lunes, 7 de marzo de 2011

Kronstadt

Diario del soldado Andrei Zaitsev
Kronstadt, 16 de marzo de 1921

Treinta kilómetros. Debería ser una distancia suficiente, pero no lo es. Lo sería si fueran treinta kilómetros de agua líquida, pero aún no es época de deshielo. No falta mucho, es cierto, pero quizá falte demasiado. Da que pensar cómo las circunstancias moldean el espacio y el tiempo a su antojo, no siempre de la manera más ventajosa.
Los treinta kilómetros de hielo que nos separan de Petrogrado son el perfecto pasadizo para el ejército rojo, que se concentra en esa ciudad proveniente de todos los rincones de Rusia. No sé cuántos soldados de infantería han caído a día de hoy ni los que caerán antes de que esto termine, pero somos muchos los que cada mañana miramos al cielo con la esperanza de que el sol caliente mucho más de lo que acostumbra.
Ayer murieron ahogados unos cuantos. Muchos de los disparos van a parar al hielo y éste se acaba rasgando en algunas zonas. Aun así, no es suficiente. No sabemos si aguantaremos hasta que llegue el deshielo. Se oye hablar de huir a Finlandia si todo sale mal, pero somos trece mil soldados y dos mil civiles... ¿cuántos de nosotros podríamos huir?
El gobierno mantiene secuestrados a nuestros familiares desde hace once días y amenaza con ejecutarlos si los funcionarios comunistas que permanecen presos en la fortaleza sufren algún daño. Tenemos miedo por ellos, pero no podemos rendirnos. Continuamente se oyen gritos de "¡Viva los soviets, abajo los comunistas!". Mucha gente tiene esperanzas en nosotros.
Es lógico, la gente tiene hambre. La guerra ya terminó, pero el gobierno sigue robando los excedentes a los campesinos. Mi amigo Yuri regresó hace un mes de la casa de sus padres y nos contó que no tenían para comer, que el ejército se lo había quitado todo. Sin el pretexto de una guerra civil, ¿qué excusa tiene Lenin ahora?
Supongo que ahora debería descansar, tal vez mañana el tiempo sea más favorable. O tal vez el gobierno entre en razón y todo esto termine de una vez.

Yuri Volkov, o Yura, como le llamaba cariñosamente su familia, había cogido por instinto el pequeño cuaderno y lo había metido en su mochila. Semanas después, sentado en una esquina de una calle secundaria, lo había encontrado por casualidad al sacar su abrigo. Se acordó entonces de su amigo Andrei, pero ahora ya no tenía un agujero en la frente sino que estaba vivo, allí junto a él.

No se acostumbraba a Finlandia, pensó que siempre le parecería un país extraño... pero le dio la impresión de que Rusia quedaba ahora lejos, muy lejos, a millones de kilómetros, y que jamás volvería allí.

viernes, 4 de marzo de 2011

Canción de cuna

Cae la noche sobre la ciudad. El cielo empieza a llenarse de estrellas allá a lo lejos, en el lugar donde hace años estaba el lago en el que solíamos pasar las horas cuando éramos un poco más críos. No mucho más.

Mira todas esas estrellas, brillan tanto que parece que puedes estirar la mano y tocarlas, porque el cielo está despejado. Y la luna está llena y amarillenta hacia el Este, muy arriba, allá arriba. Ya no hay nubes por aquí... y me gustaría que alguien me dijera si van a volver alguna vez, porque la tierra se está secando demasiado.

¡Bum!, fuegos artificiales y un perro empieza a ladrar y se oye un llanto a lo lejos, pero no demasiado lejos. Aquí también Olga lleva llorando un buen rato porque tiene hambre. Tiene hambre porque lleva mucho tiempo sin comer, y los bebés no pueden aguantar mucho tiempo así, de modo que, por favor, si alguien pudiese darme algo de comer, se lo agradeceré, porque mi niña tiene mucha hambre.

Y pasamos la noche los tres juntos bajo los fuegos, dormidos porque estábamos rendidos, porque llevábamos muchos días caminando de un lado para otro y todo para terminar en el mismo sitio. Y nos despertamos con el sol y con el ruido de los aviones que vienen del Oeste.

Olga ya no llora... ella también estaba cansada, cansada del infierno, cansada de no comer. La envuelvo en sus mantas y hago un hoyo poco profundo en la tierra con las manos desnudas y la pongo allí, pero después no tengo fuerzas para cubrir el hoyo y simplemente me quedo contemplándola y llorándola durante horas y horas.

Y en medio de los escombros y bajo un montón de aviones que vienen y van y oyendo las explosiones a pocos kilómetros de aquí, cuando me arrodillo y empiezo a rezar, el pequeño Luis viene y se me abraza y me pregunta si ya vino mamá. Y yo pienso en silencio: qué le digo, Señor. Qué le digo.

jueves, 3 de marzo de 2011

Una foto en sepia (2)

La entrada anterior estaba inspirada en el siguiente vídeo:

martes, 1 de marzo de 2011

Una foto en sepia

Alguien* dijo una vez que «la memoria es lo más cruel que hay en el mundo, te recuerda permanentemente (...) que cada día estás más cerca de la muerte». Pienso a menudo en esa frase, y, a medida que pasan los años y veo mi pelo blanquearse y mi cuerpo deteriorarse de una manera definitiva, siento que se convierte en una verdad que poco a poco envuelve cada uno de los actos de mi vida.

Este pasar del tiempo tan lento, que sin embargo al echar la vista atrás parece tan fugaz, me hace olvidar de manera imperceptible tantas cosas que en ocasiones siento que en mi cabeza hay un agujero por el que se escapan uno a uno todos los recuerdos, desde mi infancia hasta el día de hoy. Supongo que por eso existen las fotos, porque todos tenemos un agujero en la cabeza.

Todas las mañanas, desde hace muchísimos años, me siento en este mismo banco justo después de desayunar. Muchas veces está cubierto de nieve y, muchas otras, de hojas secas. A veces simplemente está mojado. Eso nunca me ha importado, sentarme aquí es un ritual al que nunca he fallado excepto, creo, durante una semana de 1950.

Me gusta este banco porque da hacia la calle, y desde allí nadie mira hacia dentro. Me parece que es el único sitio en el que no me siento observado. Después de un rato, poco antes de que nos hagan volver a entrar al edificio, saco mi vieja cartera del bolsillo del pantalón y, con mucho cuidado, cojo la vieja foto en sepia. Entonces es como si por un momento tapase ese agujero de mi cabeza y volviese a ver a mis padres frente a mí, sonriendo sabe Dios por qué, como si el tiempo no hubiera pasado y no tuviese intención de pasar nunca jamás.
_____________
* La frase es de Michi Panero.

sábado, 19 de febrero de 2011

Lugar sagrado

Hola, Señor. ¡Mírame, he venido a tu casa!, ahora ya ves que soy una buena mujer y que siempre te llevo en el corazón. Por eso, todo lo que hago viene de ti. Por eso, todo lo que hago es puro.

¿Has dicho algo? Ah, ¿esto?, ya lo ves, no podía venir de cualquier manera, así que he traído a las criaturas de tu padre sobre los hombros. Es un abrigo carísimo, pero todo sea por agradarte. Mira, yo no me atrevería a venir como esos harapientos que ves sentados en los bancos de tu casa.


Señor, quisiera pedirte algo. Cuida de mi esposo, ¿quieres? Es un gran hombre, sale en televisión dando a conocer tu palabra a todo el mundo y condenando a esos ateos ignorantes. Pide dinero por tu causa, pero por desgracia lo que ganamos no es suficiente. Señor, Señor, escúchame, ¿verdad que no te has olvidado de tus hijos? Necesitamos el dinero. Mi esposo no puede ir siempre a predicar en ese viejo BMW destartalado, ¿qué va a pensar la gente?


Además, mi hija se casa dentro de sólo diez meses y aún no le hemos encontrado vestido, y ten en cuenta, Señor, lo caros que son esos vestidos. Y el banquete, ¡no hablemos del banquete!, tiene que ser la comida más cara de la ciudad, porque si no, ¿qué pensarán los invitados? Esto es importante, porque vamos a invitar a más de seiscientas personas, entre ellos al obispo, por supuesto, que se sentará a mi izquierda. Es muy importante mantener una reputación, e igual de importante que se nos relacione con los mayores representantes de tu padre en la Tierra.


No olvides, Señor, que gracias a nuestras influencias hemos conseguido que el ayuntamiento done a este lugar sagrado una enorme copa de oro macizo para beber tu sangre, y no has de preocuparte, porque el sacerdote ha prohibido ya la entrada a los mendigos y los drogadictos, así que la copa estará siempre a buen recaudo.


Por todo eso, Señor, por todos nuestros sacrificios y nuestra humildad, ¿no crees que merecemos ser felices?


La mujer se levantó del banco, se santiguó y arrastró su enorme abrigo de piel de leopardo a través del pasillo de la iglesia.

domingo, 13 de febrero de 2011

Tu odio

Al principio me odiabas, es evidente, y el odio que recorría tus arterias y venas envenenando cada una de tus células era el mismo odio que recorría las mías alimentándome y fortaleciéndome. Me dabas tanta importancia como para desear mi muerte y yo te daba a ti tanta como para obtener placer de ese odio, como un parásito que se nutre de tu vida hasta que no quedan de ti sino los huesos.

Siguió así durante años... pero nadie ignora que no hay nada eterno sino el dolor, que el placer es efímero y que lo que antes resultaba divertido deja de serlo de un día para otro, igual que entre la vida y la muerte hay una distancia menor que el filo de un cuchillo y la vida más querida nos puede ser arrebatada en un instante. Así se van los disfrutes, y de esta manera tu odio empezó a resultarme aburrido y tedioso.

Tú con tu odio y yo con tantas cosas en que pensar. Pasaste a un plano secundario, como un juguete que ya no hace gracia o una canción que ya no emociona. Te denegué la importancia artificial del principio y me dediqué a asuntos más urgentes, y entonces pasaste a estar en un plano inferior, muy inferior, más acorde con lo que eras en realidad.

Y me seguiste odiando y odiando y he oído que aún me odias, y yo, ya ves, querido enemigo, aunque te lo agradezco profundamente, te confieso que, atendiendo a cosas que me demandaban más atención que tú, encontré a otras personas a las que decidí arruinarles la vida de la manera más cruel. Ellos me corresponden generosamente con un odio infinito y yo, mientras tanto, me divierto, me divierto como un niño.

lunes, 10 de enero de 2011

La hora del señor Medina. Capítulo VII

Enlace: Capítulo VI

Las pastillas

-Escucha, Urso -dice el doctor-, lo que ha ocurrido es... es muy grave, ¿lo entiendes?
-No ha ocurrido nada.
-No, pero podría haber ocurrido -responde firmemente. El doctor Ruiz tiene la merecida fama de ser un hombre paciente, pero en determinados casos le cuesta mantener la delicadeza. Sobre todo cuando el periódico local cuestiona los métodos y la seguridad del reformatorio en el que lleva veinte años trabajando como psiquiatra. Parece mucho más joven de lo que en realidad es, pero sabe hacer valer su autoridad en cualquier caso. Ni siquiera Urso se atreve a despegar la vista del suelo.
-Urso -le dice-, ¿eres consciente de la gravedad que supone...?

Él no contesta, se limita a pensar qué le preocupa realmente al señor Ruiz: si le preocupa él, como quiere hacerle ver, o la imagen del reformatorio de puertas afuera. Pero eso no lo dice, por supuesto. No quiere empeorar las cosas.

El doctor se apoya contra el respaldo de su silla con gesto cansado, abre un cajón de su escritorio y saca un taco de papeles para recetas. Arranca uno de ellos, garabatea algunas palabras en él y se lo extiende a Urso, que permanece con los brazos cruzados y la vista clavada en algún punto de sus viejas deportivas.

-Toma, Urso, dale esto a la enfermera al salir.

Él coge el papel y se levanta, pero el doctor le interrumpe antes de llegar a la puerta:

-Una cosa más, antes de que te vayas. Lo que te he recetado es un antidepresivo muy potente. Tiene algunos efectos secundarios y es muy importante que nos hagas saber si...

Urso sale dando un portazo. No le importa nada de todo eso, no quiere oír una sola palabra más. Antidepresivos... Como si una pastilla fuese a cambiar el pasado.

Urso dobla la receta, se la mete en un bolsillo del vaquero y dice adiós a la enfermera. Ésta le despide con una sonrisa. Al menos alguien amable.

Aquella noche, en la cama, su cabeza se llena de recuerdos. Alguien le dijo que su madre había muerto. Alguien de confianza, cree. Nadie le iba a mentir sobre un asunto así. Su madre había muerto y por eso no había ido ni una sola vez a visitarle, todo encajaba. Llevaba seis meses allí dentro, y ni una sola visita.

Y las pesadillas de las últimas semanas, en las que su madre golpeaba la tapa del ataúd y gritaba hasta quedarse sin voz que la sacaran de ahí, que no estaba muerta, y él no podía hacer nada porque tampoco podía salir de donde estaba.

Y pocas horas después, aquella sábana atada al marco de la ventana en un extremo y en el otro extremo a su cuello, y luego la caída al patio, donde no se había roto nada de milagro. Qué ridículo se sintió, qué ridículo, pero el director se lo tomó muy en serio, y también el doctor Ruiz.

***

Una mañana se encuentra muy mal. Lleva varias noches sin dormir porque los recuerdos no le dejan, y se siente triste y agotado. Abre el cajón de su mesilla de noche, coge la receta y se la guarda.

***

Sentado en la cama, mira con desconfianza la pequeña caja blanca sin atreverse a abrirla. El doctor habló de efectos secundarios, y Urso, más por curiosidad que por precaución, examina el prospecto y da directamente con el apartado que busca. Muy despacio, lee:

Efectos secundarios.
Frecuentes: Amnesia lacunar en estado de gran tensión nerviosa.
Poco frecuentes: Alucinaciones.
Muy raros: Arritmias cardiacas.


Deja el papel sobre la cama y destapa la caja. En el dorso del prospecto, en negrita, el nombre del fabricante.

Laboratorios Caralt.

***

El comienzo

Urso sube el tramo de escaleras que separa el descansillo del segundo piso. La mochila no pesa demasiado, pero su paso es lento y, a medida que se aproxima a vieja puerta de casa, se hace más lento aún.

Al llegar al último escalón, oye un fuerte golpe, ¡bam! Enseguida echa a correr y abre la puerta, y al abrirla oye de nuevo: ¡bam!, pero mucho más fuerte, y su corazón parece que se le quiere salir del pecho. Entonces ve a su madre en la cocina con una hachuela en la mano. Prepara pata de cordero para la comida.

Él se acerca a ella, todavía temblando, y la abraza. Casi le dice "Pensaba que era papá", pero es mejor no decir ese tipo de cosas en casa aunque él no esté. Es mejor poner buena cara y hacer que no pasa nada, aunque pase. Y aun así, con ese abrazo queda todo dicho entre ellos, pero hay que seguir haciendo la comida y diciendo "Qué tal el día" y "Cierra la puerta" y "Qué bien huele".

Sin embargo, su padre llega. Y, si normalmente no necesita de un motivo para montar en cólera, el hecho de encontrar la puerta abierta es lo mismo que arrojar una colilla a un barril de pólvora.

Todo ocurre muy rápido, apenas lo recuerda a estas alturas. Su madre encerrada en el cuarto de baño, llorando, tocando con la lengua un colmillo que se mueve y que le duele. La casa destrozada, algunos cristales rotos y aquel jarrón chino tan bonito, deshecho en el suelo.

Urso golpea con los nudillos la puerta del baño. Abre, mamá, dice, Ya se fue. Y, cuando la puerta se abre, ella lo ve sucio, con la cara llena de lágrimas y la camiseta blanca manchada de sangre. Y ella pregunta: ¿Qué ha pasado, cariño?, pero él no contesta. Ella echa a correr a través del pasillo hasta la cocina. La hachuela ya no está.

Sale de casa y baja la escalera hasta el descansillo, y oficialmente se considera que es en ese momento cuando pierde por completo la razón.

Urso no vuelve a verla nunca más. Recuerda que la policía entró cuando él estaba sentado en una esquina con la cara entre las rodillas, y que le hicieron algunas preguntas, que más tarde hubo un juicio y que por último se lo llevaron al reformatorio.

Nadie le había dicho que su madre estaba internada en un manicomio de las afueras y que por eso no había ido a verle ni una sola vez.

***

Natalia

-Estoy en mi villa, en el campo, ven inmediatamente. Ya conoces el camino.

Detiene el coche junto a los tres hombres y apaga las luces. Entre los tres, hay un bulto más pequeño de lo que había imaginado. Despierta las sospechas de alguien que lo ve tomarse una o dos pastillas antes de salir del BMW, pero nadie hace preguntas.

-Buenas noches.

Esta vez no hay presentaciones, no son necesarias. Además, Basella no está para ceremonias. De hecho, ni siquiera hay palabras ni miradas cara a cara. Es como si todos se avergonzasen de aquella película, cada uno de su propio papel.

El bulto es metido sin dificultad en el maletero de uno de los coches de Basella. Urso Medina, el señor Medina, como le llama Basella cuando se siente agradecido por algún favor, arranca el coche y se aleja lentamente de aquellas tres figuras a las que echa un último vistazo por el retrovisor.

***

Siempre evita aparentarlo, pero cada vez estos trabajos le resultan más difíciles. Especialmente porque trabajar para Basella significa trabajar bajo amenazas. O, más bien, bajo una única y constante amenaza. "No olvides que estás dónde estás por mí, Urso. No lo olvides por si alguna vez te necesito de nuevo". No, no lo olvida, no puede olvidarlo. ¿Cómo iba a hacerlo? Por eso necesita las pastillas. Las sigue tomando desde el reformatorio y, ahora que los laboratorios Caralt ya no existen pero las siguen fabricando clandestinamente bajo otro nombre, le cuestan mucho más caras. El precio es trabajar para Basella y no cagarla.

***

¡Bam!, un golpe seco. ¡Bam! No puede ser...

Detiene el coche junto al pantano y escucha atentamente, pero no oye nada más. Sin embargo, está seguro de haberlo oído.

Se lleva las manos a la cara y la primera imagen que le viene a la mente es la cara de su madre. ¡Bam!, golpea la tapa del ataúd. ¡Bam!, pide a gritos que alguien la saque de ahí. No está muerta, sabe que no está muerta...

Se baja del coche y abre la puerta del maletero. Contempla el bulto durante unos segundos y lo ve moverse, podría jurarlo. En ese momento, su corazón empieza a latir frenéticamente y pierde la noción del tiempo y el espacio. Saca el cuerpo, lo tiende sobre la tierra y corta con cuidado la bolsa.

Está viva. Lo sabía...

La ayuda a ponerse en pie y ella le mira sorprendida. "¿Me has salvado o me vas a matar?" Él tiene las pupilas dilatadas y los ojos muy abiertos, el efecto de las pastillas durará aún algunas horas. Ella tiene miedo pero, por alguna razón, confía en él.

-¡Corre, por ahí, por aquel camino!

Y se va, desaparece por un sendero lateral que da a la ciudad. Y él se queda allí junto al coche, y su corazón se relaja poco a poco, y, cuando se siente totalmente tranquilo, entonces mete medio cuerpo por el asiento del conductor y quita el freno de mano, y ve cómo el coche se va hundiendo poco a poco.

Años después, cuando los efectos de los antidepresivos hubieran borrado de su memoria cualquier huella de aquel momento en que ayudó a escapar a Natalia Fuenllana, sólo recordaría una imagen: la del coche hundiéndose en el fango con el maletero abierto. Nunca, jamás, la de aquella chica adentrándose en el sendero en dirección a la ciudad.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

El silencio del café

Él era muy reservado. Ni siquiera dijo nunca su nombre, así que todos lo llamábamos amigo. A veces, simplemente captábamos su atención y después le hacíamos un gesto con la mano para invitarlo a sentarse con nosotros. Aquel día me di cuenta de que hacía algún tiempo que declinaba nuestras invitaciones, y secretamente me pregunté por qué. Una cosa es ser reservado y otra muy diferente es ser maleducado. Claro que, por otra parte, él tenía todo el derecho a decidir dónde y con quién se sentaba, ¿no es así?

Ese día, sin embargo, ocupó la silla que estaba al lado de Charlie. Primero nos miró de reojo desde la barra, con gesto serio y cansado, y después, muy despacio, cogió su porción de tarta de arándanos a medio comer, se levantó de la butaca y se acercó a la mesa sin decir una palabra. Se sentó luego de repente y se dedicó de inmediato a su tarta como si no hubiese nadie alrededor. Pero lo cierto es que sí había, y, por alguna razón que en este momento no alcanzo a entender, los tres lo mirábamos en absoluto silencio, como esperando que dijese o hiciese algo, o como fascinados por alguna peculiaridad suya que ahora mismo no recuerdo.

-¿Está buena la tarta, amigo? -le pregunté. No porque me importase su tarta, claro, sino porque quería ser cortés con él y evitarle aquel silencio tan incómodo. Pronto entendí, de todas formas, que para él lo incómodo era la ausencia de silencio, y que no le hacía ningún favor obligándole a apartar su atención de lo único que le importaba en aquel momento. Se limitó a mirarme sin levantar la cabeza y, después de unos segundos con su mirada clavada en mi frente, volvió a hundir su cucharilla en la tarta y se la llevó a la boca una vez más. Lo interpreté como un sí.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

La hora del señor Medina. Capítulo VI

Por Javier Solera.

Enlace: Capítulo V

Negro. Todo negro. Voces. Es como estar debajo del agua… se oye todo tan lejos...

- ¡Mierda, despiértalo!

- Se ha desmayado.

- ¡Me da igual!

Urso logró abrir los ojos y empezar a ubicarse después de notar, medio en sueños, como una mano fuerte le abofeteaba varias veces. Ante sí vio a dos tipos y dos mujeres. La mayor de todas ellas estaba sentada frente a él, al otro lado de una mesa amplia; la recordaba, la recordaba bien. Antes de dirigirse a ella, o de preguntar nada, observó al resto.

Dos hombres, uno de ellos enjuto y nervioso, el otro adusto, alto y con cara de pocos amigos. A su lado una muchacha, de quien nadie diría que había logrado traerle hasta allí de aquella manera; pero así era.

- Hola, Urso. – dijo la mujer en el escritorio.

El iba a contestar cuando el hombre nervioso encendió un cigarrillo:

- Entró frito y, nada más sentarse, frito otra vez. ¿Qué coño le habéis dado?

- Nosotros no le hemos hecho nada – dijo la chica.

- Dejadlo ya – zanjó la mujer – no tiene importancia. – volviéndose a Urso continuó: señor Medina, no se preocupe usted de nada. No le haremos daño. Mientras me diga lo que quiero saber, por supuesto.

Tosiendo un poco, Urso contestó:

- ¿Qué quieres saber…? – logró recordar el nombre – Aurora.

- Ya se lo he dicho, antes de que se quedase usted indispuesto – insistió ella con un tono educado – quiero saber qué sucedió con mi hermana Natalia.

Medina volvió a toser.

- Creo que eso…

Urso se interrumpió, y dudó unos momentos antes de seguir hablando. ¿Tenía sentido meterse en problemas? Implicar a Gerard Basella en algo, sin duda, lo era. Ahora bien, ¿podía estar viviendo una situación más surrealista?

Él, que en toda su vida, no había vivido momentos de mayor intensidad que lavar discretamente los trapos sucios de dos o tres hombres poderosos. Él, que ahora, sufría lo que los médicos llamaban una situación complicada de salud. ¿Podía importarle crearse algún quebradero de cabeza? Definitivamente, decidió que no. Fue tan rápido su razonamiento, que Aurora no tuvo tiempo de apremiarle antes de que siguiese hablando:

- Creo que eso tienes que preguntárselo a Gerard Basella.

Su interlocutora meneó la cabeza a ambos lados, como decepcionada.

- Ya habíamos contado con eso. Y también hemos contado con que no nos dirá nada, aparte que ponerse en contacto con él es muy difícil. Más aún teniendo en cuenta que este asunto no le beneficia en nada. – se incorporó sobre el escritorio y concluyó con tono amenazante: hable.

- Yo no puedo decirte nada… - insistió Medina.

- ¿Intervengo, Aurora? – propuso el hombre alto y adusto.

- Déjalo, Mikel. – declinó ella – Estoy segura de que el señor Medina me dirá todo lo que quiero oír. ¿No es así?

- ¿Qué tengo que contar, exactamente? – preguntó Urso – Pasaron muchas cosas.

- ¿Qué hizo con mi hermana Natalia? – inquirió Aurora – ¿Qué hizo Basella?

Urso se encogió de hombros, y empezó a rebuscar en su memoria. Después empezó a hablar, con la voz algo quebrada. Estaba cansado.

- Una noche, Basella me llamó… yo solía ocuparme de algunos asuntos suyos… aunque nunca había tenido un caso como ese.

- ¿Y bien?

- Era tarde, muy tarde. Era verano. Me hizo presentarme en su finca. Estaba allí con dos tipos y Natalia… bueno… estaba…

- Muerta, sí. – terminó Aurora – Continúa.

- A partir de ahí – prosiguió Medina – todo fue bastante rutinario. Limpié huellas… lavé un poco el lugar. Cosas que ya había hecho antes en algunos locales… aunque nunca con un muerto de por medio. Fue la primera vez. La metí en una bolsa de basura, de las grandes. Me la llevé en el maletero de un coche, que era de Gerard Basella… no recuerdo el modelo, aunque podía ser un Mercedes…

Aurora asentía cada frase.

- Recorrí varios kilómetros, hasta un pantano. El pantano de Malpartida… Allí empujé el coche con ella dentro. Y nada más.

- ¿Nada más? – quiso saber Aurora.

- Nada más.

- Creo que se equivoca – se volvió al gigante – Mikel.

El hombre se acercó a Medina y le agarró la nuca con las dos manos, tirándole del pelo. Acercando mucho la cara a la suya espetó:

- ¿Vas a decirnos todo lo que sabes?

- No sé más…

No tenía miedo, porque un hombre en su situación difícilmente podía tenerlo.

- ¿No pasó nada más? – insistió Aurora.

- Sí, me fumé un cigarro antes de marcharme…

A ella pareció no gustarle su contestación, y tras su mal gesto Mikel descargó los dos primeros puñetazos.

- ¿Qué se supone que tendría que saber? Yo no pintaba nada ahí…

- Fue el último que vio con vida a mi hermana – afirmó Aurora.

- No estaba con vida.

- Eso es lo que quiere decirme.

Como si fuese un flash, Urso encontró en su memoria una imagen de aquella noche. La imagen de sí mismo abriendo el maletero, antes de empujar el coche, y dejándolo así entornado. Dejándolo entornado y viendo cómo el auto se hundía en el pantano, con la vana esperanza de que a lo mejor, si ese cadáver abría los ojos, tuviese una oportunidad vana de escapar.

Pero no dijo nada.

- Antes de continuar con ese tema – siguió Aurora – dígame, ¿qué era exactamente lo que Basella tenía contra mi hermana?

- En aquella época – empezó a explicar Urso – los Laboratorios Caralt eran una empresa independiente... Gerard, en aquella época, trabajaba como subcontratista para varias empresas de refinería… Y fue entonces cuando empezó a hacer negocios con ellos.

- Eso ya lo sabía. – replicó ella. Él continuó.

- Una de las químicas principales del Laboratorio tenía que supervisar la construcción de una refinería, el almacenaje o algo así… Parece ser que a Gerard le gustó y empezó a acostarse con ella. Poco después entró en contacto con Laboratorios Fuenllana y también os contrató.

- Siga – ordenó Aurora.

- Por lo que yo sé, Natalia era la responsable del proyecto para el que la había contratado Basella. Y no sé cómo, se enteró de lo suyo con aquella científica. Una chiquilla, parece ser, recién salida de la Facultad. Según Natalia, la relación no era consentida, y la había estado amenazando con quitarle el contrato a Caralt si no accedía, y con hacerla a ella responsable ante Honorio…

- Honorio Caralt.

- Sí, en aquella época era el propietario de la empresa.

- ¿Y cómo se enteró Basella de que mi hermana lo sabía?

- Ella se lo dijo, después de una conferencia en el Palacio de Congresos. Y fue ahí donde la mató.

- Hijo de puta…

- Según él, sólo quería ofrecerle un soborno para que se callase… pero ella se asustó y empezó a gritar.

Aurora suspiró antes de volver con sus preguntas:

- Bien, señor Medina. Lo único que puedo decirle es que Natalia no terminó dentro de ese pantano. Usted la vio con vida. Y debe saber qué fue de ella justo después de sacarla de aquella finca donde la encontró. Cuéntemelo todo.

- No vi nada más – contestó Urso – si lo supiera, lo diría.

La mujer volvió a agitar la cabeza, resoplando, y luego hizo un vago gesto a Mikel. El hombre se dispuso a agarrar el cuello de Medina justo cuando éste empezó a toser violentamente; y cada vez que tosía, escupía un borbotón de sangre.

- ¡Joder…! – exclamó Mikel.

- ¿Qué coño le pasa? – preguntó su compañero. Aurora miró a los demás, desconcertada.

Cuando Medina se detuvo y pudo retomar aliento, dijo con dificultad:

- Perdonad… no me encuentro bien. Estoy un poco enfermo.
Acto seguido empezó a reír.

- ¿Qué pasa aquí? – dijo el hombre enjuto – ¡No quiero que me contagie la mierda que quiera que tenga!
Medina se rió aún más.

- No te preocupes – dijo – no es contagioso.

- A tomar por culo – contestó el otro – Me voy de aquí.

- Samuel – dijo Sara – No te pongas nervioso.

- ¿Qué hacemos? – preguntó Mikel. Tenía un acento claramente norteño, se dijo Medina.

- ¿Podríais darme un pañuelo, por favor?

- Vete a la mierda – espetó Samuel.

Aurora se levantó de la silla.

- Este hombre no va a decirnos nada más. – afirmó.

- ¿Crees su versión?

- Sí, la creo. Después de todo, es verosímil. ¡Sólo era un pringado! Yo le conocí por entonces… aunque de eso hablaremos en otro momento. Ahora, sacadlo de aquí.

- ¿Sacarlo de aquí, Aurora? – preguntó Mikel – ¿Fiambre, quieres decir? – y se llevó una mano al bolsillo.

- No – dijo ella, como impresionada – no quiero que este asunto nos eche encima más basura de la necesaria. Tapadle la cabeza y llevadlo donde podáis, lejos. Soltadlo allí.

- Es peligroso – advirtió Sara – nos ha visto.

- No me preocupa – dijo Aurora – ¿Qué puede demostrar? Y, sobre todo, ¿le interesa hacerlo? Aquí, a nadie le interesa que la policía se entere de nada.

Poco después, Urso Medina dio con sus huesos en la cuneta de una carretera. Tenía la cabeza atada con una mortaja. Sintió cómo alguien le empujaba del interior del coche, en el que había estado viajando completamente mareado. Al menos, ya no tosía más sangre.

Consiguió quitarse a duras penas la venda de los ojos cuando vio que Samuel sacaba medio cuerpo del auto, inclinándose sobre él y estampándole un billete de diez euros en el pecho.

- Toma – dijo – Esto es para que vayas mañana a la ciudad, al casco. Date un paseo, toma un café. Olvídate de nosotros. ¿Ves, cómo somos buena gente? Hazme caso, es un consejo, por la cuenta que te trae.

Se quedó allí tendido, extendiendo el billete arrugado ante sus ojos. Las primeras luces de la ciudad brillaban cerca y podía oír cómo el coche se alejaba.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Viajero (2)

El viajero apoyó los codos en la mesa y se dedicó a contemplar el fondo de su copa de vino barato mientras se esforzaba -y esto era notable- en decir una frase que sabía que tendría que explicarme:

-El punto final lo puso España.

Dicho esto, apuró su vino evitando en todo momento mirarme a los ojos, incluso cuando volvió a dejar la copa en la mesa. Permanecimos unos segundos en silencio, tal vez un minuto, él mirando los daguerrotipos y los retratos colgados en la pared, yo con los ojos clavados en las gafas que llevaba puestas cada vez que se ponía a los mandos de su nave y que ahora llevaba colgando del cuello; y cuando él se excusó y me tendió su mano para despedirse, yo ya había captado el significado exacto de aquellas palabras.

-Volar es una sensación maravillosa -dijo una vez en una entrevista para un diario nacional-. Es sin duda la máxima expresión de libertad que puede llegar a experimentar el hombre.

En el mismo diario, todos leímos un mes más tarde que el tráfico aéreo de España estaba paralizado casi en su totalidad y que nuestro famoso viajero se hallaba precisamente allí, a la espera de que la mafia encargada del control aéreo le permitiera despegar y continuar su viaje hacia el Oeste.

-Sin embargo -había dicho- tienen en este país una forma muy extraña de solucionar las cosas: los políticos están más preocupados en repartir las culpas que en evitar que suceda lo mismo una y otra vez.

El viajero me había confesado, en la misma taberna en la que me estrechó su mano tan fríamente, que España le había parecido uno de los países tecnológicamente más subdesarrollados de cuantos había visitado. Y, al preguntarle yo cuáles creía que eran las causas de esto, me respondió:

-Si algo tan maravilloso como volar se deja en última instancia en manos de políticos y mafias, ¿qué crees que ocurrirá con todo aquello cuyo ámbito natural es la Tierra, como la educación o la investigación?

Después apoyó los codos en la mesa y movió la cabeza tristemente. Sus viajes habían terminado, había perdido la ilusión por volar y me había pedido que nos encontrásemos en aquella taberna en la que ninguno de los dos había entrado nunca. Dijo que necesitaba beber. Él, que no había probado el alcohol en su vida, que decía que quería mantener intactas sus facultades para disfrutar cada segundo a los mandos de su maravillosa máquina voladora...

-El punto final lo puso España -dijo.

Después de aquello, vendió su nave por mucho menos de lo que en realidad valía, y siempre he pensado que ojalá hubiera podido adquirirla yo. Sea como fuere, ese personaje, al que siempre admiré tanto, acabó sus días encerrado en una pequeña casa a las afueras de la ciudad. Ninguna visita era bienvenida, y de él sólo conservo, a día de hoy, algunos de sus mapas y una vieja brújula llena de arañazos.