miércoles, 8 de diciembre de 2010

La hora del señor Medina. Capítulo VI

Por Javier Solera.

Enlace: Capítulo V

Negro. Todo negro. Voces. Es como estar debajo del agua… se oye todo tan lejos...

- ¡Mierda, despiértalo!

- Se ha desmayado.

- ¡Me da igual!

Urso logró abrir los ojos y empezar a ubicarse después de notar, medio en sueños, como una mano fuerte le abofeteaba varias veces. Ante sí vio a dos tipos y dos mujeres. La mayor de todas ellas estaba sentada frente a él, al otro lado de una mesa amplia; la recordaba, la recordaba bien. Antes de dirigirse a ella, o de preguntar nada, observó al resto.

Dos hombres, uno de ellos enjuto y nervioso, el otro adusto, alto y con cara de pocos amigos. A su lado una muchacha, de quien nadie diría que había logrado traerle hasta allí de aquella manera; pero así era.

- Hola, Urso. – dijo la mujer en el escritorio.

El iba a contestar cuando el hombre nervioso encendió un cigarrillo:

- Entró frito y, nada más sentarse, frito otra vez. ¿Qué coño le habéis dado?

- Nosotros no le hemos hecho nada – dijo la chica.

- Dejadlo ya – zanjó la mujer – no tiene importancia. – volviéndose a Urso continuó: señor Medina, no se preocupe usted de nada. No le haremos daño. Mientras me diga lo que quiero saber, por supuesto.

Tosiendo un poco, Urso contestó:

- ¿Qué quieres saber…? – logró recordar el nombre – Aurora.

- Ya se lo he dicho, antes de que se quedase usted indispuesto – insistió ella con un tono educado – quiero saber qué sucedió con mi hermana Natalia.

Medina volvió a toser.

- Creo que eso…

Urso se interrumpió, y dudó unos momentos antes de seguir hablando. ¿Tenía sentido meterse en problemas? Implicar a Gerard Basella en algo, sin duda, lo era. Ahora bien, ¿podía estar viviendo una situación más surrealista?

Él, que en toda su vida, no había vivido momentos de mayor intensidad que lavar discretamente los trapos sucios de dos o tres hombres poderosos. Él, que ahora, sufría lo que los médicos llamaban una situación complicada de salud. ¿Podía importarle crearse algún quebradero de cabeza? Definitivamente, decidió que no. Fue tan rápido su razonamiento, que Aurora no tuvo tiempo de apremiarle antes de que siguiese hablando:

- Creo que eso tienes que preguntárselo a Gerard Basella.

Su interlocutora meneó la cabeza a ambos lados, como decepcionada.

- Ya habíamos contado con eso. Y también hemos contado con que no nos dirá nada, aparte que ponerse en contacto con él es muy difícil. Más aún teniendo en cuenta que este asunto no le beneficia en nada. – se incorporó sobre el escritorio y concluyó con tono amenazante: hable.

- Yo no puedo decirte nada… - insistió Medina.

- ¿Intervengo, Aurora? – propuso el hombre alto y adusto.

- Déjalo, Mikel. – declinó ella – Estoy segura de que el señor Medina me dirá todo lo que quiero oír. ¿No es así?

- ¿Qué tengo que contar, exactamente? – preguntó Urso – Pasaron muchas cosas.

- ¿Qué hizo con mi hermana Natalia? – inquirió Aurora – ¿Qué hizo Basella?

Urso se encogió de hombros, y empezó a rebuscar en su memoria. Después empezó a hablar, con la voz algo quebrada. Estaba cansado.

- Una noche, Basella me llamó… yo solía ocuparme de algunos asuntos suyos… aunque nunca había tenido un caso como ese.

- ¿Y bien?

- Era tarde, muy tarde. Era verano. Me hizo presentarme en su finca. Estaba allí con dos tipos y Natalia… bueno… estaba…

- Muerta, sí. – terminó Aurora – Continúa.

- A partir de ahí – prosiguió Medina – todo fue bastante rutinario. Limpié huellas… lavé un poco el lugar. Cosas que ya había hecho antes en algunos locales… aunque nunca con un muerto de por medio. Fue la primera vez. La metí en una bolsa de basura, de las grandes. Me la llevé en el maletero de un coche, que era de Gerard Basella… no recuerdo el modelo, aunque podía ser un Mercedes…

Aurora asentía cada frase.

- Recorrí varios kilómetros, hasta un pantano. El pantano de Malpartida… Allí empujé el coche con ella dentro. Y nada más.

- ¿Nada más? – quiso saber Aurora.

- Nada más.

- Creo que se equivoca – se volvió al gigante – Mikel.

El hombre se acercó a Medina y le agarró la nuca con las dos manos, tirándole del pelo. Acercando mucho la cara a la suya espetó:

- ¿Vas a decirnos todo lo que sabes?

- No sé más…

No tenía miedo, porque un hombre en su situación difícilmente podía tenerlo.

- ¿No pasó nada más? – insistió Aurora.

- Sí, me fumé un cigarro antes de marcharme…

A ella pareció no gustarle su contestación, y tras su mal gesto Mikel descargó los dos primeros puñetazos.

- ¿Qué se supone que tendría que saber? Yo no pintaba nada ahí…

- Fue el último que vio con vida a mi hermana – afirmó Aurora.

- No estaba con vida.

- Eso es lo que quiere decirme.

Como si fuese un flash, Urso encontró en su memoria una imagen de aquella noche. La imagen de sí mismo abriendo el maletero, antes de empujar el coche, y dejándolo así entornado. Dejándolo entornado y viendo cómo el auto se hundía en el pantano, con la vana esperanza de que a lo mejor, si ese cadáver abría los ojos, tuviese una oportunidad vana de escapar.

Pero no dijo nada.

- Antes de continuar con ese tema – siguió Aurora – dígame, ¿qué era exactamente lo que Basella tenía contra mi hermana?

- En aquella época – empezó a explicar Urso – los Laboratorios Caralt eran una empresa independiente... Gerard, en aquella época, trabajaba como subcontratista para varias empresas de refinería… Y fue entonces cuando empezó a hacer negocios con ellos.

- Eso ya lo sabía. – replicó ella. Él continuó.

- Una de las químicas principales del Laboratorio tenía que supervisar la construcción de una refinería, el almacenaje o algo así… Parece ser que a Gerard le gustó y empezó a acostarse con ella. Poco después entró en contacto con Laboratorios Fuenllana y también os contrató.

- Siga – ordenó Aurora.

- Por lo que yo sé, Natalia era la responsable del proyecto para el que la había contratado Basella. Y no sé cómo, se enteró de lo suyo con aquella científica. Una chiquilla, parece ser, recién salida de la Facultad. Según Natalia, la relación no era consentida, y la había estado amenazando con quitarle el contrato a Caralt si no accedía, y con hacerla a ella responsable ante Honorio…

- Honorio Caralt.

- Sí, en aquella época era el propietario de la empresa.

- ¿Y cómo se enteró Basella de que mi hermana lo sabía?

- Ella se lo dijo, después de una conferencia en el Palacio de Congresos. Y fue ahí donde la mató.

- Hijo de puta…

- Según él, sólo quería ofrecerle un soborno para que se callase… pero ella se asustó y empezó a gritar.

Aurora suspiró antes de volver con sus preguntas:

- Bien, señor Medina. Lo único que puedo decirle es que Natalia no terminó dentro de ese pantano. Usted la vio con vida. Y debe saber qué fue de ella justo después de sacarla de aquella finca donde la encontró. Cuéntemelo todo.

- No vi nada más – contestó Urso – si lo supiera, lo diría.

La mujer volvió a agitar la cabeza, resoplando, y luego hizo un vago gesto a Mikel. El hombre se dispuso a agarrar el cuello de Medina justo cuando éste empezó a toser violentamente; y cada vez que tosía, escupía un borbotón de sangre.

- ¡Joder…! – exclamó Mikel.

- ¿Qué coño le pasa? – preguntó su compañero. Aurora miró a los demás, desconcertada.

Cuando Medina se detuvo y pudo retomar aliento, dijo con dificultad:

- Perdonad… no me encuentro bien. Estoy un poco enfermo.
Acto seguido empezó a reír.

- ¿Qué pasa aquí? – dijo el hombre enjuto – ¡No quiero que me contagie la mierda que quiera que tenga!
Medina se rió aún más.

- No te preocupes – dijo – no es contagioso.

- A tomar por culo – contestó el otro – Me voy de aquí.

- Samuel – dijo Sara – No te pongas nervioso.

- ¿Qué hacemos? – preguntó Mikel. Tenía un acento claramente norteño, se dijo Medina.

- ¿Podríais darme un pañuelo, por favor?

- Vete a la mierda – espetó Samuel.

Aurora se levantó de la silla.

- Este hombre no va a decirnos nada más. – afirmó.

- ¿Crees su versión?

- Sí, la creo. Después de todo, es verosímil. ¡Sólo era un pringado! Yo le conocí por entonces… aunque de eso hablaremos en otro momento. Ahora, sacadlo de aquí.

- ¿Sacarlo de aquí, Aurora? – preguntó Mikel – ¿Fiambre, quieres decir? – y se llevó una mano al bolsillo.

- No – dijo ella, como impresionada – no quiero que este asunto nos eche encima más basura de la necesaria. Tapadle la cabeza y llevadlo donde podáis, lejos. Soltadlo allí.

- Es peligroso – advirtió Sara – nos ha visto.

- No me preocupa – dijo Aurora – ¿Qué puede demostrar? Y, sobre todo, ¿le interesa hacerlo? Aquí, a nadie le interesa que la policía se entere de nada.

Poco después, Urso Medina dio con sus huesos en la cuneta de una carretera. Tenía la cabeza atada con una mortaja. Sintió cómo alguien le empujaba del interior del coche, en el que había estado viajando completamente mareado. Al menos, ya no tosía más sangre.

Consiguió quitarse a duras penas la venda de los ojos cuando vio que Samuel sacaba medio cuerpo del auto, inclinándose sobre él y estampándole un billete de diez euros en el pecho.

- Toma – dijo – Esto es para que vayas mañana a la ciudad, al casco. Date un paseo, toma un café. Olvídate de nosotros. ¿Ves, cómo somos buena gente? Hazme caso, es un consejo, por la cuenta que te trae.

Se quedó allí tendido, extendiendo el billete arrugado ante sus ojos. Las primeras luces de la ciudad brillaban cerca y podía oír cómo el coche se alejaba.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Viajero (2)

El viajero apoyó los codos en la mesa y se dedicó a contemplar el fondo de su copa de vino barato mientras se esforzaba -y esto era notable- en decir una frase que sabía que tendría que explicarme:

-El punto final lo puso España.

Dicho esto, apuró su vino evitando en todo momento mirarme a los ojos, incluso cuando volvió a dejar la copa en la mesa. Permanecimos unos segundos en silencio, tal vez un minuto, él mirando los daguerrotipos y los retratos colgados en la pared, yo con los ojos clavados en las gafas que llevaba puestas cada vez que se ponía a los mandos de su nave y que ahora llevaba colgando del cuello; y cuando él se excusó y me tendió su mano para despedirse, yo ya había captado el significado exacto de aquellas palabras.

-Volar es una sensación maravillosa -dijo una vez en una entrevista para un diario nacional-. Es sin duda la máxima expresión de libertad que puede llegar a experimentar el hombre.

En el mismo diario, todos leímos un mes más tarde que el tráfico aéreo de España estaba paralizado casi en su totalidad y que nuestro famoso viajero se hallaba precisamente allí, a la espera de que la mafia encargada del control aéreo le permitiera despegar y continuar su viaje hacia el Oeste.

-Sin embargo -había dicho- tienen en este país una forma muy extraña de solucionar las cosas: los políticos están más preocupados en repartir las culpas que en evitar que suceda lo mismo una y otra vez.

El viajero me había confesado, en la misma taberna en la que me estrechó su mano tan fríamente, que España le había parecido uno de los países tecnológicamente más subdesarrollados de cuantos había visitado. Y, al preguntarle yo cuáles creía que eran las causas de esto, me respondió:

-Si algo tan maravilloso como volar se deja en última instancia en manos de políticos y mafias, ¿qué crees que ocurrirá con todo aquello cuyo ámbito natural es la Tierra, como la educación o la investigación?

Después apoyó los codos en la mesa y movió la cabeza tristemente. Sus viajes habían terminado, había perdido la ilusión por volar y me había pedido que nos encontrásemos en aquella taberna en la que ninguno de los dos había entrado nunca. Dijo que necesitaba beber. Él, que no había probado el alcohol en su vida, que decía que quería mantener intactas sus facultades para disfrutar cada segundo a los mandos de su maravillosa máquina voladora...

-El punto final lo puso España -dijo.

Después de aquello, vendió su nave por mucho menos de lo que en realidad valía, y siempre he pensado que ojalá hubiera podido adquirirla yo. Sea como fuere, ese personaje, al que siempre admiré tanto, acabó sus días encerrado en una pequeña casa a las afueras de la ciudad. Ninguna visita era bienvenida, y de él sólo conservo, a día de hoy, algunos de sus mapas y una vieja brújula llena de arañazos.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Vox Dei

Tiendo a preocuparme demasiado por todo, lo admito, y siempre me pongo en el caso peor, pero a veces mi defecto no es tal defecto sino una virtud muy de agradecer.

Respondiendo a su primera pregunta, sí, estuve en el entierro del pequeño Raúl, el tercero de los niños que habían muerto aquí en el pueblo por causa desconocida en menos de seis meses. Sus padres son amigos míos, y él y mi hijo iban juntos al colegio, y los domingos se veían en catequesis de nueve a diez, en la parroquia que hay a diez minutos de mi casa. Fue un funeral muy triste, sobre todo porque el camino hasta el cementerio estaba alfombrado de hojas amarillas y tuvimos que soportar una lluvia muy fina pero muy fría que cronificó el asma de mi esposa y desde entonces la obliga a guardar cama durante varios días. Tuvimos que ir caminando porque la carretera estaba resbaladiza y el coche, ya se sabe, no puede maniobrar bien por esa carretera tan estrecha, además del peligro que supone que no haya una barrera en el lado del precipicio, a pesar de lo mucho que se ha insistido en este asunto a lo largo de los años.

En fin, el propio párroco, el señor Esteban, fue el primero y el último en decir unas palabras de despedida. Creo que fue el único día que no mencionó el robo que había sufrido en la sacristía pocas semanas antes y cómo había quedado la cerradura inservible y cuánto costaba la reparación y que, por la poca solidaridad de los vecinos, se había visto en la obligación de trasladar los objetos de más valor a un lugar seguro, con todas las molestias que aquello ocasionaba. Y menos mal que no habló de ello, porque los padres del niño estaban destrozados, imagínese, y mi hijo pequeño, Carlos, también, por haber perdido a uno de sus mejores amigos. Después del entierro nos quedamos un rato más para acompañarles, pero no supimos qué decir y yo no quería estar allí ni obligar a mi esposa y mi hijo a soportar una situación tan incómoda, así que nos retiramos pronto.

Durante unos meses, al dolor por la pérdida del niño se unió la lucha mediática por conseguir exclusivas y difundir noticias sensacionalistas en papel, radio, televisión e Internet, pero al margen de la estupidez periodística, tan extendida en nuestro tiempo, no hubo nada que alterase el ritmo natural del pueblo. Todos intentamos retomar la rutina lo más rápido posible, incluso los padres de Raúl, que sacaron fuerzas de donde no las había y, como recordarán ustedes, después de terminada su jornada de trabajo se pasaban horas en comisaría rogando a quien les quisiera escuchar que retomasen la investigación que se había cerrado después de la declaración del forense, porque no creían ni por un momento que el niño, que era completamente sano, sencillamente hubiera dejado de respirar sin más. Por lo que sé, nadie les hizo demasiado caso.

Mi hijo Carlos parecía recuperarse con normalidad, sus notas en el colegio eran muy buenas, tenía buena relación con la mayoría de sus compañeros, no causaba problemas, e incluso el párroco le había nombrado su monaguillo, lo que había significado una gran alegría para él. Durante días no tenía otro tema de conversación en los labios ni otro pensamiento en la cabeza, estaba eufórico. Sin embargo, hace algunas semanas lo empezamos a notar extraño: triste, callado, apagado... Se cumplía el tercer aniversario desde lo de Raúl y pensamos que podría estar relacionado, y con esta conclusión se dio mi esposa por satisfecha, pero yo empecé a sospechar que pasaba algo raro.

Un domingo, pocas semanas después, mi esposa me alertó de que eran ya las diez y media y Carlos no había vuelto a casa. Puesto que ella se encontraba en cama por culpa del asma, pedí a mi hijo mayor que la atendiera y salí a buscar a Carlos, porque, por mi mencionada tendencia a preocuparme en exceso, aún no lo dejábamos quedar con amigos sin avisarnos previamente y darnos los números de teléfono de los padres de todos los chicos que fueran a quedar, cosa que no había hecho, así que enseguida temí que pudiera haber pasado algo malo. Me dirigí corriendo a la parroquia, entré, me santigüé y llegué hasta la puerta de la sacristía, tras la que, justo antes de golpearla con los nudillos, oí una voz que decía algo así: "¿A quién se lo vas a contar, maldito piojoso? ¡Ven aquí!". Puesto que la cerradura de la sacristía estaba, como dije, rota desde el día del robo, abrí la puerta sin llamar y me encontré al párroco tapando con su enorme mano la boca y la nariz de mi hijo Carlos, mientras su otra mano se deslizaba bajo su pantalón. Al verme, lo soltó y se dirigió a mí con aire amenazador, diciendo que yo no podía estar allí y exigiéndome que me fuese enseguida.

Dígame, ¿no habría hecho usted lo que hice yo entonces? Es decir, ¿no le habría dado un puñetazo con todas sus fuerzas en pleno tabique nasal? Y sin embargo, ¡qué horror lo que ocurrió después! Más bien, lo que hice después, aunque me resulta tan vergonzoso que odio admitirlo y prefiero achacarlo a la tensión del momento y a la enajenación. Me refiero, como ya sabe, al momento en que lo cogí de ambas manos, estando él atontado, y lo arrastré por todo el pasillo central de la iglesia hacia la calle, donde lo levanté como se levanta a un amigo que ha bebido algunas copas de más y necesita ayuda para volver a casa. Así mismo nos vieron los que iban pasando por allí y se acercaban para preguntar, y a todos les decía yo lo mismo: que él era el asesino del pequeño Raúl y que había intentado hacer lo mismo con mi hijo Carlos, y que, puesto que ustedes, la policía, no iban a hacer nada igual que no hicieron nada en los tres casos anteriores, nuestro deber era tomarnos la justicia por nuestra mano.

Entonces, entre otras dos personas y yo, hicimos lo que ya saben: lo atamos de brazos y piernas y, como hacen en algunos países, cogimos cada uno una gran piedra y empezamos a romperle, uno a uno, todos los huesos del cuerpo. Empezamos por los brazos y las manos, seguimos por las piernas y los pies y continuamos por la cadera y las costillas. Era absurdo, porque a los pocos minutos el hombre ya había muerto de dolor, pero todos pensábamos que simplemente se había desmayado. Mientras tanto, algunos gritaban cosas como: "¡Ahora no hay Dios que te salve!" o "¡Púdrete en el infierno!". Cuando nos dimos cuenta de que ya no respiraba ni su corazón latía, uno de mis compañeros gritó: "¡Se ha hecho justicia!" y el pueblo estalló en vítores y en gritos que parecían más propios de bárbaros que de las personas piadosas que siempre hemos creído ser...

Cargamos con el cuerpo hasta lo alto del camino del cementerio y lo arrojamos al vacío, perdiéndolo de vista cuando atravesó el mar de nubes y pensando después que, a fin de cuentas, habíamos hecho lo correcto y nos habíamos librado de un grave problema. Y ustedes, mientras tanto, no hicieron nada para impedirlo, de modo que este interrogatorio es, por cierto, una farsa y completamente estéril. Pero respondiendo ahora a su segunda pregunta, señor, sí que hay algo de lo que me arrepiento, algo con lo que sueño cada noche después de aquel día: la mirada de mi hijo desde la puerta de la parroquia mientras yo cargaba con el cuerpo del señor Esteban, al que acababa de asesinar, en dirección al barranco que habría de ser su tumba para siempre.

martes, 9 de noviembre de 2010

Viajero

Viajero, he venido hasta aquí sólo para despedirte. Pero debo de parecerte tonto: seguramente consideres que apenas si he tenido que caminar para encontrarte. Tú estarás fuera más de cincuenta y cinco meses, ¡y qué maravillosas tierras encontrarás a lo largo de ese tiempo...! ¡Si pudiera cambiarme por ti y conocer esos mundos inexplorados, y descubrir nuevas formas de vida y ver otros cielos! Tengo envidia de ti, viajero, pero nos reconciliaremos si haces algo por mí.
Cuando subas a tu extraño dirigible en dirección al horizonte y unas horas después te pierda de vista, buen amigo, acuérdate de mí. Cada vez que pongas el pie en una tierra virgen, lejos del humo y de los asesinos del tiempo, coge lápiz y papel y escríbeme unas líneas: serán las huellas que yo seguiré cuando sea el tiempo de hacerlo. Háblame de todas las maravillas, de las plantas misteriosas y de las bestias que encuentres en tu camino, y dime con detalle cómo es cada una, si rechazan el contacto humano, de qué se alimentan, cómo es su pelaje o su plumaje y si vuelan como tú o trepan a los árboles para ver partir tu nave de vapor bajo las estrellas hacia otros mundos que aún nadie ha descubierto.
Y recuerda algo: cuando después de tanto tiempo vea tu nave aparecer en el horizonte, vendré corriendo hasta aquí mismo para ser el primero en estrechar tu mano. Y cuando tú te encuentres frente a mí, como lo estás ahora, ¿tendrás la generosidad de regalarme tus ajados mapas? Prometo guardarlos como un tesoro en la memoria y usarlos de guía a través de las sendas oscuras y los caminos que me toque recorrer en el futuro.
Pero ahora, querido amigo, tienes que irte. Así pues, ¡ten un buen vuelo! ¡Adiós, hasta pronto, viajero!

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La moneda

(Como siempre, nombres y lugares son ficticios.)
(Siento que esté mal escrito: he intentado que los monólogos sean más realistas que literarios.)


Lamento de una madre

¡Míralo!, aquí está, pobrecito mi niño, si parece que está dormido... No me lo quería creer y ahora que lo estoy viendo sigo sin creérmelo, es... todo es tan irreal, si comimos juntos el domingo... Y ahora está aquí, mi niño, tan bueno, tan cariñoso, siempre me decía: Mama, mira, el enano tiene tus ojos... ¿No te acuerdas?, estaba loco por mi nieto, lo tenía como al rey de la casa, y ahora el niño se queda sin su padre y... le destrozaron la vida...

Y esa brecha que tiene en la frente y que le hizo la puta de su novia a saber con qué, y esa raja en la muñeca... Mi dolor más grande es que siempre le dije que Sonia no le convenía, que no era una buena mujer, siempre tan callada y tan rara... Una madre nunca se equivoca, tú lo sabes, porque yo conocía a mi hijo mejor que nadie y era la mejor persona del mundo, la mejor persona... ¡Mi niño, dormido aquí con nosotros!

Notas del inspector

El cadáver se encontraba tendido sobre la alfombra del comedor con las piernas hacia el sofá y la cabeza muy cerca de la pata de una de las sillas. Presentaba una herida de 3 cm en la cabeza y otra herida por arma blanca en la muñeca izquierda. Se ha encontrado sangre en uno de los cuchillos que estaban sobre la mesa. A un lado del sofá se encontró media botella de cerveza rota y sobre la mesa de cristal se hallaron los fragmentos de la otra mitad. No se encontraron otras cosas de interés.

Declaración de la homicida

A mi marido lo conocían en el edificio, o más bien conocían su mal genio. A mí también me conocen bastante bien y tengo muy buena relación con algunos vecinos, por eso alguien los llamó a ustedes cuando oyeron los golpes. Sí, los golpes, empezando por el portazo que dio al entrar y que según tengo entendido se oyó por todo el edificio. Desde luego, el niño lo oyó, porque se despertó llorando y temblando como un flan, el pobre.

Sí, tiene -tenía- muy mal genio, sobre todo cuando bebía. Sí, sí, bebía bastante, bebía mucho y fumaba mucho más, y eso que el médico le había dicho que su corazón no estaba bien y que tenía que dejar todos esos vicios de inmediato, pero él no hacía caso. Yo siempre trataba de recordarle el dolor del primer infarto y lo mal que lo había pasado. Habíamos, más bien, porque yo, al contrario que él, nunca llegué a olvidar aquellos días.

Sí, discúlpeme, me he distraído. Verá, él llegó a las cinco de la mañana porque había salido con unos amigos suyos, y venía tambaleándose, como muchas noches. Al oír el portazo, lo primero que hice fue coger al niño para tranquilizarlo y después ir hacia el salón para ayudar a mi marido a acostarse. Él me empujó y el niño empezó a llorar más fuerte, así que los dos estábamos muy nerviosos. ¿Cómo dice? Ah, eso... no había quitado la mesa desde la cena porque quería que supiera que llevaba esperándole desde las nueve y media. Qué tontería, ¿verdad?, como si se fuera a sentir culpable por eso.

Bueno, después de empujarme, fue hasta la cocina a por una cerveza. Yo le dije que haría mejor en acostarse, que ya había bebido bastante. Él me gritó y me insultó, y volvió al salón para tomarse la cerveza viendo la tele. Cuando se quedó dormido y yo acosté de nuevo al niño, la apagué y él se despertó muy enfadado; me amenazó, cogió la botella por el cuello y la rompió contra la mesa. No, la de madera no, la de cristal. Yo me puse detrás de la mesa del comedor mientras él intentaba cortarme, y estaba tan desesperada que al final cogí uno de los cuchillos y se lo intenté clavar en un costado, pero sólo le rocé la muñeca.

Entonces él se quedó con los ojos muy abiertos, muy quieto, y dio algunos pasos hacia atrás. Soltó el cuello de la botella, se llevó la mano derecha al pecho y un segundo después calló redondo. Al caer se golpeó la cabeza con una de las sillas, y en ese momento llegaron ustedes. Como ya sabe, la ambulancia llegó poco después pero sólo dijeron: Ya está muerto.

Sí, señor, lo había denunciado catorce veces, como demuestran estos papeles... mire, ¿ve?, pero en ningún caso me tomaron en serio.

Ah, ¿ya hemos terminado? De acuerdo. Está bien, señor, no se preocupe, estaré localizable. Sí, lo entiendo. Ah, si me permite, me llevo el té para tomarlo de camino al hotel. Está bien, hasta pronto, señor. Dile adiós al señor, hijo. Adiós. Adiós.

domingo, 31 de octubre de 2010

La tortura

No sé, lo admito, quién eres realmente, pero conozco bien tus maneras: por las noches, cuando todo a mi alrededor comienza a tomar formas extrañas y a girar en torno a mí; cuando una especie de esquizofrenia me esposa a su muñeca y me lleva a escuchar las voces de otros lugares y otros tiempos; cuando se celebra un baile de máscaras y nadie es quien parece ser, entonces apareces tú.

Me ocurre a menudo: me cogen por los brazos y me estiran como si fuera de goma. Por uno, tiran de mí hacia las estrellas, y por el otro, me mantienen encadenado a la Tierra. Y a veces yo no sé decir a unos o a otros: -¡Soltadme!, quiero ir hacia tal o hacia cuál-, no, porque soy muy indeciso y me mantengo atrapado entre dos mundos.

Y entonces tú aprovechas, y con un fragmento de tierra y otro de estrellas, te presentas ante mí con máscaras atractivas y me engañas más fácil que a un niño. Y a la hora de pedirme perdón a mí mismo, me basta con preguntar: -¿Qué culpa tengo de ver sólo lo que quiero ver?-, y si estoy lleno de nada y soy ligero, y el aire frío me empuja hasta las estrellas, ¿cómo puedo decir algo así?: -¡Suéltame, quiero seguir encadenado a este trozo de tierra!

miércoles, 27 de octubre de 2010

La hora del señor Medina. Capítulo V

Enlace: Capítulo IV.

Urso Medina se preguntaba aún de dónde provenía el tremendo golpe que acababa de oír no demasiado lejos de allí. Sin embargo, se encogió de hombros, entró al coche sin pronunciar palabra y se sentó en el amplio asiento trasero. A esa hora ya no había tráfico, así que en unos segundos se encontró recorriendo las calles de la ciudad a una velocidad que le pareció excesiva. -La ocasión lo requiere-, razonó, pero no podía evitar pensar que ninguna causa era más apremiante que la suya propia en aquel momento.

Mientras atravesaba las calles más oscuras del último barrio periférico, se dedicó a la tarea de conjeturar cómo había podido ocurrir un desastre como aquel. Le había irritado enormemente la acusación de Basella (¿desde cuándo tenía él que asegurarse de que el muerto estaba muerto? Su tarea se limitaba a deshaerse del cuerpo), pero, cada vez que en sus razonamientos llegaba a este punto, Urso Medina tomaba conciencia de la gravedad de su error: no debió de hacer muy bien su trabajo, si la víctima había regresado a casa por su propio pie. Sonaba cómico, pero no lo era en absoluto. Una idea fugaz cruzó su mente: se estaba convirtiendo en un extraño para sí mismo.

Por segunda vez aquella noche, el teléfono lo devolvió al mundo real. Era el propio Basella. -Qué raro- pensó, -Gerard llamándome al móvil, con lo paranoico que es. La cosa debe de ser más grave de lo que pensaba...

Justo en el momento en que descolgó, sonó un clic en el asiento del copiloto.

***

-¿Qué ha dicho? -preguntó Sara, la joven delgada de pelo corto que no había dejado de dar vueltas en círculo detrás de la silla de Samuel. Éste, dejando el auricular sobre la mesa, sólo dijo:
-Está en el Heiter.

Sara se equipó adecuadamente y subió al coche con Mikel. Mikel era un hombre de mediana edad, alto y ancho, de pocas palabras y mucho carácter, cuadriculado y meticuloso. Encendió las luces, dio un brusco acelerón y enseguida dejaron atrás el polígono industrial. -Casi no tenemos morfina- dijo Sara.
-Nos apañaremos.

Atravesaron a toda velocidad las principales arterias de los barrios y la ciudad, y al pasar por delante de las casas en las calles más pequeñas, algunos mendigos se salvaron de ser atropellados sólo gracias a sus buenos reflejos y a que les avisó el ruido cercano de los derrapes al doblar las esquinas.

Abandonaron la zona residencial de la ciudad y entraron en una ancha avenida.

A lo lejos, un Lamborghini Gallardo negro reflejaba la luz naranja de las farolas. -Mira- dijo Sara, -ése es el número uno de Basella-. No hizo falta decir más: Mikel aceleró hasta colocarse a su izquierda mientras Sara acoplaba el silenciador a la pistola. Hizo tres disparos y el último de ellos dio en su objetivo, que era la rueda delantera. El conductor del Lamborghini perdió el control y acabó estrellándose contra la barrera, y Sara miró las chispas por el retrovisor un segundo antes de que Mikel doblara tranquilamente la esquina y, tras atravesar dos calles más, aparcara en la puerta del hotel Heiter, donde esperaba Urso Medina.

***

-¡Urso! -gritó Basella a través del teléfono-. ¡Nos han tendido una trampa! ¡No subas al coche! ¡Vuelve a la habitación y espera mi llamada! ¡Maldita sea, Urso, contesta!

Clic.

Una figura cubierta con pasamontañas le apuntó a la frente con una pistola. Urso Medina dejó el teléfono sobre el asiento y levantó tímidamente las manos. -Un poco tarde- dijo, contestando a la advertencia de Basella. Tarde, sí, demasiado tarde. Mikel sabía lo que se hacía: era preciso y matemático, y no desperdiciaba un segundo porque sabía que otros podrían utilizarlo en su contra. Formaba un equipo perfecto con Sara.

El coche zigzagueó por tercera vez entre las casas de ladrillo y atravesó interminables carreteras hasta llegar a un lugar en medio de ninguna parte. Se apartaron de la carretera y Mikel detuvo el coche a una distancia más que suficiente. Se bajó y abrió la puerta de atrás, y enseguida le colocó a Urso Medina un pañuelo en la cara. Éste se quedó algo atontado, pero sabía lo que debía hacer y fingió dormir profundamente. Mikel se metió de nuevo en el coche y, lentamente, subieron hasta la carretera para continuar por un estrecho camino de piedras.

Al cabo de un rato, Urso Medina escuchó ruido de disparos. Sara dijo: -¡Mierda, nos siguen!-, y uno de los disparos rompió la luz de freno derecha.

-¡Acelera, Mikel, joder, tenemos que salir de aquí!

Urso Medina siguió oyendo disparos durante unos minutos e incluso, con los ojos entreabiertos, vio la luz de unos faros reflejada en la carretera junto a él. -Nos han seguido- pensó, -pero ¿desde dónde? ¿Cómo sabía Gerard hacia dónde me llevaban? Cuando me llamó, ni siquiera sabía que había subido al coche; aunque mi silencio debió de dejárselo bastante claro...

Apenas unos segundos después, se dio cuenta de que habían dado esquinazo a los de Basella y sus pequeñas esperanzas desaparecieron casi por completo. Al cabo de un rato, entraron en un polígono industrial y él distinguió a duras penas el cartel de la extensa nave a la que lo llevaban: Laboratorios Caralt & Fuenllana.

-Es imposible... No puede ser... -pensó, y en ese mismo instante se desmayó.

Al despertar, advirtió que le habían cubierto la cara con un pañuelo y le habían maniatado. Se encontraba sentado en una silla de escritorio y todo parecía estar totalmente a oscuras. Una voz le sobresaltó. Una voz femenina que recordaba demasiado bien:

-Buenas noches, señor Medina. No se asuste por el pañuelo, tan sólo es que no podemos permitir que vea algunas de las caras que se encuentran a su alrededor. Usted y yo somos viejos amigos, ¿no es así? Tal vez el nombre de los antiguos laboratorios Caralt & Fuenllana le traiga algunos recuerdos. Y ahora creo que es el momento de que me cuente la verdadera historia de mi hermana Natalia...

sábado, 23 de octubre de 2010

La hora del señor Medina. Capítulo IV

Por Javier Solera.

Enlace: Capítulo III.

- Un momento, señor, voy a comprobarlo.

Es muy tarde. Ha estado lloviendo toda la maldita noche. Una de esas agobiantes lluvias de verano. Ya no cae agua pero el aire está empapado de ella, como si manase de la tierra, como si rebotase hacia el cielo, como si las gotas saltasen como chispas del calor de la tierra encendida y apretada. Todo está lleno de barro y sus cuerpos chorreando. Las ropas, negras de humedad.

Las farolas alumbran la tierra y la luz de la luna todo en derredor, y el resplandor de las ciudades rebota en el horizonte y lo pone todo rojo, el cielo, el suelo. Ese rojo de polígono tan familiar y tan sórdido en que se ha convertido la atmósfera de los campos y de las montañas, de las llanuras y de los valles. Lo que antes fue luz azul acuática de luna clara ahora es anaranjado estertor de brillos industriales.

La llanura es más plana y más extensa de lo que nunca fue, y rodeada a todos lados por vías de tren y carreteras que la encierran, como una muralla. Los ferrocarriles están lejos pero a él le parece que están a su lado y escucha las máquinas pitando y moviéndose y el estallido de los coches que recorren el asfalto, casi en su oreja. La inmensidad de la planicie le pone enfermo y le hace sentirse desnudo y cree que todo el mundo puede observarle desde las ventanas de los autos y desde el frescor de los vagones y señalarle mientras hace lo que hace. Nunca deseó tanto vivir entre montañas.

Sus dos empleados se fuman cigarrillos compulsivos y le miran, mientras se quitan el agua de la frente y se preguntan qué paso dar. En medio de los tres hombres bajo la luz roja y enferma que rebota la luna está el bulto inerte envuelto en cortinas y en abrigos como lienzos.

Yo no quería hacerlo… no quería hacerlo pero lo hice, ¡maldita sea!

- Sé lo que se trae entre manos.

No podía quitarse de la cabeza esa maldita conversación en el Palacio de Congresos.

- He visto lo que ha estado haciendo con esa chica. Conozco lo de sus abusos.

- Mira… creo que te estás equivocando.

- Le voy a decir una cosa: eso es acoso laboral. Y cuando se enteren los jueces no sé cómo le va a sentar a su carrera.

- Creo que te confundes, yo…

- No me venga usted con cuentos. Está usted jodido, señor mío.

Esa puta… yo no quería, ¡no quería hacerlo! Sólo quería hablar, lo juro. En realidad quería ofrecerle dinero. Estaba dispuesto a tapar con dinero su puñetera boca. Le metería tanto dinero que no se reconocería ni a sí misma, ¿eso es malo? No, ¿verdad?
Pero ella se asustó, creyó lo que no era… echó a gritar, echó a correr… mientras corría pedía auxilio… hice lo primero que se me ocurrió.

Y ahora está aquí, frita, en el suelo. Tan quieta y tan tiesa como un boquerón. Envuelta en lienzos como los viejos guerreros cuando los llevaban sobre escudos para quemarlos en el bosque. Pero esto es muy distinto.

La misma historia que se había repetido a sí mismo tantas veces… ¡yo no quería! Pero la había olvidado, la había enterrado en algún trastero en su memoria cerrado con siete llaves.

De vez en cuando le volvían los vacíos, los mareos y las angustias. Recordaba cómo le temblaban las piernas hasta casi dejar de sostenerle, cómo le recorrían la frente sudores fríos que le helaban en medio de la húmeda y tórrida noche del agosto máximo. Recordaba la sensación de vaciársele los ojos secos, de licuársele la sustancia misma del cerebro y caer como en un wáter por la cañería de su cuerpo justo hasta la parte más innoble.

¡Qué miedo da matar, maldita sea!

- ¿Y qué hacemos, Gerard?

- Yo que sé qué coño hacemos…

Y esa palabra escupía el humo del enésimo cigarro.

¿Qué hacemos? Hemos conseguido meter el cuerpo disimuladamente en el coche. Salir del Palacio de Congresos, repleto de policía… menos mal que soy quien soy. Si no, hubiera sido imposible.

Debo terminar con esto y meterlo en algún rincón oscuro de mi alma y no recordarlo jamás. Así que sé a quién tengo que llamar.

Y ojalá no tenga que pensar en ello nunca más hasta que me muera. Mañana tengo que ir a la iglesia o a donde quiera que me dejen rezar.

***

El teléfono. ¿Quién coño me llama? ¿Cómo es posible que sepan que estoy aquí? A lo mejor quieren recordarme que no se puede fumar u ofrecerme algún servicio para sacarme más dinero…

El señor Medina se quedó un minuto como bloqueado, como tonto mientras el aparato no dejaba de sonar y él se preguntaba cómo era posible sin darse cuenta de sus pensamientos. Aún embobado acercó una mano y con voz torpe contestó:

- ¿Sí?

- Señor Medina, perdone que le moleste – habló una voz plomiza al otro lado.

- No se preocupe.

- Le llamo de recepción – continuó la voz –. Una persona ha llamado al hotel preguntando por usted. Le tengo en espera. Quería saber si desea usted que le pase la llamada.

¿Cómo podían saber que estaba alojado ahí? ¡Si no llevaba ni una noche!

- ¿De parte de quién? – quiso saber Urso.

- Dice ser el señor Basella.

- ¡Basella! – un escalofrío recorrió la espalda cansada de Urso Medina.

- ¿Desea usted hablar con él?

El señor Medina dudó un segundo y casi titubeó, pero sin darse demasiado tiempo a cavilar, presionado, respondió que sí. Después sonó una voz muy distinta, profunda y oscura.

- Urso. ¿Estás ahí?

- Sí, estoy aquí.

- Soy yo, Gerard.

- Ya lo sé.

- Bueno, me andaré sin rodeos. Verás, quería…

- ¿Cómo coño sabes que estoy aquí? - le interrumpió Medina.

El hombre al otro lado tardó un poco en responder.

- ¿Dónde ibas a estar? Siempre estás en ese hotel de mierda. Llamé a tu apartamento y no me contestó nadie. ¿Ya no estás con tu mujer? ¿Os habéis vuelto a pelear?

- No, ya no estoy con mi mujer – replicó Urso, queriendo cambiar de tema.

- Bueno – contestó Gerard – la verdad es que no me importa. No te he llamado para hablar de eso.

- ¿Qué quieres? – el señor Medina empezaba a ponerse nervioso.

- Bueno… es un poco complicado hablar de eso por teléfono. Tenemos que vernos.

- No sé si puedo – replicó Urso.

- Urso, es cuestión de vida o muerte. – la voz de Basella no sonaba nerviosa.

- Tengo problemas – insistió Medina, como si no le importara.

- ¡Yo también tengo problemas! – repuso Gerard – por eso te he llamado.

El señor Medina suspiró y se frotó los ojos, cansado y mareado, y un poco harto. Mientras se le aclaraba la voz tomó aire y soltándolo dijo:

- Mira, tienes que contarme de qué va la historia porque si no, no sé si me interesa.

- Claro que te interesa, Urso. Sabes que siempre juego con mucho dinero.

- Ahora mismo me importa una mierda el dinero – admitió Medina, recordando su triste salud.

- No eres tan rico como yo, Urso.

- Te aseguro que, ahora mismo, me da igual el dinero.

- Bueno… ¿podemos vernos o no?

- Dime qué pasa… dímelo aunque sea por encima, joder. Pero si no me dices nada no pienso mover el culo de esta habitación.

Se hizo un silencio largo y tranquilo al otro lado. Como si Gerard se lo pensara o, más bien, como si quisiese dar una muestra de su autoridad haciendo entender que reflexionaba. El sonido inconfundible de una calada precedió a sus palabras siguientes:

- Bueno, seguro que te acuerdas de aquella mujer… Natalia. Natalia Fuenllana.

A Urso casi le molestó recordarlo.

- Sí, me acuerdo perfectamente.

- Bueno… recuerdas que tuve un… problema con ella.

- Sí.

- Y que tú simplemente te ocupaste de todo.

- Sí, me acuerdo, ¿y qué? Eso está resuelto. Hace años que no me dedico a esa clase de cosas.

- Pues parece que no lo resolviste tan bien, Urso.

- ¿Por qué dices eso?

- Está viva, Urso. Está vivita y coleando. Ha estado viva estos diez putos años y nosotros, tan tranquilos.

- ¿Qué? – exclamó Medina – eso es imposible. Imposible – remarcó.

- Te juro que no es imposible. Y lo sé porque me ha escrito. Me ha llegado una carta suya esta misma mañana.

Urso no contestó, por lo que el señor Basella siguió hablando:

- Tengo que verte inmediatamente. Tengo que enseñarte la carta, que me digas qué piensas, qué debo hacer y, sobre todo, qué coño hiciste esa noche con ese cuerpo. Y quiero saber por qué salió mal y por qué, aun así, te quedaste con mi puto dinero.

En otro momento, a Urso Medina le hubiese asustado considerablemente que Gerard Basella le hablase en ese tono, que desconfiase de él y que le pidiese explicaciones sobre un asunto de ese tipo. Le hubiera asustado incluso mucho, pero, en esa noche concreta y en ese preciso momento, a Medina sólo podía asustarle una cosa y todo lo demás carecía de importancia. Aun así contestó:

- Gerard, te juro que yo lo hice todo correctamente.

- Bueno – zanjó Basella, calando el cigarro – tengo que verte cuanto antes. ¿Cuándo y dónde?

- Estoy en el Hotel Heiter, ya lo sabes.

- Bien, ¿no quieres que te recoja en otro lado?

- Me da un poco igual.

- De acuerdo. En cuarenta minutos estate en la puerta. Pasarán a por ti. Después hablaremos.

- Está bien – contestó Medina.

- Hasta luego, Urso.

- Adiós.

El señor Medina colgó el teléfono y se fundió con el silencio. Estuvo un rato con la mirada perdida en el vacío, como noqueado. Que aquella misma noche, justo en un momento como el que estaba viviendo, la parte más recóndita y más siniestra de su pasado fuese a buscarle al último rincón del mundo para revelársele de nuevo le parecía demasiado.

Se levantó sin pensar, embobado. Dio un último trago al Loch Lomond y miró a su alrededor, como si buscase algo. Tenía que darse prisa. Quizá no le interesara el asunto que Basella tenía que explicarle, quizá incluso tuviera problemas. Pero en su situación le daba igual todo eso y, al menos, tendría algo que le mantuviese ocupado – aunque fuese para mal –. Después de todo no tenía mayor entretenimiento y era eso en lo que debía pensar si no quería volverse loco.

Aprovechó los cuarenta minutos que le había dado Gerard – y que serían, conociéndole, cuarenta minutos de reloj – para darse una ducha. No tenía otra ropa con la que cambiarse pero al menos se quitaría del cuerpo algo de olor a whisky. Y de los viejos tiempos recordaba que a Gerard Basella había que enfrentarlo presentable.

Mientras se metía en la ducha, recordaba. Recordaba una llamada como aquella, intempestiva, hacía diez años. “Estoy en mi villa, en el campo, ven inmediatamente. Ya conoces el camino”.
Y allí el cuadro terrible, como todos los que encontraba Urso Medina en aquel tiempo cuando se dedicaba a aquellas cosas a las que alguien tiene que dedicarse. En los momentos difíciles hay que resolver asuntos difíciles para sobrevivir. Aunque nunca hubiera pensado, hasta aquel día, que alguno de los trapos sucios por lavar fuera ni más ni menos que del señor Basella.

Pero ahí estaba él, en su lujosa villa del campo, con dos de sus empleados y un fiambre entre los tres. Ahí estaba, esperándole, con las manos tan sucias como el alma y sin saber qué hacer con aquel cuerpo.
“Recuerda que me debes un favor, Urso”. Y era verdad, le debía muchos. Incluso ahora, diez años después y tras haberse convertido en un hombre más que respetable, todavía le debía más de uno.

Seguía pensando en todo esto cuando bajó a la calle y comprobó, sin gusto, que volvía a llover. Esperaba bajo la marquesina del autobús, frente a la puerta del Hotel Heiter, a que llegase el coche que le recogería.
“Este es Urso Medina”, solía decir Basella cuando le presentaba a algún cliente. “Un tipo discreto, callado, sencillo. Y ha sido portero en un bar de copas: ¡eso es una garantía de profesionalidad para esta clase de trabajos!”. Y así, esforzadamente, manchándose las manos un poco y mucho el corazón, consiguió subir hasta donde había llegado. De vez en cuando Gerard solía recordarle: “no olvides que estás dónde estás por mí, Urso. No lo olvides por si alguna vez te necesito de nuevo”.

Pero no había vuelto a necesitarle otra vez. No hasta esta noche. No en tanto tiempo que el señor Medina se había acostumbrado, por fin, a ser únicamente un tipo respetable y con dinero. Un tipo normal acomodado e importante. Hasta que el destino se había conjurado para golpearle en el refugio defectuoso de sus células y para rematarle, quizá, con el pasado encarnado en Gerard Basella y reconvertido en alguna historia turbia como la de los viejos tiempos.

Esos tiempos fugaces y turbulentos que ponían el único paréntesis a su existencia, un paréntesis tan doloroso como excéntrico; una turbulencia que perturbaba la línea recta de sus años idénticos y mediocres. Paréntesis que se abría tras una vida de ocupaciones corrientes y miserables y que se cerraba para dar paso a otra distinta de aburrida y triste prosperidad no menos anodina.

Seguía con todos estos recuerdos y preguntándose, también, cómo podía seguir viva Natalia Fuenllana y por qué alguien se empeñaba en amargarle el poco tiempo que aún tenía, mientras la lluvia caía en torno a él y un coche negro se orillaba para ponerse al lado suyo.

Gusanos

Ahora que al fin me visitas, irrumpiendo en mi habitación, acercándote a mí silenciosa y ruidosamente y quedándote de pie frente a mi cama, con los brazos en jarra, intuyo que esperando una explicación o tal vez una palabra de gratitud, sé que me demandas una confesión.
Pues bien, mira un segundo: ya ves que mi carne no yace entre sábanas blancas; ¿o esperabas encontrar algo extraordinario? Si es así, no es aquí donde has de buscar. ¡Desaparece! ¡Desaparece! ¿O acaso no es eso lo que querías?
Ya, ya entiendo tu silencio.
Es irónico y cruel, tan propio de ti... Porque tú no ignorabas mi deseo de alimentar a los gusanos, pero no con carne propia sino ajena, ajena y cercana, tanto que de ella sólo me separan un abismo y ahora tú. Deseaba un aire limpio, detesto este aire podrido que tinta de negro los pulmones y el corazón. Quería silencios y ausencias y casas abandonadas. Te quería a ti en tantos rincones, en tantos hogares, en tantos lugares...
He aquí mi confesión, y sin embargo, ¡qué irónica y qué inoportuna eres! ¡Me pides una explicación tú, hija del tiempo, espectro maldito, ahora que por fin te dignas visitarme y que es demasiado tarde para todo!

jueves, 21 de octubre de 2010

El golpe final

Cedí unos centímetros el día que me dijiste que quizá las cosas saldrían bien. Desde entonces he descubierto que cerrar los ojos sólo sirve para tropezar con las piedras del camino, y ahora con los huesos rotos no se puede desandar lo andado pero tampoco seguir adelante.
En este invierno final no hay nieve y los árboles mueren por miles, y podría mencionar algunas cosas sobre el bosque siniestro que nos aguarda. Pero en el viento hay demasiadas voces y la mía se mezcla entre ellas como si pesara menos que un diente de león, así que ¿quién les prevendrá? Oigo que una de las voces dice algo como: Todo terminará bien.
Y ahora me quieres asestar el último golpe, pero olvidas que soy un jabalí herido y loco. Intentas huir pero te alcanzo, y los árboles muertos se inclinan para escuchar el último aliento de alguien que dijo que tal vez, algún día, las cosas podrían salir más o menos bien.