
Cuando subas a tu extraño dirigible en dirección al horizonte y unas horas después te pierda de vista, buen amigo, acuérdate de mí. Cada vez que pongas el pie en una tierra virgen, lejos del humo y de los asesinos del tiempo, coge lápiz y papel y escríbeme unas líneas: serán las huellas que yo seguiré cuando sea el tiempo de hacerlo. Háblame de todas las maravillas, de las plantas misteriosas y de las bestias que encuentres en tu camino, y dime con detalle cómo es cada una, si rechazan el contacto humano, de qué se alimentan, cómo es su pelaje o su plumaje y si vuelan como tú o trepan a los árboles para ver partir tu nave de vapor bajo las estrellas hacia otros mundos que aún nadie ha descubierto.
Y recuerda algo: cuando después de tanto tiempo vea tu nave aparecer en el horizonte, vendré corriendo hasta aquí mismo para ser el primero en estrechar tu mano. Y cuando tú te encuentres frente a mí, como lo estás ahora, ¿tendrás la generosidad de regalarme tus ajados mapas? Prometo guardarlos como un tesoro en la memoria y usarlos de guía a través de las sendas oscuras y los caminos que me toque recorrer en el futuro.
Pero ahora, querido amigo, tienes que irte. Así pues, ¡ten un buen vuelo! ¡Adiós, hasta pronto, viajero!
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