Llevo ya algunos meses fuera de casa. Tal vez debería empezar por ahí: debería explicar en primer lugar mi situación.
Desde hacía algunos años, las cosas en casa se habían vuelto insoportables. Mi mujer bebía, bebía como cincuenta, e imagino que todavía lo hace, si es que aún no ha contraído cirrosis. Vivía yo, vean, con una borracha maloliente. Esto es así porque, al caer cada noche o cada dos noches sobre el viejo sofá del salón, abrigada como venía de la calle y acalorada por el alcohol, comenzaba a sudar de una manera espantosa. A esto había que sumarle el olor del tabaco adherido a una ropa que se cambiaba muy de vez en cuando. A veces, durmiendo yo en la habitación, me despertaba por el mal olor y tenía que abrir todas las ventanas, a pesar del frío que hacía en la calle.
Una vez vino a visitarme una antigua amistad a la que hacía tiempo que no veía, y llegó tan de improviso que no tuve tiempo de adecentar la casa. Sólo tuve tiempo de despertar a mi mujer para que dejara libre el sofá y se fuera a dormir a la cama, pero no lo conseguí: tuve que tirarle del brazo para incorporarla y dejarla sentada allí mismo. Pretexté ante mi amigo que se encontraba enferma, y, puesto que no iba a abandonarla en esa situación, no podía llevarme a mi invitado a tomar un café en la avenida o a cualquier otro sitio, así que en ese estado lamentable pasamos la tarde. Él, por supuesto, se excusó muy temprano, sin duda por lo incómodo que resultaba hablar conmigo mientras una mujer sucia y borracha roncaba a mi lado como un trasto viejo.
Y en este punto ocurrió algo realmente curioso: mi amigo volvió a visitarme al día siguiente. Esta vez se quedó más tiempo, y durante su visita observé que, a intervalos, lanzaba algunas miradas a mi mujer. No quise precipitarme ni acusarle de algo de lo que no estaba seguro, así que guardé silencio sobre el tema y actué como de costumbre. Aquella tarde cogió su sombrero y nos despedimos con el mayor afecto.
Pero volvió una vez más, y después otra vez, y yo empecé a sospechar seriamente de mi amigo. Por supuesto, traté de convencerme de que todo eran estúpidas invenciones mías y de que no debía hacer ningún caso de mis sospechas, hasta que en una ocasión me habló aparte, y me confesó que se sentía atraído por mi mujer. Yo asomé la cabeza para asegurarme de que me hablaba realmente de ella, y, si he de ser sincero, no podía creerlo ni por un instante. La veía allí, de cualquier manera, sobre el sofá, haciendo aquel ruido tan desagradable, manchada de sudor, oliendo a... en fin, oliendo francamente mal, y me preguntaba si él no se habría vuelto rematadamente loco. Barajé la hipótesis de que en el aire se hubiera mezclado alguna sustancia venenosa que le hubiera afectado, tal vez vapor de mercurio o alguna cosa parecida, pero me parecía altamente improbable. Me sorprendió tanto su confesión que durante unos segundos fui incapaz de hablarle. Finalmente, pude decirle algunas palabras. «Mi querido amigo», dije, «si estás seguro de tus sentimientos (¿pero realmente lo estás, querido amigo?), y si eres correspondido y aceptas cargar con ella el resto de tu vida... esta casa y todo lo que hay en ella es tuyo desde hoy».
Él no cabía en sí de satisfacción. Pero tuvo una curiosa forma de agradecérmelo: me hizo cederle legalmente todas mis propiedades, y después me echó de allí, como se echa a un desconocido o a un testigo de Jehová.
Así que, por este acontecimiento surrealista, me veo en la calle en esta noche tan fría en que presiento que se acerca mi final. Puede parecerles gracioso, señores, pero les aseguro que no lo es en absoluto. Me duelen los huesos, me duelen muchísimo, y no tengo para taparme más que un cartón enmohecido y algunas hojas de periódico.
Y un policía se acerca a mí y me dice: «Eh, tú, no puedes dormir aquí». Y yo le contesto: «¿Y qué me puede importar? ¡Lárguese! ¡Lárguese, estúpido! ¿Acaso no ve que me estoy muriendo, helado y solo en este sucio cartón?».
sábado, 16 de octubre de 2010
martes, 12 de octubre de 2010
La hora del señor Medina. Capítulo III
Enlace: Capítulo II
Primavera de 1980
La única luz que hay en la calle es la de la luna, que forma claros allí donde los rayos logran sortear los tejados de los edificios. Si alguien mira con la suficiente atención la esquina correcta del edificio que se encuentra dos manzanas por debajo del bar El Castillo, verá de reojo una silueta moviéndose con extremada cautela calle arriba. Pero muy poca gente se hace al frío de la calle, y los más valientes tienen cosas más importantes a las que dedicar su atención.
La sombra se desliza entre las cajas de cartón sin hacer el menor ruido, esquiva la basura acumulada en el callejón y se pega a la pared cuando oye que se abre la puerta lateral del bar. La luz ilumina restos de comida y algunas latas vacías, y se oye mucho más alto el bullicio de los clientes habituales... y de otros que no lo son. Uno de los camareros arroja una bolsa de color negro y enseguida las ratas se amontonan alrededor. Después, cierra la puerta y todo vuelve a quedar en penumbra.
Pese a la oscuridad, la sombra consigue apilar algunas cajas en forma de escalera, colocándolas y subiéndose encima de manera que soporten su peso sin doblarse. Haciendo equilibrios, llega a la ventana del almacén, da un suave empujón para abrirla, toma impulso y se cuela dentro sin demasiado esfuerzo.
Toma la precaución de no caer sobre ninguna botella, y se agazapa atento a cualquier sonido que se produzca en la escalera. Así transcurren unos minutos. Después se levanta, saca una pequeña linterna del bolsillo derecho y la enciende. Encuentra una caja de cervezas y muerde el cuello de una de ellas para abrirla. Se toma una y después otra y otra más, hasta perder la cuenta y la noción del tiempo.
Se despierta al oír pasos en la escalera, y el tipo que abre la puerta y enciende la luz lo encuentra rodeado de vómito y con los pantalones mojados. La pequeña silueta se tapa la cara y el joven se queda en la puerta mirándolo sin saber qué hacer. Entonces, coge del suelo la caja que traía consigo y la apila junto a las que tiene más cerca.
-Mira qué tenemos aquí -dice-, un pequeño hijo de puta trepando por la pared para robarnos la cerveza. Supongo que eres tú el que se cargó el cierre de la ventana la semana pasada, ¿no es así? Así que por fin te tenemos...
-Yo no he hecho nada...
-¿Qué has dicho?
Pero no hay respuesta, y el joven le aparta el brazo de la cara para verlo bien. Se trata de un niño de apenas quince o dieciséis años. Qué has dicho, le vuelve a preguntar, y el niño contesta:
-Yo no he hecho nada, joder, suéltame.
-Muy bien, pero ahora mismo vas a contarme qué coño haces aquí si no quieres que llame a la policía.
Y así es como se produce el encuentro de dos personalidades muy difíciles: la de un niño asustado, que se niega a hablar, que sabe que se ha metido en un lío, y la de un tipo algunos años mayor, canoso de echar a patadas a la gente de mal vino y sin ganas de tener más problemas de los que ya tiene. Y sin embargo a veces ocurre que personalidades así, tan fuertes y distintas, al cabo de un rato, quién sabe por qué, Dios sabe si porque no hay más alternativa o porque en realidad esas personalidades no están tan lejos la una de la otra, se acaban encontrando y compartiendo un cigarrillo a las cuatro de la mañana en un almacén cualquiera en el sur.
-En resumen, que te has escapado de casa y no puedes volver.
-Ajá.
-Parece una mala película de Hollywood.
-Las películas de Hollywood acaban bien.
-Vamos, seguro que tu padre no es tan mal tipo. Todo tiene arreglo en esta vida.
-¿Quieres que te vuelva a enseñar las marcas?
Él hace un gesto de dolor y le dice que no es necesario. Después le pregunta:
-¿Cómo te llamas, pequeño ladrón de cervezas?
-Raúl.
-Yo me llamo Urso.
-¿Urso? -Raúl se ríe-. Venga ya, nadie se llama Urso.
-Yo sí.
-Qué nombre tan estúpido.
-Gracias. Al menos yo no voy por ahí robando cervezas.
-Cierto, a ti te va mucho mejor: tienes que quedarte toda la noche recogiendo el almacén después de cerrar el bar. Qué envidia.
-Oh, ¿en serio? ¿Y qué quieres ser tú de mayor, señor importante?
-Voy a ser empresario. Un gran empresario, de los que ganan millones. De pequeño quería ser futbolista, pero ahora quiero ser de los que compran equipos de fútbol. Voy a tener una casa enorme con piscina, y me voy a casar. Quiero tener cinco o seis hijos, ¿sabes lo que digo? Y cuidar de ellos, no romperles los huesos.
Raúl habla con total convicción, no duda un segundo al hablar de su futuro. A pesar de todo, resulta ser un buen chico, piensa el joven Urso. "Y cuidar de ellos, no romperles los huesos". ¿Quién podría pegar a un niño? Es decir, pegarle de esta manera, pegarle hasta este punto. Es un buen chico, piensa, y pasan una o dos horas hablando y bromeando, y Urso le llama pequeño sinvergüenza y se ríe con él. Tal vez era esto lo que el niño necesitaba, piensa. Tal vez no necesitaba nada más, sólo alguien que le hiciera un poco de caso.
Ahora, treinta años más tarde, Urso Medina recuerda aquella noche con cierta nostalgia. Ciertamente le habría alegrado ver que Raúl se convertía en alguien importante, que salía de aquella casa en la que una semana le rompían un brazo y la semana siguiente una pierna y nadie le hacía ningún caso, y que montaba un pequeño negocio que iba progresando, y que al final la gente lo acababa llamando señor Raúl. Pero la vida es irónica. La vida es cruel, porque nos hace sacar pecho como si fuésemos dioses y al final nos demuestra que estábamos equivocados. Lo que a Urso le duele es que la vida de Raúl terminase de aquella manera tan cruel, por un golpe mal dado o dado demasiado fuerte, o por una mala caída, como había oído decir después en su calle.
-A lo mejor es que nadie es importante realmente -piensa-, por lo menos en términos absolutos. A lo mejor es que no somos más que un estorbo, y hoy estamos y mañana no estamos. Y tal vez nadie se merece que le traten de usted o le digan señor. Ante la muerte todos somos iguales.
El timbre del teléfono lo saca de su reflexión. Urso Medina lanza un suspiro. Pequeño sinvergüenza, piensa, y descuelga el auricular justo antes de repetirse que la vida es a veces irónica y terriblemente despiadada.
Primavera de 1980
La única luz que hay en la calle es la de la luna, que forma claros allí donde los rayos logran sortear los tejados de los edificios. Si alguien mira con la suficiente atención la esquina correcta del edificio que se encuentra dos manzanas por debajo del bar El Castillo, verá de reojo una silueta moviéndose con extremada cautela calle arriba. Pero muy poca gente se hace al frío de la calle, y los más valientes tienen cosas más importantes a las que dedicar su atención.
La sombra se desliza entre las cajas de cartón sin hacer el menor ruido, esquiva la basura acumulada en el callejón y se pega a la pared cuando oye que se abre la puerta lateral del bar. La luz ilumina restos de comida y algunas latas vacías, y se oye mucho más alto el bullicio de los clientes habituales... y de otros que no lo son. Uno de los camareros arroja una bolsa de color negro y enseguida las ratas se amontonan alrededor. Después, cierra la puerta y todo vuelve a quedar en penumbra.
Pese a la oscuridad, la sombra consigue apilar algunas cajas en forma de escalera, colocándolas y subiéndose encima de manera que soporten su peso sin doblarse. Haciendo equilibrios, llega a la ventana del almacén, da un suave empujón para abrirla, toma impulso y se cuela dentro sin demasiado esfuerzo.
Toma la precaución de no caer sobre ninguna botella, y se agazapa atento a cualquier sonido que se produzca en la escalera. Así transcurren unos minutos. Después se levanta, saca una pequeña linterna del bolsillo derecho y la enciende. Encuentra una caja de cervezas y muerde el cuello de una de ellas para abrirla. Se toma una y después otra y otra más, hasta perder la cuenta y la noción del tiempo.
Se despierta al oír pasos en la escalera, y el tipo que abre la puerta y enciende la luz lo encuentra rodeado de vómito y con los pantalones mojados. La pequeña silueta se tapa la cara y el joven se queda en la puerta mirándolo sin saber qué hacer. Entonces, coge del suelo la caja que traía consigo y la apila junto a las que tiene más cerca.
-Mira qué tenemos aquí -dice-, un pequeño hijo de puta trepando por la pared para robarnos la cerveza. Supongo que eres tú el que se cargó el cierre de la ventana la semana pasada, ¿no es así? Así que por fin te tenemos...
-Yo no he hecho nada...
-¿Qué has dicho?
Pero no hay respuesta, y el joven le aparta el brazo de la cara para verlo bien. Se trata de un niño de apenas quince o dieciséis años. Qué has dicho, le vuelve a preguntar, y el niño contesta:
-Yo no he hecho nada, joder, suéltame.
-Muy bien, pero ahora mismo vas a contarme qué coño haces aquí si no quieres que llame a la policía.
Y así es como se produce el encuentro de dos personalidades muy difíciles: la de un niño asustado, que se niega a hablar, que sabe que se ha metido en un lío, y la de un tipo algunos años mayor, canoso de echar a patadas a la gente de mal vino y sin ganas de tener más problemas de los que ya tiene. Y sin embargo a veces ocurre que personalidades así, tan fuertes y distintas, al cabo de un rato, quién sabe por qué, Dios sabe si porque no hay más alternativa o porque en realidad esas personalidades no están tan lejos la una de la otra, se acaban encontrando y compartiendo un cigarrillo a las cuatro de la mañana en un almacén cualquiera en el sur.
-En resumen, que te has escapado de casa y no puedes volver.
-Ajá.
-Parece una mala película de Hollywood.
-Las películas de Hollywood acaban bien.
-Vamos, seguro que tu padre no es tan mal tipo. Todo tiene arreglo en esta vida.
-¿Quieres que te vuelva a enseñar las marcas?
Él hace un gesto de dolor y le dice que no es necesario. Después le pregunta:
-¿Cómo te llamas, pequeño ladrón de cervezas?
-Raúl.
-Yo me llamo Urso.
-¿Urso? -Raúl se ríe-. Venga ya, nadie se llama Urso.
-Yo sí.
-Qué nombre tan estúpido.
-Gracias. Al menos yo no voy por ahí robando cervezas.
-Cierto, a ti te va mucho mejor: tienes que quedarte toda la noche recogiendo el almacén después de cerrar el bar. Qué envidia.
-Oh, ¿en serio? ¿Y qué quieres ser tú de mayor, señor importante?
-Voy a ser empresario. Un gran empresario, de los que ganan millones. De pequeño quería ser futbolista, pero ahora quiero ser de los que compran equipos de fútbol. Voy a tener una casa enorme con piscina, y me voy a casar. Quiero tener cinco o seis hijos, ¿sabes lo que digo? Y cuidar de ellos, no romperles los huesos.
Raúl habla con total convicción, no duda un segundo al hablar de su futuro. A pesar de todo, resulta ser un buen chico, piensa el joven Urso. "Y cuidar de ellos, no romperles los huesos". ¿Quién podría pegar a un niño? Es decir, pegarle de esta manera, pegarle hasta este punto. Es un buen chico, piensa, y pasan una o dos horas hablando y bromeando, y Urso le llama pequeño sinvergüenza y se ríe con él. Tal vez era esto lo que el niño necesitaba, piensa. Tal vez no necesitaba nada más, sólo alguien que le hiciera un poco de caso.
Ahora, treinta años más tarde, Urso Medina recuerda aquella noche con cierta nostalgia. Ciertamente le habría alegrado ver que Raúl se convertía en alguien importante, que salía de aquella casa en la que una semana le rompían un brazo y la semana siguiente una pierna y nadie le hacía ningún caso, y que montaba un pequeño negocio que iba progresando, y que al final la gente lo acababa llamando señor Raúl. Pero la vida es irónica. La vida es cruel, porque nos hace sacar pecho como si fuésemos dioses y al final nos demuestra que estábamos equivocados. Lo que a Urso le duele es que la vida de Raúl terminase de aquella manera tan cruel, por un golpe mal dado o dado demasiado fuerte, o por una mala caída, como había oído decir después en su calle.
-A lo mejor es que nadie es importante realmente -piensa-, por lo menos en términos absolutos. A lo mejor es que no somos más que un estorbo, y hoy estamos y mañana no estamos. Y tal vez nadie se merece que le traten de usted o le digan señor. Ante la muerte todos somos iguales.
El timbre del teléfono lo saca de su reflexión. Urso Medina lanza un suspiro. Pequeño sinvergüenza, piensa, y descuelga el auricular justo antes de repetirse que la vida es a veces irónica y terriblemente despiadada.
Etiquetas:
cuentos,
la hora del señor medina
lunes, 11 de octubre de 2010
La hora del señor Medina. Capítulo II
Por Javier Solera.
Enlace: Capítulo I
Había dejado de llover cuando el taxi llegó a la dirección indicada. La lluvia había parado, sí, pero el cielo seguía completamente blanco y el señor Medina tenía todavía empapado la gabardina plomiza, helada. Pagó al chófer sin mirarle a los ojos y salió del coche sin decir adiós, quedando como pasmado en el borde de la acera mientras escuchaba el motor alejarse a su espalda, perdido en medio de otros cientos de ruidos. La gente iba y venía de un lado para otro.
Dio unos pasos lentos e indecisos y se alineó con la esquina del primer bloque en la avenida. Su vista ascendió pesadamente piso a piso, recorriendo la antigua construcción manchada de humo y erizada de cresterías y de frisos adornando los numerosos balcones. Un toldo verde empapado bajo una gran roseta arropaba la entrada. Edificio Heiter, donde se alojaba el hotel de mismo nombre.
Urso Medina avanzó como sin pensar a lo largo de la acera hasta que accedió al bloque. Estaba claro que el personal del hotel le recordaba perfectamente, pero nadie hizo ademán de saludarse ni mostró interés o alegría por verle de nuevo.
Se acercó al mostrador de recepción mientras contemplaba el espectacular vestíbulo, elegante, galdosiano. Una gran escalera de piedra se bifurcaba a ambos lados para dar paso a las galerías, que se sucedían una sobre otra, repleta de habitaciones, hasta llegar muchos pisos más arriba a un techo acristalado.
El recepcionista le dio unas llaves y le indicó el número de su habitación. Justo la que el señor Medina había pedido, la que había ocupado en todas sus estancias: la 2.5. Piso dos. Habitación cinco.
En otras ocasiones había disfrutado subiendo las altas y empinadas escaleras, pero en aquel momento se sentía debilitado y utilizó el antiquísimo y crujiente ascensor de madera. Recorrió la galería ruidosamente - no había ni un alma - hasta llegar al dormitorio arrinconado en una esquina. Estaba tal como siempre.
El señor Medina se puso a rememorar, como buenamente pudo, todos los momentos vividos en aquel hotel. Momentos que por demás eran tan idénticos como mediocres. En general, su vida había sido una pura rutina, en la que cada día era difícil de distinguir del anterior y del siguiente.
Sus largas estancias en el Hotel Heiter eran generalmente insustanciales, salvo por la alternancia de ciertas mujeres a las que a veces se atrevía a traer, quizá, con el fin de marcar una diferencia en el paso rutinario de aquella recta carretera.
Al señor Medina, no obstante, siempre le había gustado alojarse allí. Está claro que había hoteles mucho mejores en la ciudad y que él podía permitírselos, pero le costaba acostumbrarse a algo porque no terminaba de sentirse cómodo hasta conocer el más mínimo detalle. Y había dormido tantas noches en aquella habitación - por motivos de trabajo - que sabía perfectamente el funcionamiento de cada pieza, dónde estaba todo y cómo latía el pulso del servicio. Prefería la tranquilidad y el control a un lujo de la naturaleza que fuera, por otro lado caro e inútil.
Dejó sus trastos por encima de la cama mientras se sonaba la nariz. Le resultaba estúpido que, en su actual situación, lo más engorroso para él fuera un miserable resfriado. Pero por lo pronto no sentía mayores molestias en su salud que las que le habían llevado a visitar al médico. Molestias en todo caso totalmente menores; tal había sido su sorpresa al recibir el fatal diagnóstico. Hubiese jurado que su dolencia era una minucia, ya que no se encontraba mal especialmente.
Se sentó pesadamente en la cama y miró en derredor. La moqueta verde y las paredes color cereza le daban a la habitación un tono asfixiante saturado de color, congestión agravada por el rojo intenso de las sillas de inspiración neoclásica. La única nota de serenidad la ponían las cortinas color crema, del todo discretas y corrientes. El resto de los muebles era también a imitación de épocas más nobles. Casi la tele, no renovada en muchísimos años - quizá ni se viera hoy día - parecía unirse a esa rememoración. Y todo el menaje tenía la misma inscripción, impresa o bordada: Hotel Heiter - Calle Berlín, nº 1.
Abrió una botella de Loch Lomond que encontró en el minibar y se sirvió una copa en vaso ancho, con tres hielos. Le hubiese gustado añadir limón a la mezcla, pues era poco dado a la bebida y le costaba tolerar los sabores fuertes; pero en la nevera no había más refresco que algunas botellas de tónica, la cual odiaba.
Un whisky excelente, se dijo sin embargo. Si algo le hacía sentir simpatía por el Hotel Heiter era el buen gusto de sus responsables por las importaciones. Cuando agitaba el vaso aireando el caldo le dio por pensar que quizá estuviese contraindicado para alguna de sus medicaciones, o que sería un agravante de su enfermedad.
- Agravante... - se dijo - ¿Puede esto ser más grave?
Empezó a beber, y cuando se dio cuenta había bebido varias copas. Durante aquel rato que no supo medir en el tiempo su cabeza sufrió una explosión. El miedo, las dudas y la confusión más angustiosa salieron de su mente y como un enjambre volaron a su alrededor; un huracán enloquecido e invisible y terrible porque sólo lo podía escuchar él mismo, sentir sus ráfagas cortantes. Así se mantuvo bebiendo y cavilando en el desasosiego hasta que todo, de repente, paró. Le pareció como si ese remolino de emociones dolorosas se hubiese quedado de repente atrapado en alguna diminuta cajita, encerrada en algún rincón escondido de su cuerpo.
Sabía que su mente se había bloqueado y que había entrado en un estado de choque. Que todo se había detenido porque su cabeza no podía seguir procesando esa información - como quizá ningún hombre pueda -. Que todo aquello estaría ahí encerrado hasta que, justo antes del fatal momento, estallaría y empezaría a devenir en locura.
Como si en ese momento la cercanía al abismo le infiriese una fuerza o una determinación desconocidas, dejó por un segundo sus divagaciones y se dijo a sí mismo que debía hacer algo. Que debía aprovechar ese lapso en que el choque sustituiría al pánico puro y duro. Que tenía que dejar algún tipo de impronta en su propia existencia absurda antes de que el miedo en su estado más puro volviera a convertirlo en un pelele.
Así pues, nervioso, se puso de pie y empezó a recorrer la habitación, reconcomiéndose. Tenía que hacer algo, ¿pero qué? ¿Para qué aprovechar el breve espacio hasta la hora definitiva? Simplemente supo ponerse a recordar. Empezó recordando su primera noche en el hotel y todas las otras, que habían sido muchas. Siempre le había gustado alojarse ahí, incluso cuando no le obligaba ningún motivo laboral; incluso cuando aún no había perdido el contacto con su familia.
Luego, como un flash, le vino a la mente un momento olvidado hacía años. Uno de esos episodios de la vida que, sin motivo alguno, todos tenemos como velados, como apartados, como si nunca hubieran sido. Un episodio tan corriente como cualquier otro.
Un episodio que sucedió en un almacén situado sobre un bar, en un callejón, en aquella ciudad del sur.
Enlace: Capítulo I
Había dejado de llover cuando el taxi llegó a la dirección indicada. La lluvia había parado, sí, pero el cielo seguía completamente blanco y el señor Medina tenía todavía empapado la gabardina plomiza, helada. Pagó al chófer sin mirarle a los ojos y salió del coche sin decir adiós, quedando como pasmado en el borde de la acera mientras escuchaba el motor alejarse a su espalda, perdido en medio de otros cientos de ruidos. La gente iba y venía de un lado para otro.
Dio unos pasos lentos e indecisos y se alineó con la esquina del primer bloque en la avenida. Su vista ascendió pesadamente piso a piso, recorriendo la antigua construcción manchada de humo y erizada de cresterías y de frisos adornando los numerosos balcones. Un toldo verde empapado bajo una gran roseta arropaba la entrada. Edificio Heiter, donde se alojaba el hotel de mismo nombre.
Urso Medina avanzó como sin pensar a lo largo de la acera hasta que accedió al bloque. Estaba claro que el personal del hotel le recordaba perfectamente, pero nadie hizo ademán de saludarse ni mostró interés o alegría por verle de nuevo.
Se acercó al mostrador de recepción mientras contemplaba el espectacular vestíbulo, elegante, galdosiano. Una gran escalera de piedra se bifurcaba a ambos lados para dar paso a las galerías, que se sucedían una sobre otra, repleta de habitaciones, hasta llegar muchos pisos más arriba a un techo acristalado.
El recepcionista le dio unas llaves y le indicó el número de su habitación. Justo la que el señor Medina había pedido, la que había ocupado en todas sus estancias: la 2.5. Piso dos. Habitación cinco.
En otras ocasiones había disfrutado subiendo las altas y empinadas escaleras, pero en aquel momento se sentía debilitado y utilizó el antiquísimo y crujiente ascensor de madera. Recorrió la galería ruidosamente - no había ni un alma - hasta llegar al dormitorio arrinconado en una esquina. Estaba tal como siempre.
El señor Medina se puso a rememorar, como buenamente pudo, todos los momentos vividos en aquel hotel. Momentos que por demás eran tan idénticos como mediocres. En general, su vida había sido una pura rutina, en la que cada día era difícil de distinguir del anterior y del siguiente.
Sus largas estancias en el Hotel Heiter eran generalmente insustanciales, salvo por la alternancia de ciertas mujeres a las que a veces se atrevía a traer, quizá, con el fin de marcar una diferencia en el paso rutinario de aquella recta carretera.
Al señor Medina, no obstante, siempre le había gustado alojarse allí. Está claro que había hoteles mucho mejores en la ciudad y que él podía permitírselos, pero le costaba acostumbrarse a algo porque no terminaba de sentirse cómodo hasta conocer el más mínimo detalle. Y había dormido tantas noches en aquella habitación - por motivos de trabajo - que sabía perfectamente el funcionamiento de cada pieza, dónde estaba todo y cómo latía el pulso del servicio. Prefería la tranquilidad y el control a un lujo de la naturaleza que fuera, por otro lado caro e inútil.
Dejó sus trastos por encima de la cama mientras se sonaba la nariz. Le resultaba estúpido que, en su actual situación, lo más engorroso para él fuera un miserable resfriado. Pero por lo pronto no sentía mayores molestias en su salud que las que le habían llevado a visitar al médico. Molestias en todo caso totalmente menores; tal había sido su sorpresa al recibir el fatal diagnóstico. Hubiese jurado que su dolencia era una minucia, ya que no se encontraba mal especialmente.
Se sentó pesadamente en la cama y miró en derredor. La moqueta verde y las paredes color cereza le daban a la habitación un tono asfixiante saturado de color, congestión agravada por el rojo intenso de las sillas de inspiración neoclásica. La única nota de serenidad la ponían las cortinas color crema, del todo discretas y corrientes. El resto de los muebles era también a imitación de épocas más nobles. Casi la tele, no renovada en muchísimos años - quizá ni se viera hoy día - parecía unirse a esa rememoración. Y todo el menaje tenía la misma inscripción, impresa o bordada: Hotel Heiter - Calle Berlín, nº 1.
Abrió una botella de Loch Lomond que encontró en el minibar y se sirvió una copa en vaso ancho, con tres hielos. Le hubiese gustado añadir limón a la mezcla, pues era poco dado a la bebida y le costaba tolerar los sabores fuertes; pero en la nevera no había más refresco que algunas botellas de tónica, la cual odiaba.
Un whisky excelente, se dijo sin embargo. Si algo le hacía sentir simpatía por el Hotel Heiter era el buen gusto de sus responsables por las importaciones. Cuando agitaba el vaso aireando el caldo le dio por pensar que quizá estuviese contraindicado para alguna de sus medicaciones, o que sería un agravante de su enfermedad.
- Agravante... - se dijo - ¿Puede esto ser más grave?
Empezó a beber, y cuando se dio cuenta había bebido varias copas. Durante aquel rato que no supo medir en el tiempo su cabeza sufrió una explosión. El miedo, las dudas y la confusión más angustiosa salieron de su mente y como un enjambre volaron a su alrededor; un huracán enloquecido e invisible y terrible porque sólo lo podía escuchar él mismo, sentir sus ráfagas cortantes. Así se mantuvo bebiendo y cavilando en el desasosiego hasta que todo, de repente, paró. Le pareció como si ese remolino de emociones dolorosas se hubiese quedado de repente atrapado en alguna diminuta cajita, encerrada en algún rincón escondido de su cuerpo.
Sabía que su mente se había bloqueado y que había entrado en un estado de choque. Que todo se había detenido porque su cabeza no podía seguir procesando esa información - como quizá ningún hombre pueda -. Que todo aquello estaría ahí encerrado hasta que, justo antes del fatal momento, estallaría y empezaría a devenir en locura.
Como si en ese momento la cercanía al abismo le infiriese una fuerza o una determinación desconocidas, dejó por un segundo sus divagaciones y se dijo a sí mismo que debía hacer algo. Que debía aprovechar ese lapso en que el choque sustituiría al pánico puro y duro. Que tenía que dejar algún tipo de impronta en su propia existencia absurda antes de que el miedo en su estado más puro volviera a convertirlo en un pelele.
Así pues, nervioso, se puso de pie y empezó a recorrer la habitación, reconcomiéndose. Tenía que hacer algo, ¿pero qué? ¿Para qué aprovechar el breve espacio hasta la hora definitiva? Simplemente supo ponerse a recordar. Empezó recordando su primera noche en el hotel y todas las otras, que habían sido muchas. Siempre le había gustado alojarse ahí, incluso cuando no le obligaba ningún motivo laboral; incluso cuando aún no había perdido el contacto con su familia.
Luego, como un flash, le vino a la mente un momento olvidado hacía años. Uno de esos episodios de la vida que, sin motivo alguno, todos tenemos como velados, como apartados, como si nunca hubieran sido. Un episodio tan corriente como cualquier otro.
Un episodio que sucedió en un almacén situado sobre un bar, en un callejón, en aquella ciudad del sur.
Etiquetas:
cuentos,
la hora del señor medina
La hora del señor Medina. Capítulo I
Éste es el primer capítulo de un relato conjunto escrito entre Javier Solera y yo. Él escribirá los capítulos pares y yo los impares. Espero que les guste.
Y así comienzo a novelarla historia de lo que será
cuando las cosas vayan a peor (...)
Nacho Vegas, Monomanía
-Con franqueza, señor...
-Señor Medina, ya se lo he dicho.
-Bien, señor Medina... el pronóstico no es bueno. No puedo darle con exactitud la estimación que me pide, pero, si acepta mi consejo, lo mejor que puede hacer usted ahora es irse a casa y poner en orden sus asuntos.
El señor Urso Medina repite una vez más la conversación en su cabeza mientras avanza por el amplio pasillo en dirección a la salida, donde debe esperar al taxi que la mujer de recepción, una señora gruesa y malhumorada, le acaba de pedir a regañadientes. Aún es pronto para empezar a comprender la magnitud de la noticia y sus implicaciones, pero ya le tiemblan las piernas y está terriblemente molesto por la actitud del médico.
Tropieza con una papelera y se hace daño en la rodilla, y se enfada aún más y sus pensamientos se vuelven más sombríos, y se imagina volviendo sobre sus pasos, deshaciendo el camino recorrido a lo largo del pasillo, subiendo las escaleras, irrumpiendo en el despacho número cincuenta y tres y espetando un patético discurso:
-¡No, no acepto consejos de nadie, y menos de un estúpido como usted! ¡Se acabó, usted no siente compasión por nadie! ¡Escupe las noticias como si hablase con un muro de hormigón! ¡Pues no, señor, yo no soy ningún muro, soy un ser humano, al contrario que usted! Pero usted no sabe con quién trata, ¡ah, no, señor! ¡Le diré lo que puede hacer con sus estúpidos consejos! ¡Váyase al cuerno! ¡Váyase al cuerno!
Imagina que en el despacho, en la misma silla que él ha ocupado hace apenas unos minutos, hay una señora menuda y de pelo canoso que le mira en silencio, horrorizada, y tiene miedo de él. Pero entonces esa señora le comprende y le compadece, y siente lástima por él. Todos a su alrededor sienten lástima y eso parece reconfortarle.
"Con franqueza, señor...".
Cada vez que reproduce el discurso en la cabeza, toma una conciencia más nítida de lo que supone. En un primer momento, las palabras son sonidos aleatorios, sin significado ni orden, y no expresan nada ni tienen más razón de ser que la de producir un ruido desagradable. La vez siguiente, sabe sin duda que ha recibido una noticia terrible y eso le produce ansiedad, pero aún le parece estar viviendo dentro de una película en la que no es ni actor ni espectador. Esta última vez, sin embargo, entiende bruscamente que le queda poco tiempo, y también que cincuenta y siete años no le han preparado para este momento. Siente que tal vez debería haber esperado la noticia y haberla encajado como algo natural, siempre ha sabido que llegaría el momento... pero, obviamente, pocas veces ha pensado en ello, y desde luego no esperaba que el final llegase tan temprano.
Es extraño, pero su mente no le lleva ahora a reflexiones sobre la vida y la muerte, ni a pensamientos más o menos profundos, ni podría decir una sola frase que mereciese quedar registrada para su epitafio. Sin saber por qué, piensa en la recepcionista, esa mujer tan desagradable y antipática. ¡Tratarle así a él, sin importarle que muy pronto va a morir! ...Siente un escalofrío al pensar en esa palabra. Morir. Morir él, el gran señor Medina. Morir él, tan respetado, tan admirado.
Morir, y sin embargo... el mundo sigue funcionando a la misma velocidad, como si a nadie le importara. Morir, ¿y después qué?
Se deja caer en el asiento de atrás del taxi y piensa por un segundo la dirección a la que debería ir. Cuando se da cuenta de que el taxista le mira a través del retrovisor, dice lo primero que le viene a la mente:
-A la calle Berlín.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Misericordia
Babatu, el hijo de cuatro años de Ibada, llevaba perdido desde el lunes. Por eso, el miércoles por la mañana, cuando la esperanza comenzaba a agotarse, los ojos de Ibada estaban tan llenos de lágrimas que no podía ver con claridad. Sus hermanos y algunos vecinos de la aldea habían salido a buscar a Babatu mientras ella permanecía en la aldea (no sólo por si el niño volvía sino porque ella tenía las piernas inmóviles de nacimiento), pero muchos temían que hubiera acabado presa de las zarpas de alguna leona. Por supuesto, a nadie se le ocurrió insinuarlo delante de Ibada.
Thuweni, su hermano mayor, había organizado una pequeña partida de búsqueda, pero hasta entonces no había dado ningún resultado. La última vez había salido por la mañana, muy temprano, unos minutos antes de que saliera el sol, y se había adentrado en el bosque junto con algunos voluntarios, ninguno de los cuales había regresado aún, a pesar de que pasaba ya un buen rato de la hora a la que la mayoría de los aldeanos solían comer. Hay que decir, sin embargo, que la comida había empezado a escasear meses antes, y que la situación se había agravado las últimas dos semanas, desde la aparición de aquel grupo de blancos que se habían instalado en la ciudad vecina, quién sabe si de forma temporal o permanente.
Estaba Ibada sentada sobre una piedra al lado de los campos de cultivos en los que muchos campesinos se habían quedado trabajando, cuando llegó el gran sacerdote vestido con sus lujosas telas y engalanado con grandes anillos de oro, exigiendo -más que pidiendo- la atención de todos. Tanto a la izquierda como a la derecha del gran sacerdote había una persona vestida con una túnica morada, y detrás de ellos había un joven que aparentaba tener veintidós o veintitrés años, ojos vivaces y pocos escrúpulos.
El gran sacerdote habló entonces en su extraño idioma, que nadie comprendió, en estos términos:
-Debéis estar agradecidos: Dios me ha enviado a estas tierras para apartaros del camino del infierno. Desde el momento en que nacéis sois pecadores, porque nacéis desde el pecado, y seguís pecando durante toda la vida. No conocer a Dios es el mayor de esos pecados... pero yo os perdono, porque os amo.
»Ved que reconozco que tenéis alma, aunque muchos lo hayan negado hasta ahora. Y sin embargo, ¿de qué os sirve?, pues es un alma impura y vil, apartada del camino correcto. Por eso debéis seguirme a mí, que conozco ese camino y en mi infinito amor me ofrezco a guiaros. Pero, como ya sabéis, vuestra salvación exige una pequeña recompensa: el noventa y cinco por ciento de vuestra producción. ¡Apartaos de las necesidades mundanas! ¿Preferís nutrir el cuerpo y dejar morir de hambre al alma? ¡Impuros!... pero veo que os disculpáis, así que os perdono de nuevo.
Sin embargo, los campesinos no se disculpaban realmente: muchos intercambiaban miradas interrogantes, y los pocos que se habían arrodillado lo habían hecho con el único propósito de seguir trabajando.
-Pero sé -continuó el gran sacerdote- que algunos de vosotros estáis enfermos o sois demasiado viejos para trabajar. Así, como es justo, deberéis hacer otro tipo de sacrificio...
Y el joven situado detrás del gran sacerdote dio entonces un paso adelante. Y llevaba de una mano a un niño negro y desnudo, e Ibada se quedó en silencio y sin poder moverse, y después lloró y gritó con furia por no poder ponerse en pie y arrebatarles a su hijo y abrazarle como solía hacerlo antes de que llegasen aquellos hombres blancos a los que nunca, jamás consiguió entender una palabra.
Thuweni, su hermano mayor, había organizado una pequeña partida de búsqueda, pero hasta entonces no había dado ningún resultado. La última vez había salido por la mañana, muy temprano, unos minutos antes de que saliera el sol, y se había adentrado en el bosque junto con algunos voluntarios, ninguno de los cuales había regresado aún, a pesar de que pasaba ya un buen rato de la hora a la que la mayoría de los aldeanos solían comer. Hay que decir, sin embargo, que la comida había empezado a escasear meses antes, y que la situación se había agravado las últimas dos semanas, desde la aparición de aquel grupo de blancos que se habían instalado en la ciudad vecina, quién sabe si de forma temporal o permanente.
Estaba Ibada sentada sobre una piedra al lado de los campos de cultivos en los que muchos campesinos se habían quedado trabajando, cuando llegó el gran sacerdote vestido con sus lujosas telas y engalanado con grandes anillos de oro, exigiendo -más que pidiendo- la atención de todos. Tanto a la izquierda como a la derecha del gran sacerdote había una persona vestida con una túnica morada, y detrás de ellos había un joven que aparentaba tener veintidós o veintitrés años, ojos vivaces y pocos escrúpulos.
El gran sacerdote habló entonces en su extraño idioma, que nadie comprendió, en estos términos:
-Debéis estar agradecidos: Dios me ha enviado a estas tierras para apartaros del camino del infierno. Desde el momento en que nacéis sois pecadores, porque nacéis desde el pecado, y seguís pecando durante toda la vida. No conocer a Dios es el mayor de esos pecados... pero yo os perdono, porque os amo.
»Ved que reconozco que tenéis alma, aunque muchos lo hayan negado hasta ahora. Y sin embargo, ¿de qué os sirve?, pues es un alma impura y vil, apartada del camino correcto. Por eso debéis seguirme a mí, que conozco ese camino y en mi infinito amor me ofrezco a guiaros. Pero, como ya sabéis, vuestra salvación exige una pequeña recompensa: el noventa y cinco por ciento de vuestra producción. ¡Apartaos de las necesidades mundanas! ¿Preferís nutrir el cuerpo y dejar morir de hambre al alma? ¡Impuros!... pero veo que os disculpáis, así que os perdono de nuevo.
Sin embargo, los campesinos no se disculpaban realmente: muchos intercambiaban miradas interrogantes, y los pocos que se habían arrodillado lo habían hecho con el único propósito de seguir trabajando.
-Pero sé -continuó el gran sacerdote- que algunos de vosotros estáis enfermos o sois demasiado viejos para trabajar. Así, como es justo, deberéis hacer otro tipo de sacrificio...
Y el joven situado detrás del gran sacerdote dio entonces un paso adelante. Y llevaba de una mano a un niño negro y desnudo, e Ibada se quedó en silencio y sin poder moverse, y después lloró y gritó con furia por no poder ponerse en pie y arrebatarles a su hijo y abrazarle como solía hacerlo antes de que llegasen aquellos hombres blancos a los que nunca, jamás consiguió entender una palabra.
martes, 5 de octubre de 2010
Oscuridad
Me pareció abrir los ojos en mitad de un bosque frondoso y oscuro. Me encontraba rodeado de árboles enormes cuyos troncos estaban parcialmente cubiertos de musgo, y arbustos que me sacaban dos o tres cabezas. La vegetación del suelo era tan espesa que no alcanzaba a ver mis propios pies, como no los levantase o caminase sobre las raíces de los árboles.
Traté de salir de aquel lugar caminando en línea recta, pero la creciente oscuridad dificultaba notablemente mi propósito. Llevaría algo más de una hora caminando cuando divisé al fin, a lo lejos, un par de luces. Provenían de una cabaña de madera en la que ardía un fuego que brillaba a través de dos enormes ventanas. Hacía tanto frío que se me habían dormido las manos, y entonces me entregué a una ensoñación en la que me acercaba allí, tocaba la puerta y alguien de aspecto agradable salía a recibirme y, a pesar de no conocerme de nada, me invitaba a pasar con una sonrisa jovial, me cedía su sitio junto al fuego, me entregaba una manta y compartía conmigo algo de comida caliente.
¡Ensoñaciones! ¿No es cierto que causan grandes problemas? ¿De quién es el mundo: de los soñadores o de los que tienen los pies heridos? Y sin embargo, parece que tenemos una cierta tendencia a desear cosas imposibles.
En esta circunstancia me encontraba, cuando eché a caminar con decisión hacia la puerta de aquella casita. -Viva quien viva ahí -pensé-, algo me dice que seré bien recibido.
Unos minutos más tarde me encontraba frente a un rústico llamador que no utilicé por vergüenza. Me quedé allí quieto durante al menos dos minutos más, y entonces escuché: -Vamos, ven, nos están esperando.
La voz parecía venir de todas partes a la vez y sonaba como un trueno. -Ven, tenemos que darnos prisa -escuché.
Alguien o algo me cogió entonces de la mano y me arrastró con fuerza sobrehumana en dirección al bosque. Yo, mientras tanto, gritaba: -¡Déjame poner las manos al fuego aunque sólo sea un minuto! Llevo demasiado tiempo entre las sombras... ¡y tengo tanto frío!
Traté de salir de aquel lugar caminando en línea recta, pero la creciente oscuridad dificultaba notablemente mi propósito. Llevaría algo más de una hora caminando cuando divisé al fin, a lo lejos, un par de luces. Provenían de una cabaña de madera en la que ardía un fuego que brillaba a través de dos enormes ventanas. Hacía tanto frío que se me habían dormido las manos, y entonces me entregué a una ensoñación en la que me acercaba allí, tocaba la puerta y alguien de aspecto agradable salía a recibirme y, a pesar de no conocerme de nada, me invitaba a pasar con una sonrisa jovial, me cedía su sitio junto al fuego, me entregaba una manta y compartía conmigo algo de comida caliente.
¡Ensoñaciones! ¿No es cierto que causan grandes problemas? ¿De quién es el mundo: de los soñadores o de los que tienen los pies heridos? Y sin embargo, parece que tenemos una cierta tendencia a desear cosas imposibles.
En esta circunstancia me encontraba, cuando eché a caminar con decisión hacia la puerta de aquella casita. -Viva quien viva ahí -pensé-, algo me dice que seré bien recibido.
Unos minutos más tarde me encontraba frente a un rústico llamador que no utilicé por vergüenza. Me quedé allí quieto durante al menos dos minutos más, y entonces escuché: -Vamos, ven, nos están esperando.
La voz parecía venir de todas partes a la vez y sonaba como un trueno. -Ven, tenemos que darnos prisa -escuché.
Alguien o algo me cogió entonces de la mano y me arrastró con fuerza sobrehumana en dirección al bosque. Yo, mientras tanto, gritaba: -¡Déjame poner las manos al fuego aunque sólo sea un minuto! Llevo demasiado tiempo entre las sombras... ¡y tengo tanto frío!
martes, 28 de septiembre de 2010
Lana
Ocurrió en noviembre de 1878. Lana estaba sentada bajo el sauce del jardín. Llevaba el vestido blanco y tenía un libro sobre las rodillas. Se había adornado los rizos de color caoba con el tulipán blanco que había cortado para ella el día anterior, y parecía una de esas figuras de hadas de porcelana que encontré después dispersas por toda la casa.
La llamé y la saludé con la mano pero ella no me miró, y yo no pude hacer nada.
El cielo se cubrió de nubes y empezó a llover, y yo entré en casa a por mi paraguas para Lana. La conozco muy bien y sé que no pensaba moverse de allí, y yo no quería que se resfriase.
Pero mi paraguas no estaba en su sitio y no lo encontré por ninguna parte, así que no pude hacer nada.
Oí un ruido y me asomé a la ventana, y vi aquella furgoneta junto al sauce y a aquellos cuatro tipos tapando la boca de Lana y metiéndola a la fuerza en la parte de atrás. Mientras bajaba corriendo las escaleras, un fuerte derrape me hizo temer lo peor y, al salir de casa, sólo pude ver aquel trasto sorteando los carros de caballos a lo largo de la avenida de adoquines, mientras algunas personas, presas del pánico, intentaban huir por las callejas y otras se habían quedado paralizadas mirando aquel extraño prodigio que se alejaba calle abajo.
Aquellos tipos se llevaron a Lana y yo no pude hacer nada.
Mientras observaba los trozos de valla y las marcas de los neumáticos en el jardín, me preguntaba cómo demonios me habían encontrado, pero ahora mi pregunta es muy diferente: ¿adónde se la han llevado?
Ahora, en 1960, indagando en su historia familiar, me desespera no haber encontrado una sola mención a aquel hecho que pueda servirme de pista; sólo la sospecha de que la encontraré en el momento en que empezaron todos mis problemas: exactamente en noviembre del año 2278.
La llamé y la saludé con la mano pero ella no me miró, y yo no pude hacer nada.
El cielo se cubrió de nubes y empezó a llover, y yo entré en casa a por mi paraguas para Lana. La conozco muy bien y sé que no pensaba moverse de allí, y yo no quería que se resfriase.
Pero mi paraguas no estaba en su sitio y no lo encontré por ninguna parte, así que no pude hacer nada.
Oí un ruido y me asomé a la ventana, y vi aquella furgoneta junto al sauce y a aquellos cuatro tipos tapando la boca de Lana y metiéndola a la fuerza en la parte de atrás. Mientras bajaba corriendo las escaleras, un fuerte derrape me hizo temer lo peor y, al salir de casa, sólo pude ver aquel trasto sorteando los carros de caballos a lo largo de la avenida de adoquines, mientras algunas personas, presas del pánico, intentaban huir por las callejas y otras se habían quedado paralizadas mirando aquel extraño prodigio que se alejaba calle abajo.
Aquellos tipos se llevaron a Lana y yo no pude hacer nada.
Mientras observaba los trozos de valla y las marcas de los neumáticos en el jardín, me preguntaba cómo demonios me habían encontrado, pero ahora mi pregunta es muy diferente: ¿adónde se la han llevado?
Ahora, en 1960, indagando en su historia familiar, me desespera no haber encontrado una sola mención a aquel hecho que pueda servirme de pista; sólo la sospecha de que la encontraré en el momento en que empezaron todos mis problemas: exactamente en noviembre del año 2278.
sábado, 11 de septiembre de 2010
Un clásico
Yuri Vasiliev tiene cuarenta años y algunas copas de más. Mírenle bajo la ventana del señor Kuznetsov, cubierto de nieve, haciendo esfuerzos para mantenerse en pie y con la nariz tan colorada como un tomate maduro.
Oh, ¿he mencionado que es de noche? Bien, esto es importante, porque Yuri Vasiliev suele ser más valiente cuando todo el mundo duerme. Claro, el hecho de que haya bebido más de la cuenta también ayuda.
Diré también, pues me siento obligado a decirlo, que el señor Kuznetsov está sordo como una tapia y tiene el inexcusable efecto de ser una persona confiada. Por esto último, suele dejar la puerta de la calle abierta, incluso cuando nieva, como esta noche. Su criada, la dulce y amable Lena, que se encuentra de vacaciones, siempre le pide a gritos -pues, repito, el señor Kuznetsov es muy duro de oído- que se acostumbre a cerrarla, porque es un trabajo realmente penoso tener que limpiar la nieve de la entrada todas las mañanas. ¡Dulce Lena, ahórrate el esfuerzo!, ¿no ves que no te hace ni caso?
Yuri Vasiliev se dirige a la entrada y abre lentamente la puerta, que rechina con un estruendo de mil demonios, y se encamina a la oscura escalera que da al piso de arriba. Algunos vecinos dirían más adelante que les despertó el ruido y que pensaron que el señor Kuznetsov había salido a pasear, pero que inmediatamente lo habían descartado porque aquellas horas no eran las más apropiadas, especialmente por el tiempo tan desapacible que hacía.
Volviendo al señor Vasiliev, ahí lo tienen, de pie frente a la puerta del dormitorio del señor Kuznetsov, con la respiración acelerada por los nervios y el sudor perlando sus sienes. Tarda unos segundos, pero finalmente se decide y abre la puerta. Lo encuentra en la cama, emitiendo ronquidos como rugidos de un animal salvaje. Se acerca a él y lo mira de frente, y sin dudarlo saca de su chaqueta un enorme cuchillo. ¡Oh!, ¿tampoco había mencionado que llevaba un cuchillo encima? Bien, si hubiera hablado de su chaqueta, probablemente habrían adivinado ustedes que dentro llevaba un cuchillo. Era obvio, ¿verdad?, nadie irrumpe en el dormitorio de alguien en plena noche si no es con malas intenciones.
Pues bien, Yuri Vasiliev saca el cuchillo y... se lo clava en la garganta. El señor Kuznetsov se lleva las manos al cuello, saca la lengua y hace un gesto de dolor, permítanme decir, cercano a la sobreactuación. Entonces, sencillamente, muere.
La alegría de Yuri Vasiliev, comprenderán por tanto, dura muy poco. ¿Qué ha hecho?, ¡ha sido todo tan fácil! Una víctima sorda, una puerta abierta, nocturnidad, un cuchillo... ¡Se lleva las manos a la cara y dice: Dios mío, Dios mío! Ahora tiene motivos para llorar: ¡Es tan prosaico, tan poco artístico...! ¡Tantos meses planeando el asesinato para acabar cometiendo un clásico!
Oh, ¿he mencionado que es de noche? Bien, esto es importante, porque Yuri Vasiliev suele ser más valiente cuando todo el mundo duerme. Claro, el hecho de que haya bebido más de la cuenta también ayuda.
Diré también, pues me siento obligado a decirlo, que el señor Kuznetsov está sordo como una tapia y tiene el inexcusable efecto de ser una persona confiada. Por esto último, suele dejar la puerta de la calle abierta, incluso cuando nieva, como esta noche. Su criada, la dulce y amable Lena, que se encuentra de vacaciones, siempre le pide a gritos -pues, repito, el señor Kuznetsov es muy duro de oído- que se acostumbre a cerrarla, porque es un trabajo realmente penoso tener que limpiar la nieve de la entrada todas las mañanas. ¡Dulce Lena, ahórrate el esfuerzo!, ¿no ves que no te hace ni caso?
Yuri Vasiliev se dirige a la entrada y abre lentamente la puerta, que rechina con un estruendo de mil demonios, y se encamina a la oscura escalera que da al piso de arriba. Algunos vecinos dirían más adelante que les despertó el ruido y que pensaron que el señor Kuznetsov había salido a pasear, pero que inmediatamente lo habían descartado porque aquellas horas no eran las más apropiadas, especialmente por el tiempo tan desapacible que hacía.
Volviendo al señor Vasiliev, ahí lo tienen, de pie frente a la puerta del dormitorio del señor Kuznetsov, con la respiración acelerada por los nervios y el sudor perlando sus sienes. Tarda unos segundos, pero finalmente se decide y abre la puerta. Lo encuentra en la cama, emitiendo ronquidos como rugidos de un animal salvaje. Se acerca a él y lo mira de frente, y sin dudarlo saca de su chaqueta un enorme cuchillo. ¡Oh!, ¿tampoco había mencionado que llevaba un cuchillo encima? Bien, si hubiera hablado de su chaqueta, probablemente habrían adivinado ustedes que dentro llevaba un cuchillo. Era obvio, ¿verdad?, nadie irrumpe en el dormitorio de alguien en plena noche si no es con malas intenciones.
Pues bien, Yuri Vasiliev saca el cuchillo y... se lo clava en la garganta. El señor Kuznetsov se lleva las manos al cuello, saca la lengua y hace un gesto de dolor, permítanme decir, cercano a la sobreactuación. Entonces, sencillamente, muere.
La alegría de Yuri Vasiliev, comprenderán por tanto, dura muy poco. ¿Qué ha hecho?, ¡ha sido todo tan fácil! Una víctima sorda, una puerta abierta, nocturnidad, un cuchillo... ¡Se lleva las manos a la cara y dice: Dios mío, Dios mío! Ahora tiene motivos para llorar: ¡Es tan prosaico, tan poco artístico...! ¡Tantos meses planeando el asesinato para acabar cometiendo un clásico!
Etiquetas:
asesinato
viernes, 10 de septiembre de 2010
Un error
Continúa parpadeando unos minutos más. Sólo percibe destellos y colores, pero no distingue formas; sin embargo, los sonidos le llegan con total claridad. El problema es que son demasiados y están mezclados, y le cuesta distinguirlos de su propio pensamiento. Está confuso, se siente espectador de una película, acomodado en una butaca en algún lugar que no logra imaginar. Es consciente de lo que ocurre alrededor pero no de sí mismo. «Es extraño», piensa, «realmente extraño».
Pero después de esos minutos, tiene un instante de lucidez, y en ese momento llega corriendo alguien que afirma tener algunas pruebas, y viene gritando: «¡Era inocente!, ¿no veis que era inocente?» Escucha un gran revuelo y alguien dice: «¡Menudo error!»
La cabeza en la cesta de mimbre parpadea una última vez y en ese mismo instante tiene un pensamiento fugaz. Y aunque su pensamiento no tenga forma de imágenes ni de palabras, siempre juraré que equivale a gritar: «¡Sí, fue un error! ¡Fue un gran error!»
Pero después de esos minutos, tiene un instante de lucidez, y en ese momento llega corriendo alguien que afirma tener algunas pruebas, y viene gritando: «¡Era inocente!, ¿no veis que era inocente?» Escucha un gran revuelo y alguien dice: «¡Menudo error!»
La cabeza en la cesta de mimbre parpadea una última vez y en ese mismo instante tiene un pensamiento fugaz. Y aunque su pensamiento no tenga forma de imágenes ni de palabras, siempre juraré que equivale a gritar: «¡Sí, fue un error! ¡Fue un gran error!»
martes, 7 de septiembre de 2010
Brindis
-(...) Por el pasado, señores, y por el porvenir, ¡hurra!
Bebieron todos y fueron a abrazar a Zverkov. Yo no me moví; tenía mi copa llena ante mí.
-¿No queréis brindar? -rugió Trudolyubov, que había perdido la paciencia, encarándose conmigo con aire de amenaza.
-¡Quiero brindar solo... y después beberé, señor Trudolyubov!
Dostoievski, Memorias del subsuelo
Bebieron todos y fueron a abrazar a Zverkov. Yo no me moví; tenía mi copa llena ante mí.
-¿No queréis brindar? -rugió Trudolyubov, que había perdido la paciencia, encarándose conmigo con aire de amenaza.
-¡Quiero brindar solo... y después beberé, señor Trudolyubov!
Dostoievski, Memorias del subsuelo
Etiquetas:
citas
Suscribirse a:
Entradas (Atom)