quedar en penumbra.
Pese a la oscuridad, la sombra consigue apilar algunas cajas en forma de escalera, colocándolas y subiéndose encima de manera que soporten su peso sin doblarse. Haciendo equilibrios, llega a la ventana del almacén, da un suave empujón para abrirla, toma impulso y se cuela dentro sin demasiado esfuerzo.
Toma la precaución de no caer sobre ninguna botella, y se agazapa atento a cualquier sonido que se produzca en la escalera. Así transcurren unos minutos. Después se levanta, saca una pequeña linterna del bolsillo derecho y la enciende. Encuentra una caja de cervezas y muerde el cuello de una de ellas para abrirla. Se toma una y después otra y otra más, hasta perder la cuenta y la noción del tiempo.
Se despierta al oír pasos en la escalera, y el tipo que abre la puerta y enciende la luz lo encuentra rodeado de vómito y con los pantalones mojados. La pequeña silueta se tapa la cara y el joven se queda en la puerta mirándolo sin saber qué hacer. Entonces, coge del suelo la caja que traía consigo y la apila junto a las que tiene más cerca.
-Mira qué tenemos aquí -dice-, un pequeño hijo de puta trepando por la pared para robarnos la cerveza. Supongo que eres tú el que se cargó el cierre de la ventana la semana pasada, ¿no es así? Así que por fin te tenemos...
-Yo no he hecho nada...
-¿Qué has dicho?
Pero no hay respuesta, y el joven le aparta el brazo de la cara para verlo bien. Se trata de un niño de apenas quince o dieciséis años. Qué has dicho, le vuelve a preguntar, y el niño contesta:
-Yo no he hecho nada, joder, suéltame.
-Muy bien, pero ahora mismo vas a contarme qué coño haces aquí si no quieres que llame a la policía.
Y así es como se produce el encuentro de dos personalidades muy difíciles: la de un niño asustado, que se niega a hablar, que sabe que se ha metido en un lío, y la de un tipo algunos años mayor, canoso de echar a patadas a la gente de mal vino y sin ganas de tener más problemas de los que ya tiene. Y sin embargo a veces ocurre que personalidades así, tan fuertes y distintas, al cabo de un rato, quién sabe por qué, Dios sabe si porque no hay más alternativa o porque en realidad esas personalidades no están tan lejos la una de la otra, se acaban encontrando y compartiendo un cigarrillo a las cuatro de la mañana en un almacén cualquiera en el sur.
-En resumen, que te has escapado de casa y no puedes volver.
-Ajá.
-Parece una mala película de Hollywood.
-Las películas de Hollywood acaban bien.
-Vamos, seguro que tu padre no es tan mal tipo. Todo tiene arreglo en esta vida.
-¿Quieres que te vuelva a enseñar las marcas?
Él hace un gesto de dolor y le dice que no es necesario. Después le pregunta:
-¿Cómo te llamas, pequeño ladrón de cervezas?
-Raúl.
-Yo me llamo Urso.
-¿Urso? -Raúl se ríe-. Venga ya, nadie se llama Urso.
-Yo sí.
-Qué nombre tan estúpido.
-Gracias. Al menos yo no voy por ahí robando cervezas.
-Cierto, a ti te va mucho mejor: tienes que quedarte toda la noche recogiendo el almacén después de cerrar el bar. Qué envidia.
-Oh, ¿en serio? ¿Y qué quieres ser tú de mayor, señor importante?
-Voy a ser empresario. Un gran empresario, de los que ganan millones. De pequeño quería ser futbolista, pero ahora quiero ser de los que compran equipos de fútbol. Voy a tener una casa enorme con piscina, y me voy a casar. Quiero tener cinco o seis hijos, ¿sabes lo que digo? Y cuidar de ellos, no romperles los huesos.
Raúl habla con total convicción, no duda un segundo al hablar de su futuro. A pesar de todo, resulta ser un buen chico, piensa el joven Urso. "Y cuidar de ellos, no romperles los huesos". ¿Quién podría pegar a un niño? Es decir, pegarle de esta manera, pegarle hasta este punto. Es un buen chico, piensa, y pasan una o dos horas hablando y bromeando, y Urso le llama pequeño sinvergüenza y se ríe con él. Tal vez era esto lo que el niño necesitaba, piensa. Tal vez no necesitaba nada más, sólo alguien que le hiciera un poco de caso.
Ahora, treinta años más tarde, Urso Medina recuerda aquella noche con cierta nostalgia. Ciertamente le habría alegrado ver que Raúl se convertía en alguien importante, que salía de aquella casa en la que una semana le rompían un brazo y la semana siguiente una pierna y nadie le hacía ningún caso, y que montaba un pequeño negocio que iba progresando, y que al final la gente lo acababa llamando señor Raúl. Pero la vida es irónica. La vida es cruel, porque nos hace sacar pecho como si fuésemos dioses y al final nos demuestra que estábamos equivocados. Lo que a Urso le duele es que la vida de Raúl terminase de aquella manera tan cruel, por un golpe mal dado o dado demasiado fuerte, o por una mala caída, como había oído decir después en su calle.
-A lo mejor es que nadie es importante realmente -piensa-, por lo menos en términos absolutos. A lo mejor es que no somos más que un estorbo, y hoy estamos y mañana no estamos. Y tal vez nadie se merece que le traten de usted o le digan señor. Ante la muerte todos somos iguales.
El timbre del teléfono lo saca de su reflexión. Urso Medina lanza un suspiro. Pequeño sinvergüenza, piensa, y descuelga el auricular justo antes de repetirse que la vida es a veces irónica y terriblemente despiadada.
Primavera de 1980
La única luz que hay en la calle es la de la luna, que forma claros allí donde los rayos logran sortear los tejados de los edificios. Si alguien mira con la suficiente atención la esquina correcta del edificio que se encuentra dos manzanas por debajo del bar El Castillo, verá de reojo una silueta moviéndose con extremada cautela calle arriba. Pero muy poca gente se hace al frío de la calle, y los más valientes tienen cosas más importantes a las que dedicar su atención.
La sombra se desliza entre las cajas de cartón sin hacer el menor ruido, esquiva la basura acumulada en el callejón y se pega a la pared cuando oye que se abre la puerta lateral del bar. La luz ilumina restos de comida y algunas latas vacías, y se oye mucho más alto el bullicio de los clientes habituales... y de otros que no lo son. Uno de los camareros arroja una bolsa de color negro y enseguida las ratas se amontonan alrededor. Después, cierra la puerta y todo vuelve a quedar en penumbra.
Pese a la oscuridad, la sombra consigue apilar algunas cajas en forma de escalera, colocándolas y subiéndose encima de manera que soporten su peso sin doblarse. Haciendo equilibrios, llega a la ventana del almacén, da un suave empujón para abrirla, toma impulso y se cuela dentro sin demasiado esfuerzo.
Toma la precaución de no caer sobre ninguna botella, y se agazapa atento a cualquier sonido que se produzca en la escalera. Así transcurren unos minutos. Después se levanta, saca una pequeña linterna del bolsillo derecho y la enciende. Encuentra una caja de cervezas y muerde el cuello de una de ellas para abrirla. Se toma una y después otra y otra más, hasta perder la cuenta y la noción del tiempo.
Se despierta al oír pasos en la escalera, y el tipo que abre la puerta y enciende la luz lo encuentra rodeado de vómito y con los pantalones mojados. La pequeña silueta se tapa la cara y el joven se queda en la puerta mirándolo sin saber qué hacer. Entonces, coge del suelo la caja que traía consigo y la apila junto a las que tiene más cerca.
-Mira qué tenemos aquí -dice-, un pequeño hijo de puta trepando por la pared para robarnos la cerveza. Supongo que eres tú el que se cargó el cierre de la ventana la semana pasada, ¿no es así? Así que por fin te tenemos...
-Yo no he hecho nada...
-¿Qué has dicho?
Pero no hay respuesta, y el joven le aparta el brazo de la cara para verlo bien. Se trata de un niño de apenas quince o dieciséis años. Qué has dicho, le vuelve a preguntar, y el niño contesta:
-Yo no he hecho nada, joder, suéltame.
-Muy bien, pero ahora mismo vas a contarme qué coño haces aquí si no quieres que llame a la policía.
Y así es como se produce el encuentro de dos personalidades muy difíciles: la de un niño asustado, que se niega a hablar, que sabe que se ha metido en un lío, y la de un tipo algunos años mayor, canoso de echar a patadas a la gente de mal vino y sin ganas de tener más problemas de los que ya tiene. Y sin embargo a veces ocurre que personalidades así, tan fuertes y distintas, al cabo de un rato, quién sabe por qué, Dios sabe si porque no hay más alternativa o porque en realidad esas personalidades no están tan lejos la una de la otra, se acaban encontrando y compartiendo un cigarrillo a las cuatro de la mañana en un almacén cualquiera en el sur.
-En resumen, que te has escapado de casa y no puedes volver.
-Ajá.
-Parece una mala película de Hollywood.
-Las películas de Hollywood acaban bien.
-Vamos, seguro que tu padre no es tan mal tipo. Todo tiene arreglo en esta vida.
-¿Quieres que te vuelva a enseñar las marcas?
Él hace un gesto de dolor y le dice que no es necesario. Después le pregunta:
-¿Cómo te llamas, pequeño ladrón de cervezas?
-Raúl.
-Yo me llamo Urso.
-¿Urso? -Raúl se ríe-. Venga ya, nadie se llama Urso.
-Yo sí.
-Qué nombre tan estúpido.
-Gracias. Al menos yo no voy por ahí robando cervezas.
-Cierto, a ti te va mucho mejor: tienes que quedarte toda la noche recogiendo el almacén después de cerrar el bar. Qué envidia.
-Oh, ¿en serio? ¿Y qué quieres ser tú de mayor, señor importante?
-Voy a ser empresario. Un gran empresario, de los que ganan millones. De pequeño quería ser futbolista, pero ahora quiero ser de los que compran equipos de fútbol. Voy a tener una casa enorme con piscina, y me voy a casar. Quiero tener cinco o seis hijos, ¿sabes lo que digo? Y cuidar de ellos, no romperles los huesos.
Raúl habla con total convicción, no duda un segundo al hablar de su futuro. A pesar de todo, resulta ser un buen chico, piensa el joven Urso. "Y cuidar de ellos, no romperles los huesos". ¿Quién podría pegar a un niño? Es decir, pegarle de esta manera, pegarle hasta este punto. Es un buen chico, piensa, y pasan una o dos horas hablando y bromeando, y Urso le llama pequeño sinvergüenza y se ríe con él. Tal vez era esto lo que el niño necesitaba, piensa. Tal vez no necesitaba nada más, sólo alguien que le hiciera un poco de caso.
Ahora, treinta años más tarde, Urso Medina recuerda aquella noche con cierta nostalgia. Ciertamente le habría alegrado ver que Raúl se convertía en alguien importante, que salía de aquella casa en la que una semana le rompían un brazo y la semana siguiente una pierna y nadie le hacía ningún caso, y que montaba un pequeño negocio que iba progresando, y que al final la gente lo acababa llamando señor Raúl. Pero la vida es irónica. La vida es cruel, porque nos hace sacar pecho como si fuésemos dioses y al final nos demuestra que estábamos equivocados. Lo que a Urso le duele es que la vida de Raúl terminase de aquella manera tan cruel, por un golpe mal dado o dado demasiado fuerte, o por una mala caída, como había oído decir después en su calle.
-A lo mejor es que nadie es importante realmente -piensa-, por lo menos en términos absolutos. A lo mejor es que no somos más que un estorbo, y hoy estamos y mañana no estamos. Y tal vez nadie se merece que le traten de usted o le digan señor. Ante la muerte todos somos iguales.
El timbre del teléfono lo saca de su reflexión. Urso Medina lanza un suspiro. Pequeño sinvergüenza, piensa, y descuelga el auricular justo antes de repetirse que la vida es a veces irónica y terriblemente despiadada.
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lunes, 11 de octubre de 2010
La hora del señor Medina. Capítulo II
Por Javier Solera.
Enlace: Capítulo I
Había dejado de llover cuando el taxi llegó a la dirección indicada. La lluvia había parado, sí, pero el cielo seguía completamente blanco y el señor Medina tenía todavía empapado la gabardina plomiza, helada. Pagó al chófer sin mirarle a los ojos y salió del coche sin decir adiós, quedando como pasmado en el borde de la acera mientras escuchaba el motor alejarse a su espalda, perdido en medio de otros cientos de ruidos. La gente iba y venía de un lado para otro.
Dio unos pasos lentos e indecisos y se alineó con la esquina del primer bloque en la avenida. Su vista ascendió pesadamente piso a piso, recorriendo la antigua construcción manchada de humo y erizada de cresterías y de frisos adornando los numerosos balcones. Un toldo verde empapado bajo una gran roseta arropaba la entrada. Edificio Heiter, donde se alojaba el hotel de mismo nombre.
Urso Medina avanzó como sin pensar a lo largo de la acera hasta que accedió al bloque. Estaba claro que el personal del hotel le recordaba perfectamente, pero nadie hizo ademán de saludarse ni mostró interés o alegría por verle de nuevo.
Se acercó al mostrador de recepción mientras contemplaba el espectacular vestíbulo, elegante, galdosiano. Una gran escalera de piedra se bifurcaba a ambos lados para dar paso a las galerías, que se sucedían una sobre otra, repleta de habitaciones, hasta llegar muchos pisos más arriba a un techo acristalado.
El recepcionista le dio unas llaves y le indicó el número de su habitación. Justo la que el señor Medina había pedido, la que había ocupado en todas sus estancias: la 2.5. Piso dos. Habitación cinco.
En otras ocasiones había disfrutado subiendo las altas y empinadas escaleras, pero en aquel momento se sentía debilitado y utilizó el antiquísimo y crujiente ascensor de madera. Recorrió la galería ruidosamente - no había ni un alma - hasta llegar al dormitorio arrinconado en una esquina. Estaba tal como siempre.
El señor Medina se puso a rememorar, como buenamente pudo, todos los momentos vividos en aquel hotel. Momentos que por demás eran tan idénticos como mediocres. En general, su vida había sido una pura rutina, en la que cada día era difícil de distinguir del anterior y del siguiente.
Sus largas estancias en el Hotel Heiter eran generalmente insustanciales, salvo por la alternancia de ciertas mujeres a las que a veces se atrevía a traer, quizá, con el fin de marcar una diferencia en el paso rutinario de aquella recta carretera.
Al señor Medina, no obstante, siempre le había gustado alojarse allí. Está claro que había hoteles mucho mejores en la ciudad y que él podía permitírselos, pero le costaba acostumbrarse a algo porque no terminaba de sentirse cómodo hasta conocer el más mínimo detalle. Y había dormido tantas noches en aquella habitación - por motivos de trabajo - que sabía perfectamente el funcionamiento de cada pieza, dónde estaba todo y cómo latía el pulso del servicio. Prefería la tranquilidad y el control a un lujo de la naturaleza que fuera, por otro lado caro e inútil.
Dejó sus trastos por encima de la cama mientras se sonaba la nariz. Le resultaba estúpido que, en su actual situación, lo más engorroso para él fuera un miserable resfriado. Pero por lo pronto no sentía mayores molestias en su salud que las que le habían llevado a visitar al médico. Molestias en todo caso totalmente menores; tal había sido su sorpresa al recibir el fatal diagnóstico. Hubiese jurado que su dolencia era una minucia, ya que no se encontraba mal especialmente.
Se sentó pesadamente en la cama y miró en derredor. La moqueta verde y las paredes color cereza le daban a la habitación un tono asfixiante saturado de color, congestión agravada por el rojo intenso de las sillas de inspiración neoclásica. La única nota de serenidad la ponían las cortinas color crema, del todo discretas y corrientes. El resto de los muebles era también a imitación de épocas más nobles. Casi la tele, no renovada en muchísimos años - quizá ni se viera hoy día - parecía unirse a esa rememoración. Y todo el menaje tenía la misma inscripción, impresa o bordada: Hotel Heiter - Calle Berlín, nº 1.
Abrió una botella de Loch Lomond que encontró en el minibar y se sirvió una copa en vaso ancho, con tres hielos. Le hubiese gustado añadir limón a la mezcla, pues era poco dado a la bebida y le costaba tolerar los sabores fuertes; pero en la nevera no había más refresco que algunas botellas de tónica, la cual odiaba.
Un whisky excelente, se dijo sin embargo. Si algo le hacía sentir simpatía por el Hotel Heiter era el buen gusto de sus responsables por las importaciones. Cuando agitaba el vaso aireando el caldo le dio por pensar que quizá estuviese contraindicado para alguna de sus medicaciones, o que sería un agravante de su enfermedad.
- Agravante... - se dijo - ¿Puede esto ser más grave?
Empezó a beber, y cuando se dio cuenta había bebido varias copas. Durante aquel rato que no supo medir en el tiempo su cabeza sufrió una explosión. El miedo, las dudas y la confusión más angustiosa salieron de su mente y como un enjambre volaron a su alrededor; un huracán enloquecido e invisible y terrible porque sólo lo podía escuchar él mismo, sentir sus ráfagas cortantes. Así se mantuvo bebiendo y cavilando en el desasosiego hasta que todo, de repente, paró. Le pareció como si ese remolino de emociones dolorosas se hubiese quedado de repente atrapado en alguna diminuta cajita, encerrada en algún rincón escondido de su cuerpo.
Sabía que su mente se había bloqueado y que había entrado en un estado de choque. Que todo se había detenido porque su cabeza no podía seguir procesando esa información - como quizá ningún hombre pueda -. Que todo aquello estaría ahí encerrado hasta que, justo antes del fatal momento, estallaría y empezaría a devenir en locura.
Como si en ese momento la cercanía al abismo le infiriese una fuerza o una determinación desconocidas, dejó por un segundo sus divagaciones y se dijo a sí mismo que debía hacer algo. Que debía aprovechar ese lapso en que el choque sustituiría al pánico puro y duro. Que tenía que dejar algún tipo de impronta en su propia existencia absurda antes de que el miedo en su estado más puro volviera a convertirlo en un pelele.
Así pues, nervioso, se puso de pie y empezó a recorrer la habitación, reconcomiéndose. Tenía que hacer algo, ¿pero qué? ¿Para qué aprovechar el breve espacio hasta la hora definitiva? Simplemente supo ponerse a recordar. Empezó recordando su primera noche en el hotel y todas las otras, que habían sido muchas. Siempre le había gustado alojarse ahí, incluso cuando no le obligaba ningún motivo laboral; incluso cuando aún no había perdido el contacto con su familia.
Luego, como un flash, le vino a la mente un momento olvidado hacía años. Uno de esos episodios de la vida que, sin motivo alguno, todos tenemos como velados, como apartados, como si nunca hubieran sido. Un episodio tan corriente como cualquier otro.
Un episodio que sucedió en un almacén situado sobre un bar, en un callejón, en aquella ciudad del sur.
Enlace: Capítulo I
Había dejado de llover cuando el taxi llegó a la dirección indicada. La lluvia había parado, sí, pero el cielo seguía completamente blanco y el señor Medina tenía todavía empapado la gabardina plomiza, helada. Pagó al chófer sin mirarle a los ojos y salió del coche sin decir adiós, quedando como pasmado en el borde de la acera mientras escuchaba el motor alejarse a su espalda, perdido en medio de otros cientos de ruidos. La gente iba y venía de un lado para otro.
Dio unos pasos lentos e indecisos y se alineó con la esquina del primer bloque en la avenida. Su vista ascendió pesadamente piso a piso, recorriendo la antigua construcción manchada de humo y erizada de cresterías y de frisos adornando los numerosos balcones. Un toldo verde empapado bajo una gran roseta arropaba la entrada. Edificio Heiter, donde se alojaba el hotel de mismo nombre.
Urso Medina avanzó como sin pensar a lo largo de la acera hasta que accedió al bloque. Estaba claro que el personal del hotel le recordaba perfectamente, pero nadie hizo ademán de saludarse ni mostró interés o alegría por verle de nuevo.
Se acercó al mostrador de recepción mientras contemplaba el espectacular vestíbulo, elegante, galdosiano. Una gran escalera de piedra se bifurcaba a ambos lados para dar paso a las galerías, que se sucedían una sobre otra, repleta de habitaciones, hasta llegar muchos pisos más arriba a un techo acristalado.
El recepcionista le dio unas llaves y le indicó el número de su habitación. Justo la que el señor Medina había pedido, la que había ocupado en todas sus estancias: la 2.5. Piso dos. Habitación cinco.
En otras ocasiones había disfrutado subiendo las altas y empinadas escaleras, pero en aquel momento se sentía debilitado y utilizó el antiquísimo y crujiente ascensor de madera. Recorrió la galería ruidosamente - no había ni un alma - hasta llegar al dormitorio arrinconado en una esquina. Estaba tal como siempre.
El señor Medina se puso a rememorar, como buenamente pudo, todos los momentos vividos en aquel hotel. Momentos que por demás eran tan idénticos como mediocres. En general, su vida había sido una pura rutina, en la que cada día era difícil de distinguir del anterior y del siguiente.
Sus largas estancias en el Hotel Heiter eran generalmente insustanciales, salvo por la alternancia de ciertas mujeres a las que a veces se atrevía a traer, quizá, con el fin de marcar una diferencia en el paso rutinario de aquella recta carretera.
Al señor Medina, no obstante, siempre le había gustado alojarse allí. Está claro que había hoteles mucho mejores en la ciudad y que él podía permitírselos, pero le costaba acostumbrarse a algo porque no terminaba de sentirse cómodo hasta conocer el más mínimo detalle. Y había dormido tantas noches en aquella habitación - por motivos de trabajo - que sabía perfectamente el funcionamiento de cada pieza, dónde estaba todo y cómo latía el pulso del servicio. Prefería la tranquilidad y el control a un lujo de la naturaleza que fuera, por otro lado caro e inútil.
Dejó sus trastos por encima de la cama mientras se sonaba la nariz. Le resultaba estúpido que, en su actual situación, lo más engorroso para él fuera un miserable resfriado. Pero por lo pronto no sentía mayores molestias en su salud que las que le habían llevado a visitar al médico. Molestias en todo caso totalmente menores; tal había sido su sorpresa al recibir el fatal diagnóstico. Hubiese jurado que su dolencia era una minucia, ya que no se encontraba mal especialmente.
Se sentó pesadamente en la cama y miró en derredor. La moqueta verde y las paredes color cereza le daban a la habitación un tono asfixiante saturado de color, congestión agravada por el rojo intenso de las sillas de inspiración neoclásica. La única nota de serenidad la ponían las cortinas color crema, del todo discretas y corrientes. El resto de los muebles era también a imitación de épocas más nobles. Casi la tele, no renovada en muchísimos años - quizá ni se viera hoy día - parecía unirse a esa rememoración. Y todo el menaje tenía la misma inscripción, impresa o bordada: Hotel Heiter - Calle Berlín, nº 1.
Abrió una botella de Loch Lomond que encontró en el minibar y se sirvió una copa en vaso ancho, con tres hielos. Le hubiese gustado añadir limón a la mezcla, pues era poco dado a la bebida y le costaba tolerar los sabores fuertes; pero en la nevera no había más refresco que algunas botellas de tónica, la cual odiaba.
Un whisky excelente, se dijo sin embargo. Si algo le hacía sentir simpatía por el Hotel Heiter era el buen gusto de sus responsables por las importaciones. Cuando agitaba el vaso aireando el caldo le dio por pensar que quizá estuviese contraindicado para alguna de sus medicaciones, o que sería un agravante de su enfermedad.
- Agravante... - se dijo - ¿Puede esto ser más grave?
Empezó a beber, y cuando se dio cuenta había bebido varias copas. Durante aquel rato que no supo medir en el tiempo su cabeza sufrió una explosión. El miedo, las dudas y la confusión más angustiosa salieron de su mente y como un enjambre volaron a su alrededor; un huracán enloquecido e invisible y terrible porque sólo lo podía escuchar él mismo, sentir sus ráfagas cortantes. Así se mantuvo bebiendo y cavilando en el desasosiego hasta que todo, de repente, paró. Le pareció como si ese remolino de emociones dolorosas se hubiese quedado de repente atrapado en alguna diminuta cajita, encerrada en algún rincón escondido de su cuerpo.
Sabía que su mente se había bloqueado y que había entrado en un estado de choque. Que todo se había detenido porque su cabeza no podía seguir procesando esa información - como quizá ningún hombre pueda -. Que todo aquello estaría ahí encerrado hasta que, justo antes del fatal momento, estallaría y empezaría a devenir en locura.
Como si en ese momento la cercanía al abismo le infiriese una fuerza o una determinación desconocidas, dejó por un segundo sus divagaciones y se dijo a sí mismo que debía hacer algo. Que debía aprovechar ese lapso en que el choque sustituiría al pánico puro y duro. Que tenía que dejar algún tipo de impronta en su propia existencia absurda antes de que el miedo en su estado más puro volviera a convertirlo en un pelele.
Así pues, nervioso, se puso de pie y empezó a recorrer la habitación, reconcomiéndose. Tenía que hacer algo, ¿pero qué? ¿Para qué aprovechar el breve espacio hasta la hora definitiva? Simplemente supo ponerse a recordar. Empezó recordando su primera noche en el hotel y todas las otras, que habían sido muchas. Siempre le había gustado alojarse ahí, incluso cuando no le obligaba ningún motivo laboral; incluso cuando aún no había perdido el contacto con su familia.
Luego, como un flash, le vino a la mente un momento olvidado hacía años. Uno de esos episodios de la vida que, sin motivo alguno, todos tenemos como velados, como apartados, como si nunca hubieran sido. Un episodio tan corriente como cualquier otro.
Un episodio que sucedió en un almacén situado sobre un bar, en un callejón, en aquella ciudad del sur.
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